La visita, y nuevamente lo del avión

El presidente López Obrador en una visita rápida a Tamazula, sólo observó los avances de la carretera Los Herrera-Tamazula, lo cual prometió estará concluida en el 2022, ojalá que esta promesa sea cumplida, pues esta rúa lleva más de 30 años en construcción y será de gran beneficio para los pobladores a lo largo de la misma. Atrás quedó la anunciada evaluación de los Programas Sociales Federales, los cuales son objeto de denuncias de usuarios que aparecen en el padrón, más, sin embargo, el dinero no les llega y hasta ahora. nadie sabe darles una respuesta satisfactoria y suficiente, el caso es que prevalecen anomalía en la operación de dichos programas desde que inició esta administración federal. En varias ocasiones se ha denunciado corrupción en los mismos, se habla de las cuentas poco claras que uno de los operadores, tiene mucho que ver y los dedos señalan a Gustavo Pedro Cortez, en fin, los morenistas, que tanto presumen de honestidad valiente, han mostrado dos caras y son muchas las ocasiones que se ha denunciado que hay opacidad y corrupción pero el Presidente no quiere oír, está empecinado en la bondad de sus programas y no quiere ver sus fallas.

Nuevamente comentaremos el asunto poco claro de la rifa del avión presidencial, el que a todas luces es una idea con la que el Presidente pretende imponer su voluntad a costa de lo que sea, no obstante, se estén violando leyes precisas al respecto; la intención presidencial, después de que no encontró otra forma de salir de avión, ideó cómo superar los límites impuestos por su imaginación, a lo que se le denomina surrealismo.

De ahí surge la operación surrealista del gobierno: “la rifa de la no rifa del avión” El más reciente caso de un gobierno surrealista: “Lo real a partir del impulso síquico de lo imaginario y lo irracional”. Vale la pena volver a citar a André Breton: “No intentes entender a México desde la razón, tendrás más suerte desde lo absurdo, México es el país más surrealista del mundo”.  

Dice el Presidente: “Vamos a rifar el avión presidencial”. Sus asesores le contestan: “No se puede”. “Pero yo ya dije que sí se puede —replica el mandatario— y aquí sólo mis chicharrones truenan”. “Lo que usted diga, señor Presidente”, se cuadran los asesores.

Después de un elaborado diálogo laberíntico, llegan a la conclusión de hacer un sorteo de la Lotería Nacional. Se venderán seis millones de boletos a un precio de 500 pesos, es decir, si saldan todos, se recaudará un total de tres mil millones de pesos. Habrá 100 ganadores de 20 millones de pesos, es decir, dos mil millones de pesos de premios. Al gobierno le quedarán menos de mil millones porque tendrá que pagar los gastos y comisiones de la venta de los cachitos.

El remanente se usará, entre otras cosas, para sufragar los gastos del avión presidencial que permanecerá resguardado por la Fuerza Aérea hasta el 2022. Mientras tanto, la aeronave podrá ser rentada a privados. López Obrador, sin embargo, dice que se obtendrían dos mil quinientos millones de pesos de la rifa que se usarán para adquirir equipos médicos del sector público. Evidentemente, los números no cuadran. A escena entra otra institución de nombre brillantemente satírico y surrealista, el Instituto para Devolver al Pueblo lo Robado, que subastará más bienes del Estado o confiscados por éste, para llegar a la cifra prometida por el Presidente.

La Lotería Nacional nunca ha organizado un sorteo de esta magnitud. En el que hace durante las navidades se venden dos millones de cachitos. Aquí estamos hablando de un 200% más. Claro está que no tienen la capacidad de vender tantos boletos. La solución es muy sencilla. El Presidente le va a clavar dos millones de cachitos a los principales empresarios del país, inicialmente pretendía cuatro millones. Ellos podrán venderlos o regalarlos a sus trabajadores, familiares, etcétera. Yo quiero ver al empresario valiente que vaya a decirle que no al Presidente, sobre todo cuando el sorteo se ha presentado como un esfuerzo para ayudar a los más pobres comprando material médico que se necesita. En este sentido, más que ser una rifa, es una coperacha prácticamente obligatoria o, en buen castellano, un impuesto. Para salvar cara, López Obrador obligará a ciertos contribuyentes a pagar más impuestos, vía una lotería, para cubrir el mantenimiento del avión que no quiere usar. Ya desde 1662, el economista inglés William Petty había advertido que un sorteo organizado por el gobierno es un impuesto para los tontos, desafortunados y engreídos: el único que se paga de manera voluntaria con la ilusión de ganar un premio, aunque las probabilidades sean mínimas.

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