No han aprendido nada

Cuando los políticos “profesionales” se proponen alcanzar el favor de los electores para llegar a un cargo público -lo cual en Durango sucede reiteradamente-, los demás mortales asumimos que, de una u otra manera, estos personajes, o “personajas”, se erigen en especialistas en conocer el alma popular y los resortes que mueven los sentimientos de la comunidad, particularmente de aquella parte que constituye su “base”, es decir los segmentos sociales que simpatizan con ellos y los conducen una y otra vez a los cargos gubernamentales.

Estos políticos -y políticas- modulan cuidadosamente sus conductas y las acomodan al sentir popular, con independencia de si lo hacen sinceramente o por simple cálculo electoral y de imagen. Se cuidan del “que dirán” como de la peste, sobre todo en los tiempos que corren, eclosión de las telecomunicaciones, redes sociales, observatorios ciudadanos, organismos defensores de derechos humanos, etcétera.

En síntesis, ahora deben enfrentar cotidianamente a una nueva sociedad. Una sociedad cada vez más exigente y crítica, expoliada por la corrupción, la pandemia y por gobiernos ineptos o deficientes, que la han vuelta reactiva, indignada, inconforme y cáustica con aquellos que simulan o mienten desde los cargos públicos.

Por eso asombra que sea poco lo que hayan aprendido los servidores públicos duranguenses de primer nivel al paso de años y experiencias que han dejado resabios y mal sabor de boca a los gobernados.

Informar con oportunidad y transparencia, es ahora elemento imprescindible para la buena gobernanza. Opacidad y disimulo son exactamente lo contrario.

Comenzamos la cadena reciente de sucesos carentes de claridad, con la famosa reestructuración de parte de la deuda pública y la autorización de un nuevo crédito de 900 millones de pesos, “por si se necesita”.

Seguimos con la cancelación de la dotación de uniformes escolares gratuitos este año, “porque los 150 millones de pesos destinados a ese objeto, se aplicaron en la preparación y reparación de los planteles escolares para la vuelta a clases presenciales”.

Más recientemente, se volvió un pequeño galimatías la presentación del cantante Julión Álvarez en actuaciones con pocos y para pocos, so pretexto del Grito de Independencia programado por el gobierno estatal para celebrar la gesta independentista.

Más allá de la, ya de por sí, grave situación de las finanzas públicas del gobierno, que a través de las administraciones pasadas ha hipotecado las participaciones federales futuras, los duranguenses seguimos ignorando cuánto debemos, cuándo tenemos que pagar, en que se gastaron esos créditos, y quienes fueron los que nos endeudaron. Por que eso de que la reestructuración y el nuevo gravamen son por el bien de los gobiernos que vienen, no se los cree ni un niño de pecho.

¿Por qué otros gobiernos estatales si pudieron arreglar escuelas y dotar de uniformes escolares gratuitos a los educandos? ¿En qué planteles se gastaron 150 millones de pesos y quienes realizaron las obras?

Y el patético caso del cantante de marras. Que sí asiste el gabinete a la presentación privada; que mejor no, que si mejor se invita a representantes de la sociedad (boleros, campesinos, amas de casa, etc.); que si costaría una millonada el show, que no, que es gratuito porque “la mamá de Julión es de Durango”.

Y así por el estilo. Explicaciones van y explicaciones vienen, pero todas a toro pasado y después de la virulenta reacción de opinantes de todo tipo, de buena y de mala intención.

Lo cierto es que las autoridades involucradas en estos temas han salido a aclarar (o tratar de aclarar) las cosas después de atole y solamente han enredado más los asuntos, dejando claro que la transparencia y la información oportuna no son lo suyo.

En los primeros años de gobierno de Páez Urquidi, los festejos patrios se celebraban en tres bailongos simultáneos, pero en escenarios distintos; la plazuela de Baca Ortiz para el pueblo llano, la raza, el populacho; el palacio de Escárcega, la entonces presidencia municipal, para la clase media, los aspiracionistas, diría AMLO; y el palacio de Zambrano para la perfumada buena sociedad duranguense y para los funcionarios principales del gobierno, para los fifís, pues.

Los golpes de realidad hicieron que Páez Urquidi erradicara esa anacrónica y elitista fórmula a mediados de su gestión, para dar paso a la republicana costumbre de festejar la independencia desde el balcón principal del palacio de gobierno, ahora convertido en museo, y el pueblo abierto en la plaza pública.

¿A quien, entonces, se le ocurrió la peregrina idea de resucitar algo de ese esperpéntico modelo clasista?

¿La imaginación no les dio para nada mejor?

En fin…

Es cierto que la pandemia ha cambiado el mundo en más de lo que imaginamos; es cierto también que Durango es un estado quebrado en su economía y en sus finanzas públicas; es verdad absoluta que gobernar es cada vez más complicado (aunque AMLO diga que no tiene ciencia), pero por eso mismo, hoy más que nunca se requiere del gobierno estatal lenguaje claro, franco y oportuno con la sociedad; hablar con la verdad, exigir responsabilidades a quienes comparten competencias de gobierno, llamar a los más aptos y dejarse de amiguismos y componendas que minan la confianza de los gobernados y auspician los trascendidos de corruptelas y saqueos desde la cercanía con el poder.

El horno hace tiempo que no está para bollos, así que actuar con cálculo político, dejando de lado el superior interés de la colectividad, no es un negocio recomendable para quienes aspiran a dejar huella positiva de su paso por la gubernatura estatal, y menos aún para quienes, que no son pocos, aspiran a sucederlos en el cargo y en la obligación de dar cara a la ciudadanía, con valor, con oportunidad y transparencia.

Nada más, pero nada menos.

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