En su justa dimensión

David Arámbula Quiñones

En un momento coyuntural como el que estamos viviendo, donde la polarización política y social se encuentran a la orden del día, y donde (por momentos) dudamos sobre la viabilidad del sistema democrático que nos hemos dado, bien vale la pena retomar algunos tópicos esenciales de la Democracia, para poner las cosas en su justa dimensión, partiendo de la premisa según la cual -hasta este momento- la Democracia es la mejor forma de gobierno que puede tener todo país en el mundo.

 

Winston Churchill, político y escritor británico, lo decía en otros términos, para refutar a los críticos y detractores de la Democracia: La Democracia puede verse como el peor sistema de Gobierno diseñado por el hombre, con excepción de todos los demás.

 

La Democracia a la que me refiero es la que nos plantea Roberth Dahl cuando habla de la Democracia ideal; al respecto, nos dice que como mínimo, en Democracia se debe presentar una participación efectiva del pueblo; debe existir igualdad entre las y los ciudadanos, la inclusión es un principio fundamental así como el respeto y la garantía de los derechos fundamentales y, como algo esencial -yo agregaría- la necesaria división de poderes y la existencia de pesos y contrapesos.

 

De esta manera, la Democracia encuentra sentido sí y solo sí, se surten estos elementos, el establecimiento de un verdadero Estado de Derecho, donde se garanticen las libertades y los derechos fundamentales de la ciudadanía; la necesaria división de poderes para poner límites al ejercicio del poder, y la existencia de los organismos constitucionales autónomos, quienes han venido a garantizar aspectos de la mayor relevancia, tales como la participación política y social, la igualdad ciudadana y la inclusión, entre otros.

 

En el mismo sentido, la Democracia debe entenderse como un mecanismo mediante el cual los diversos grupos que se encuentran en una comunidad dirimen sus discrepancias y se ponen provisionalmente de acuerdo sobre las reglas comunes a todos, y a esas reglas de interés general, invariablemente deben ajustar su actuación tanto los poderes públicos como la propia ciudadanía. Sin el concurso de estos elementos no hay Democracia.

 

Mención especial merece el concepto Estado de Derecho, mismo que a partir de la definición que nos presenta Joseph Raz, significa que el gobierno está vinculado por normas fijadas y publicadas de antemano, normas que hacen posible prever, con bastante certeza, cómo usará la autoridad sus poderes coercitivos en determinadas circunstancias y planear los asuntos de los individuos con base en este conocimiento.

 

En cuanto a la división de poderes, conviene resaltar que la organización política y el sistema de gobierno se basa esencialmente en este principio, lo que supone la existencia de distintos poderes públicos tanto en el ámbito federal como local, con el propósito de evitar la concentración y el abuso del poder en detrimento la adecuada convivencia social. Evidentemente, esta división de poderes, conforme al esquema actual, incluye la existencia de órganos constitucionales autónomos, mismos que han venido a fortalecer el sistema de pesos y contrapesos necesarios en una Democracia.

 

A partir de la importancia de hacer efectivo el Estado de Derecho y la teoría de la división de poderes, con la inclusión de los órganos constitucionales autónomos, se debe asumir un compromiso decidido por fortalecer estas figuras, con una verdadera visión de estado y bajo el principio de lealtad a la nación y sus instituciones, solo de esta manera podremos aspirar a un mejor país, no nos confundamos.

@David_ArambulaQ

 

 

 

 

 

 

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