El futuro que viene

Juan Ángel Chávez Ramírez

El futuro no sólo se imagina, también se puede construir.  Pero no basta con soñar y desear, es necesario emplear acción y razón en una mezcla balanceada que nos permita perder el miedo a trascender, a reconocernos como seres capaces de crear e inventar la realidad en que anhelamos vivir.   Es cierto que el porvenir depende en parte del pasado, sin embargo, no debemos anclarnos en posiciones contemplativas que indefectiblemente nos atarán a condiciones inescapables de rezago e inequidad.

¿Será que los duranguenses nunca hemos imaginado con suficiente intensidad nuestro futuro deseable? ¿Estamos condenados a ir siempre al final del convoy del desarrollo?  ¿Le faltaron alas a la imaginación colectiva de las generaciones precedentes?

El movimiento popular estudiantil de Durango en 1966, demostró la magia de los sueños compartidos. ¿Quién no se conmovió ante la posibilidad, casi tangible, de un progreso largamente diferido?  ¿Quién no se sintió tocado por el ansia transformadora que hizo eclosión en multitudes afiebradas?

El trauma del desencanto tomó mayores proporciones que el entusiasmo colectivo que empujó a la población a calles y plazas de la ciudad. El sueño se desvaneció, el escepticismo suplió a la ingenuidad y el Cerro de Mercado se acabó. 

Apenas 10 años después, en 1976, Héctor Mayagoitia Domínguez, entonces gobernador del Estado, presentó al presidente de la República un documento ejecutivo que reflejaba el atraso sustancial del proceso económico y social de Durango respecto a las tasas de desarrollo promedio nacionales.  Se relataba en el informe, el lento ritmo de crecimiento de la economía local, la reducida diversidad y calidad de las actividades productivas, sus desequilibrios regionales y sectoriales, el grave desempleo y subempleo, la fuerte migración de duranguenses en busca de trabajo, lo que había despoblado a la entidad hasta ocasionar que “…algunos de nuestros municipios se han estancado en su crecimiento poblacional e incluso han observado decrementos debido a este proceso social negativo. Durango ha presentado tasas de desarrollo demográfico de tan sólo 2.2% en la década 1960-1970, muy por debajo de la media nacional”.  El estudio concluía diciendo que el desarrollo de Durango era lento y preocupante, a tal grado que “… si estos indicadores no son capaces de conmover la conciencia ciudadana y la voluntad política de los duranguenses, el Estado de Durango ocupará muy pronto el último lugar del desarrollo nacional en todos aspectos”.  Terrible visión, ¿No cree Usted?

Los datos del INEGI de 1990 ubicaron a Durango en el 23 lugar nacional de acuerdo al PIB por entidad federativa; el 28 lugar en caminos con un promedio de 70 m. por km2 de superficie, contra el promedio nacional de 121; lugar 29 en captación de recursos federales; último lugar en captación de ingresos per cápita; primer lugar en desempleo; y décima entidad con mayor deuda pública en el país, por mencionar algunos indicadores significativos.

Han transcurrido 45 años del dramático reporte de Mayagoitia y más de 30 de la toma de datos del párrafo anterior. 

¿Cuál es hoy la situación de Durango en números duros? ¿El desarrollo regional y sectorial es ahora más equilibrado y justo? ¿La población, que en 1976 se diseminaba en 3,107 localidades, disfruta actualmente de mejores índices de bienestar? ¿Tenemos hoy más caminos por km2 que en 1976? ¿Cesó, aumentó o se mantuvo la migración de duranguenses? ¿Se incrementó la tasa demográfica respecto de la media nacional? ¿Contribuimos más ahora al PIB nacional y a la recaudación fiscal federal? ¿Tenemos menos desempleo?  ¿Somos todavía –como en 1976- los primeros productores de madera, oro y bentonita? ¿Ocupamos aún el segundo lugar nacional en la producción de plata, manganeso, manzana y frijol, como entonces? ¿Somos hoy tercer productor nacional de ganado bovino, plomo y mármol, como ayer?

La visión que nos deja este sintético repaso al pasado es que la planeación gubernamental y privada del futuro duranguense se ha regido por un estilo pesado y miope; una forma de actuar que sólo ha respondido a necesidades coyunturales del presente o del corto plazo, pero que repercuten profundamente en el mañana.

Mientras tanto, el tiempo transcurre inexorable y cada seis años es el cuento de “nunca jamás”. Gobernadores van y gobernadores vienen, pero el progreso prometido sigue siendo una quimera sexenal.

Ahora mismo, todo es euforia en torno a quien será la próxima gobernadora o gobernador del estado, pero nadie a abierto la boca para decir cual es su proyecto para Durango.

Un gobierno con dependencia casi total de participaciones y aportaciones federales; con una insignificante recaudación de ingresos propios; deuda pública pesada y creciente; un aparato burocrático obeso e ineficiente; una raquítica infraestructura para el desarrollo industrial; ausencia de recursos humanos de excelencia; sin políticas públicas consistentes, y ayuno de imaginación y creatividad, no parece el mejor augurio para los años por venir, particularmente si se observan las calidades y preparación de los integrantes de la larga lista de aspirantes, hombres y mujeres.

Quien llegue a sacarse la rifa de este tigre va a requerir de un sólido equipo que le acompañe a gobernar y administrar. Un equipo de mujeres y hombres que realicen una profunda reingeniería de la burocracia estatal, para convertirla en una herramienta eficaz en la solución del día a día gubernamental; profesionales, preparados y honrados, sin sueños de riqueza mal habida y cercanos a la gente.

En cambio, los grandes proyectos estratégicos debieran ser encomendados a un grupo reducido y selecto de expertas y expertos en diversos ramos; una especie de gabinete estratégico cuya función exclusiva debiera ser la promoción, divulgación, gestión, preparación e impulso a los proyectos cuya envergadura y costos rebasan las capacidades de la burocracia tradicional.

Ferrocarril Durango-Mazatlán; energías limpias, como solar y eólica; infraestructura para la explotación minera y forestal sustentable; Presa Tunal II y planta potabilizadora para la capital; tecnologías adecuadas para producción agrícola, frutícola y ganadera; desarrollo de clústeres industriales, etcétera.

¿Será mucho pedir a candidatas y candidatos’?

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