Opinión | 59 personas en una fosa

“Hoy en las noticias, 59 cuerpos en fosas en Guanajuato…”, publicó en Twitter un noticiero.

La cobertura del medio era seria y respetuosa, pero el anuncio de la noticia, tan cotidiano, me horrorizó. Busqué en Internet: “59”+”Guanajuato”. El buscador me arrojó 106 mil resultados, que mencionaban el hallazgo de los cadáveres de 59 personas en 52 fosas clandestinas en Salvatierra, un asentamiento a 40 kilómetros de Celaya. Algunos medios titularon “Hallan los restos de 59 personas en Guanajuato”. Otros, la mayoría, usaron el término cotidiano en la prensa: “59 cuerpos en fosas”.

59 cuerpos, como si se tratasen de un mueble, una prenda de ropa o la página de un archivo. 59 cuerpos de 59 personas que algún día tuvieron una pesadilla en la madrugada, se rieron a carcajadas con una película, se enchilaron al ponerle mucha salsa a un taco, tenían un libro, un color, un álbum musical favorito. Los cuerpos eran personas que alguna vez llevaron la foto de un niño en la cartera, o se sintieron solos, o disfrutaron ejerciendo violencia sobre alguien más.

Estas historias no son ficticias, sino algunas de las que he conocido en los últimos años en México cuando he preguntado qué hacía ese cuerpo cuando lo habitaba un ser humano, cuando he visto los restos de personas en registros forenses o en campos donde solo quedó la ropa de quienes fueron asesinados. Contar estas historias no romantiza a quienes cometen delitos. Permite verlos como son, parte de una sociedad compleja y diversa, que no es la masa amorfa y monolítica que los políticos suelen simplificar llamándole pueblo.

Son 59 cadáveres, que se suman a una lista de 347 mil cuerpos de otras personas, con nombre y apellidos, con familia, con historias de crueldad o de dolor, asesinados en México desde que Felipe Calderón anunció que iniciaba una “guerra contra el narco” en diciembre de 2006.

Los cuerpos de Guanajuato son personas cuyas vidas quedaron en medio de esa estrategia militarizada de la seguridad pública. Quizá fueron niños que ganaron dinero vigilando cuando pasaban en la esquina de su casa policías o soldados, o muchachos que aprendieron a matar antes de haber tenido sexo por primera vez. Quizá pudimos ser nosotros, en esas fosas, o alguien que amamos. Después de 347 mil homicidios cometidos en México entre el 1 de enero de 2007 y el 30 de septiembre de 2020, en cifras oficiales, todas estas posibilidades parecen plausibles.

En México se ha instalado una burocracia del dolor, con reglas y disputas políticas. La geografía de esta burocracia para por rencillas entre familiares de quienes buscan a los suyos, víctimas perfectas (a quienes prefieren los abogados probono) e imperfectas (que cometieron algún delito o tuvieron relación con quien lo cometió), a quienes desdeñan desde la prensa y desde el activismo de los derechos humanos. Se ha instalado también una geografía del horror, que antepone cuándo ocurrió el homicidio, quién gobernaba, cuáles eran sus clientelas políticas, para que quienes utilizan su voz pública decidan cuándo se indignan y cuándo callan.

Hace unos días, una fuente me compartió la fotografía de una fiesta de cumpleaños en la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas, la CEAV, en pleno semáforo naranja por el coronavirus. Los oficiales de la Comisión departían alegremente, pegados unos a otros, sin cubrebocas. La denuncia se unió a otras que recibí después de publicar en esta columna la deplorable condición en la que se encuentra la CEAV. Algunos empleados inconformes han documentado cómo se han contratado a amigos de los jefes, cómo se ha malgastado el dinero que debería ir a las víctimas, cómo han tomado el control funcionarios sin experiencia. A juzgar por los documentos, sus denuncias ante instancias oficiales parecen no haber tenido ningún efecto. El encargado de la Comisión me dijo para esta columna hace unas semanas que hacen lo mejor que pueden, en las difíciles condiciones que tienen.

Hace unos días se publicó una convocatoria para que haya un titular en esa Comisión. Mientras transcurre el camino político para su nombramiento, las noticias de los cuerpos, las fosas, el horror cotidiano siguen normalizándose. Hablamos de muertos como hablamos del clima, del estreno de una serie, del cumpleaños de un amigo.

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