La otra epidemia

Al igual que el hipocondriaco, que ante el más leve indicio de enfermedad exclama desaforado “¡se los dije!” y supone cumplidos sus diagnósticos y justificados sus temores, los malquerientes por sistema de la 4T aguardan ansiosos la ocurrencia del primer deceso por coronavirus, COVID-19 para jactarse de sus vaticinios y dar por demostradas sus machaconas acusaciones de incompetencia y dejadez gubernamental.

Más aún si —las desgracias no llegan solas— tal inminente fatalidad se presentase junto con otras calamidades. Por ejemplo, la profundización de las dificultades económicas en un entorno global de desplome de precios del petróleo, o el recrudecimiento de las protestas internas, ya sean éstas legítimas, o no tanto.

Da grima percatarse de que, mientras gruesos nubarrones se ciernen sobre nuestro país debido —¡ni cómo negarlo!— a ineficiencias y causas endógenas; pero, sobre todo, exógenas, hay quienes —como si se tratara de otra epidemia, la del oposicionismo más desembozado— festejan semejante conjunción de infortunios.

Y hasta atizan la ingrata coyuntura, al tiempo que con hipocresía esconden su regocijo y dicen y repiten que desean éxito al ejercicio gubernamental, fingidamente convencidos de que si le va bien al gobierno le va bien al país.

La verdad es otra: in pectore esos contradictores celebran que los azotes y las desventuras significan la caída del presidente López Obrador en las encuestas.

Llevados por tal actitud, los más obcecados opositores de la administración federal han llegado al extremo de legitimar y alentar, de modo apenas disimulado, reclamos de gobiernos foráneos.

De Estados Unidos, Canadá, Alemania, Gran Bretaña, Francia, España e Italia, entre otros, inquietos porque —sostienen— el gobierno de México “está erosionando las bases legales de contratos de miles de millones de dólares firmados bajo la administración previa”.

¡Asomó la oreja el burro! Las potencias están indignadas no por los abusos de sus inversionistas y compañías nacionales, sino por la supuesta violación de contratos en la apetitosa, codiciada industria petrolera mexicana.

Representantes de esas potencias se reunieron en la embajada gringa, convocados por Christopher Landau, en lo que fue apenas el atisbo de las presiones que están dispuestos a ejercer para preservar sus indebidos y abusivos intereses.

Todo vale ahora —lástima— para golpear al gobierno desde la oposición, en una tesitura que, por el bien de todos, debería convocar a la unidad.

Valen lo mismo el brote de COVID-19 que la violencia contra las mujeres, mayoritariamente gestada en casa y el entorno familiar; las presiones externas, el desplome de precios del petróleo, la refinería Dos Bocas, el Tren Maya, la dizque rifa del avión presidencial o el “espionaje” a la bancada del PAN en el Senado…

Entre los asuntos que conforman el arsenal de los adversarios de la 4T, resalta el del coronavirus, cuyo manejo por el secretario Jorge Alcocer y el muy competente subsecretario Hugo López-Gatell Ramírez, al frente de un notablemente calificado equipo médico y administrativo, ha sido sin embargo criticado sin la menor consideración, ya sea por lo que hace o deja de hacer.

La conducción de la estrategia frente a este problema de salud pública ha sido, sin embargo, blanco de críticas lanzadas, sin recato, incluso desde posiciones de supina, patética ignorancia.

Dígalo si no, el senador del Movimiento Ciudadano, Samuel García Sepúlveda, quien —por lo visto— desconocedor el proceso de endemia, epidemia y pandemia y de la fase uno en que por fortuna todavía se halla nuestro país, salió a decir, con precaria retórica. barrabasadas inspiradas por la politiquería:

“Hace unos días, y asumo total responsabilidad de lo que voy a decir, platicando con funcionarios y médicos del ISSSTE, me decían que ellos están ordenados a registrar todo como influenza, aún y que les lleguen con síntomas claros de coronavirus, la orden es: ‘tú registra todo como influenza’”.

Por eso, dijo el legislador, “no es raro que aparezcan solamente 5, 7, 11 casos. Están maquillando los datos. Y, lo peor, en las mañaneras no les dan la importancia debida; sigue el Presidente hablando de abrazos”.

Si en el inicio de la emergencia el tema ya ha sido politizado, es cosa nada más de imaginar la airada reacción de los adversarios del gobierno cuando —es previsible que sucederá, ningún país ha salido indemne— se produzca la primera víctima fatal de esta pandemia que nos llegó en el peor momento.

Por lo pronto, Arturo Herrera ya adelantó que la hacienda nacional será uno de los damnificados. Lo que hace prever, ahora sí, la obligada realización de ajustes fiscales, para mayor irritación de quienes combaten el manejo económico del país.

Si bien la belicosidad de los grupos feministas se ha aplacado, la furia opositora no ceja, como lo demostró el supuesto caso de espionaje a senadores del PAN, denunciado con ligereza por Mauricio Kuri y Damián Zepeda.

La alharaca no cesó ni siquiera cuando quedó claro que se trata menos de un caso de fisgoneo que de dispendio de recursos públicos, cohonestado por panistas.

José González Morfin se encargó de aclarar la situación. Micrófonos para todas las bancadas fueron comprados —en un monto archimillonario aún no precisado— en la legislatura cuyos coordinadores fueron, entre otros, Diego Fernández de Cevallos, Enrique Jackson y Jesús Ortega.

La instalación de dichos artefactos fue deficientemente realizada en la legislatura siguiente, entre cuyos coordinadores estaban Manlio Fabio Beltrones y González Morfin. Los micrófonos no han tenido utilidad alguna en diez años porque nunca fueron conectados. Dinero tirado a la alcantarilla.

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