¿Cuál es la jugada?

Por Juan Ángel Chávez Ramírez

Dicen, los que lo conocen bien, que con López Obrador no hay casualidades sino causalidades.

Sus apologistas lo describen como un animal político, es decir como alguien que respira, transpira, piensa y actúa en función de finalidades y objetivos políticos, no siempre percibidos por muchos, pero con efectos sobre todos.

A eso obedecerían los cambios recientes en la secretaría de gobernación y en la consejería jurídica del ejecutivo federal, entre otros sucesos de naturaleza política.

Mucho se ha hablado ya sobre lo que, en los hechos, fue la defenestración del otrora poderoso consultor jurídico Scherer y el regreso al Senado de la cosmética secretaria de gobernación Sánchez Cordero, actos que reflejan el carácter imperativo del presidente y su sentido utilitario sobre sus colaboradores, cuando sus intereses políticos entran en juego o se ponen en riesgo.

El llamado del gobernador de Tabasco a la SEGOB y la definición personalísima de quien sería su sucesor en el cargo estatal, son una muestra más de esas consideraciones y del poco aprecio de AMLO por la división de poderes y la soberanía de las entidades federativas.

Si alguien tenía alguna duda sobre su convicción autoritaria, los hechos de los días pasados la esclarecen: para tomar las decisiones que le convienen, al presidente no le interesan ni los otros poderes, ni los gobiernos estatales, ni los municipales; en síntesis: no le interesa escuchar a nadie, salvo que sea para respaldarlo o estar a su favor. 

Así lo ha demostrado con sus arrebatos un día sí y otro también en contra del INE, del TEPJF, de la SCJN, de los órganos autónomos, de los medios de comunicación, de los empresarios, y de cuanto cristiano tiene el infortunio de cruzarse en el camino de AMLO y sus objetivos, cualquiera que estos sean.

Pero también nos ha enseñado la malicia detrás de algunas de sus decisiones, orientadas esencialmente a mantener el control absoluto del mando político nacional, a despecho de los tropezones de su gobierno en materia económica, salud, narcotráfico, seguridad, empleo, crecimiento de la pobreza, etc.

El presidente ha invitado al gobernador saliente de Sinaloa, Quirino Ordaz, a ser embajador de México en España. El anuncio ha robustecido las especulaciones que corren sobre el pago de favores al mandatario estatal por su actitud en la pasada elección de gobernador, supuestamente plagada de escandalosas intervenciones de grupos asociados al crimen organizado, en las que Quirino guardó silencio absoluto a pesar de que afectaban directamente a su partido (¿) y ponían en entredicho su responsabilidad de preservar la seguridad de electores y candidatos.

Al margen de esas lamentables especies, lo que se puede interpretar es la intención abierta de AMLO de dinamitar aun más la alianza electoral PRI-PAN-PRD, no solamente en los comicios venideros, particularmente el de su propia sucesión, sino, sobre todo, en la creación de bloques parlamentarios que obstaculicen las reformas constitucionales que el presidente desea ardientemente consolidar como cierre de su 4T.

Para esas finalidades, seguramente el presidente ya estima factible tener el apoyo del número de priistas requerido en la cámara de diputados, con Moreira como presidente de la mesa directiva y con 21 diputados plurinominales miembros del CEN del PRI, muchos de ellos con larga cola que les pisen y, por lo mismo, en riesgo permanente de ser sujetos de los temidos procedimientos de la UIF o del SAT o de la FGR.

Simultáneamente, el presidente anuncia que va a invitar a su gabinete al gobernador saliente de Nayarit, el panista Antonio Echeverría, lo cual deja de ser mera casualidad para convertirse, como antes se apuntó, en una real causalidad.

¿A qué juega López Obrador?

Claramente lo que pretende es tratar de desarticular al PAN desde adentro. Anaya en fuga, Marko Cortés en un complicado proceso de elección interna y sin todas las canicas a su favor, el coordinador de los senadores panistas arrastrando al descrédito a su bancada con VOX por delante, García Cabeza de Vaca en la mira, etc.

Ahora bien, ¿cómo impactan estos acontecimientos a la elección que viene en Durango?

Me parece que los movimientos y estrategias del presidente nos devuelven a los escenarios que planteamos a lo largo de las colaboraciones previas sobre la gubernatura que viene: ¿le interesa o no le interesa a López Obrador ganar la gubernatura de Durango?

Si no le interesa, y ya que todo parece indicar que el maridaje PRIMOR está en camino de concretarse, ¿concederá el presidente la gubernatura al PRI? ¿la condicionaría a que el PRI juegue dentro de la coalición? ¿o sería solamente si juega solo en la elección? ¿sugeriría candidato o dejaría libertad para elegirlo?

¿Y si a pesar del PRIMOR, o precisamente por eso, decide el presidente que sea el PAN quien conserve la gubernatura?

Tendríamos que plantearnos las mismas interrogantes y dejar en el imaginario popular los nombres de damas y caballeros duranguenses que van y vienen en busca de las ansiadas candidaturas, pendientes de la fragilidad de encuestas, trascendidos y opiniones que poco o nada representan en la política real.

Pero, pero, si a AMLO sí le interesa la gubernatura de Durango, toda especulación anterior caería por tierra porque entonces, sin duda, Morena tomaría las riendas del gobierno en la elección que viene.

Con el PRI en vías de extinción, con un PAN en aprietos por sus propios errores, sin auténticas fuerzas políticas opositoras en Durango, con la espada de Damocles pendiendo del cuello de exgobernadores y legisladores de oposición susceptibles de ser llamados a cuentas por actos de corrupción, con la nueva tentación de los gobernadores de oposición que sueñan con ser invitados por AMLO a su gabinete, no creo, sinceramente, que hubiera en Durango capacidad de resistencia para frenar el empuje de Morena y del presidente de la República en los comicios de 2022.

A menos, como he repetido en esta páginas, que surja una candidatura disruptiva, inesperada y novedosa, para lo cual el tiempo parece acortarse cada vez más.

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