Ricardo Rocha

Padre nuestro que estás en Palacio

Ricardo Rocha

Para Héctor Bonilla: maestro del amor y el humor

Sí. No me cabe la menor duda de que Andrés Manuel López Obrador se ha convertido en una especie de Dios en la tierra, aunque no sea Presidente de México.

A ver: nadie puede negar que su carisma, su liderazgo social y el fanatismo de sus seguidores atrajeron a cientos de miles —un millón 200 mil, según su cifra oficial— el pasado domingo para venir a ejercer con él sus diez mandamientos de obediencia ciega; pero también hay un montón de evidencias de una gigantesca manipulación de masas que acudieron por una limosna oficial, pagada con nuestros impuestos, o por la amenaza de perder sus empleos, sus aguinaldos o los abonos de control que el gobierno de la 4T les regala mensualmente, también saqueando las arcas públicas, como si éstas les hubieran sido endosadas junto con el poder político; el acarreo —ahora llamado “apoyo”— con mil o dos mil camiones es lo de menos, lo doloroso y hasta cruel son los engaños y las amenazas a otros tantos cientos de miles que vivieron la tortura múltiple del domingo; todos, menos uno; el propio Andrés Manuel que, aun con sus achaques que él mismo reconoce, podría realizar un acto como este cada semana, a pesar de las seis horas de recorrido desde el Ángel hasta la concentración en el Zócalo.

Una megalomanía que lo ha llevado a inventar una nueva doctrina filosófico-política para redefinirse luego de equiparar su 4T con la Independencia, la Reforma y la Revolución: ahora se trata de “El humanismo mexicano”; como si su egocentrismo lo llevara a crear una nueva y original forma de convivencia, que además sea absolutamente distinta y nos aparte todavía más del resto del mundo.

Aquí las preguntas son múltiples: ¿puede un gobierno como el de AMLO autoproclamarse humanista cuando cerró nueve mil estancias infantiles? ¿Cuándo retiró los apoyos a refugios para mujeres violentadas? ¿Si provocó miles de muertes en la pandemia por negarse al uso del cubrebocas? ¿Cuándo ha matado a tres mil niños por no darles medicinas contra el cáncer? ¿Cuándo se opuso a otorgarles créditos a micros y pequeñas empresas generando millones de desempleados? Qué explicación tiene para el hecho incontrovertible de que —según la estadística oficial y no sus otros datos— haya cuatro millones de nuevos pobres durante su gobierno y al menos dos millones de mexicanos más relegados a la pobreza extrema; en otras palabras, que padecen hambre todos los días.

Por ello, hoy dos desgracias oscurecen el horizonte de la nación:

-Primero, que al actual gobierno no le interesan los grandes desafíos de México; solo hacer política y ganar elecciones. Porque quiere perpetuarse más allá de 2024 a través de algún títere o marioneta y, por supuesto, con el apoyo incondicional de las maiceadas fuerzas armadas. Todo, a pesar de los magros resultados y de la corrupción que ya es hedionda en toda su decadente estructura y aun en su círculo familiar y de cómplices de gabinete.

-Segundo, es que no tenemos un presidente de México, o de todos los mexicanos. Sino un autoritario del poder que solo gobierna para sus seguidores y ejerce como adversario de todos los demás. Y que por eso enfureció con la marcha ciudadana del 13 de noviembre y se organizó su propia marcha.

Vaya paradoja: cada vez más gente y cada vez más solo. Como se fue quedando en el Zócalo.

Periodista

ddn_rocha@hotmail.com

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