Opinión | ¡Ah qué caray! (I Parte)

“¡Ah qué caray!”. Era su argumento cada que algo le causaba sorpresa, pero también para cuando algo se le dificultaba o quería expresar su inconformidad ante lo solicitado para que realizara.

Y con esa misma frase me quedó en el recuerdo, su recuerdo, que seguramente habrá de permanecer por los años en venir.

Fueron 11 años los que compartimos la mayor parte de las horas de nuestro día. La que menos, 12 horas. Para él, las instalaciones de Radio Formula eran su segunda casa, porque su primera casa era el hogar en el que compartía con su esposa Lily y su pequeña Sofi.

Me tocó verlo, en los inicios, hace 11 años, buscando afanosamente conseguir cubrir turnos de sus compañeros operadores: “Porque necesito dinero porque ya me voy a casar y también necesito seguir pagando la escuela”. Me tocó verlo, como me he visto infinidad de veces también, con los ojos a punto de cerrarse por la falta de descanso.

– ¿No te vas a ir todavía César? – le cuestionaba a las 12:00 pm, que era cuando cambiaban el turno de operadores. “No. Me voy a quedar a cubrir a Pedrito… O a María Elena… O a José” según fuese el caso. Y esas coberturas que hacía, lo llevaban a estar de 6 de la mañana a 12 de la noche; y a la mañana siguiente, nuevamente a las seis de la mañana ya estaba frente a su consola.

Los primeros dos años, en los que solamente era yo reportero; le veía moviéndose, mientras permanecía en las instalaciones porque a las tres de la tarde se acababa mi turno, de un lado para el otro; siempre haciendo algo.

Dos años después, tuve la gran fortuna de recibir la oportunidad para dirigir el área de noticias y conducir los espacios informativos y fue ahí, donde comencé a conocer más a fondo los talentos ocultos, al menos para mí, que tenía quien se convirtió, desde ese momento, en un compañero inseparable… En mi brazo derecho.

Diestro en la operación de la consola. Jamás hubo un error por alguna nota confundida, por algún horario trasgredido; por el contrario siempre tuvo soluciones a alguna falla técnica que llegaba de improviso. Lo mismo hacía funcionar un micrófono que enmudecía sin avisar, que una computadora a la que se le daba la gana dejar de trabajar; y atento, siempre atento “por si las dudas”.

Persona que por su manera entregarse a su trabajo, se convertía en alguien indispensable.

El Diseño Gráfico fue otra de sus pasiones; pasiones que le llevaron también a realizar diferentes diseños para la empresa y, en lo personal, me realizó el diseño de dos portadas para libros; una sigue guardada y la otra no se publicó como tal no supe por qué razón; sin embargo la original la tengo enmarcada y colgada como el me la realizó.

Así fue avanzando. Ya no sólo era el operador, sino también quien apoyaba en diseños.

En el paso de los años, de esos años, siempre fue una persona activa, creativa y dispuesta a colaborar. “Quiero crecer y para eso necesito aprender de todo”; y por ello no se le complicaban las cosas… Porque quería aprender.

Aprendió a realizar las actividades de otras áreas y estaba presto a enseñar a compañeros operadores que se fueron incorporando en el camino; fue tal su desempeño en que en alguna ocasión se atrevió a decirle al Director General: “Cuando quiera también ya lo puedo cubrir a usted”. Afirmación que lejos de molestar “al Jefe”, lo congratuló: “Eso caray, personas como tú hacen falta”.

Aquellos primeros años me tocó saber de su matrimonio y de su conclusión de la carrera profesional. Ambas cosas ambicionadas por él.

Sus días frente a la consola no pasaban de lado sin haber realizado algún diseño, leer “unas cuantas páginas” de un libro que, dicho sea de paso, en algún año su record fue de 70 libros leídos; o realizar algún retrato o caricatura. Era un gran artista. Sus dibujos, retratos y caricaturas le permitieron darse a conocer entre el gremio y varios colegas, funcionarios y amigos, tienen en su casa algún trabajo realizado por él, lo que le permitió tener un ingreso extra de dinero en su hogar. Y se llevó la satisfacción de que una de sus obras fue tomada en cuenta como el logotipo oficial del Festival Internacional Ricardo Castro en 2017.

El nacimiento de su hija lo llenó de nuevos bríos, se le notaba y lo expresaba así. Era la niña de sus ojos. En ella se veía. Desde pequeña lo acompañaba de vez en vez y la vimos crecer al tiempo que él crecía junto con sus gastos: Una esposa, una hija y una casa propia que estar pagando. Todo le iba saliendo como lo planeaba.

En el año 2016, en plena campaña para Gobernador, dos personas que apoyaban en el área de noticias, renunciaron el mismo día. Los días subsecuentes, bastantes, me tocó realizar el trabajo de reportear, preparar guion, editar audios y todo lo necesario para salir al aire y preparar todo para la cobertura de las campañas y la jornada electoral.

Fue cuando un buen día, al verme vuelto loco, recuerdo que me dijo: “¿Qué es muy difícil entrarle a eso de la reporteada? ¿Si quieres yo me apunto? Nada más me dices cómo le voy haciendo y de volada aprendo, para que le bajes porque te vas a tronar”.

Era una persona con gusto a la lectura de todo lo que caía en sus manos, libros, periódico; además operaba los principales noticiarios de la estación y era muy analítico de ellos; virtudes que, sin raspar muebles como dicen los chavos, están ausentes en la actualidad.

Me le quedé viendo… Me sonreí… Moví la cabeza ligeramente como negándome y le atine a decir:

“Pinche César ¿Neta? El interés ya lo tenía y sabía que estaba llegando a mis manos un diamante que habría que ir puliendo. “Órale, vas. Solamente convence allá arriba, refiriéndome al licenciado Alejandro Herrera…

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