Nostalgias

Jesús Nevárez

En aislamiento lo más sano es no ver  mensajes de la gente enferma, las que se empecinan en ver el vaso vacío, un reflejo de su personalidad neurotizada, lo cual en México como en ningún país al que le ha pegado la pandemia viral, ocurre.

En Italia, España, Reino Unido, Alemania, incluso en Bolivia o Colombia, dejan a un lado las discrepancias políticas, los hemisferios ideológicos, para unirse y ser solidarios. Por ello, es mejor intentar recorrer otros caminos que nos ayuden a pasar la tempestad.

Como niño de barriada, pudimos vencer, unos de una manera, otros de otra, la adversidad, nos hicimos selectivos. Nos alejábamos de los mas maloras y vagos,  después serían delincuentes, todos ya fallecidos por los golpes brutales de la vida, los recordamos con afecto.

La banda mocosa y desarrapada a la que pertenecía, eramos vagos de otra naturaleza, vagancia sana, si puede caber el calificativo. Así, sábados y domingos eran de mucha aventura, eran los días de espectáculos y deportes a los que cobraban por entrar, el reto era quien había entrado  sin pagar, entrar de “trampa decíamos”, no siempre lo lográbamos,  lo que recibíamos era una patada en el trasero.

El que esto escribe tenía un método muy efectivo para entrar al cine en la función de en la tarde-noche, a la hora en que salían de la primera función, nunca revelé mi secreto que hoy comparto, quizá lo puedan hacer.

En el Cine Alameda, frente a la Plazuel Baca Ortiz, tenía una puerta lateral que daba al llamado “parque nuevo”  por donde salían los cinéfilos,  había empleados  cuidando que nadie entrara mientras salían.

De ninguna manera esperaba una distracción de los cuidadores para meterme, mi estilo era elegante y sofisticado. Con cara de preocupación, preguntaba si no habían visto salir a una niña de vestidito rosa, los cuidadores me veían y medio azorados me decían,” no chavo, aquí no a pasado” pedía permiso de ir a buscarla y solidarios me  decían, sí pasa, y pues a escoger un buen lugar, VIP como dice ahora,  ver las peliculas que eran dos.

El lunes nos juntábamos para hacer balance de aventuras, me decían, oye, siempre entras al cine, yo creo que pagas, como creen contestaba, de donde saco cuatro pesos, solo espero que se descuiden y entro.

Tenía un negocio en la escuela, me daba para comprar gorditas y un “chesco” en el recreo, quizá una golosina. Platicaré en que consistía mi empresa: En la calle de Zarco y Francisco Sarabia, había una vulcanizadora. Note que en la basura tiraban largos pliegos de hule de colores: rojo, verde, blanco, amarillo. Una vez entre y ví que con esos hules protegían los revestimientos para vulcanizar, luego los desechaban, les dije que si me lo regalaban, “sí, llévatelo”. Y dejaba limpia de hules la vulcanizadora.

En casa media unos tres o cuatro metros y lo enrroyaba, me llevaba varios pliegos a la escuela y los ofrecía para forrar cuadernos, creo veinte centavos pliego, con cinco que vendiera ya traía un pesote. Cuando me preguntaban que de donde los sacaba, les decía que me lo enviaba un tío de Torreón, esto lo hacía una o dos veces por semana (para no saturar el mercado). Que padre. O no.

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