Opinión | ¡Ah qué caray! (II Parte)

No recuerdo si platicó con el Jefe esa misma tarde. Lo único que sabía, era que si se le daba la oportunidad, podría ser completamente diferente a lo que habitualmente sucedía.

Y sería diferente porque, sin haber pasado por la carrera de comunicación, mostraba más “tablas” que muchas otras personas.

Una tarde que regresaba de reportear, el Jefe me recibió con lo siguiente:

“Oye, César está pidiendo la oportunidad de entrar como reportero ¿Cómo ves?

“Sin bronca”, respondí sin titubear. Señalé que se le veía madera para hacerlo y que solamente era cuestión de irlo puliendo.

“Pues tú decides…”; y desde el 7 de febrero de 2016, César se convirtió en el reportero que estábamos necesitando. Y no sólo eso. No abandonó su puesto como operador; así que se hizo todo lo posible para que, antes de las 11:59 de la mañana, cumpliera su trabajo de reportero, y de 12 del mediodía a seis de la tarde, cubriera su turno de operador.

¿Y cómo es entonces que usted lo escuchaba al aire en el noticiario de las 3:30? Fácil. Jalaba un micrófono hasta su consola y desde ahí, del otro lado de la ventana que nos separaba, se ponía a presentar sus notas o a interactuar conmigo.

Batalló al principio y mucho. “Cómo hago esto… Cómo hago lo otro… Cómo redacto… Cómo pregunto… Cómo puedo mejorar”.

Creo que lo que nos complicó un poco fue para despojarse de sus creencias personales, para que eso le permitiera realizar su trabajo sin tanto prejuicio. Él se autodenominaba ateo. Eso no era problema. Siempre le respete su manera de ver la vida. Pero su ateísmo no lo estaba dejando desarrollarse plenamente y, a la larga, sabía que eso le iba a atraer problemas, pues tratándose de cubrir la Iglesia, siempre tenía una concebida mentada de madre a todo lo que giraba en torno al tema, seguido de un largo etcétera de excusas y pretextos para no darle voz a las creencias religiosas.

Esos momentos se volvieron tensos entre nosotros; así que un día, sabiendo que podría estallar una bomba como las que suelen explotar, entratándose del tema, le dije:

“… Pues no me interesa César. Vas a empezar por cubrir la Iglesia Católica. Nuestras creencias personales, las dejamos en la puerta de la oficina y aquí venimos a trabajar por nuestros radioescuchas”. Recuerdo su cara. Ese apretón de quijadas y la mirada fulminante que me lanzó, al tiempo que apretaba las manos para sacar el remolino que se le formaba en su interior.

Su primera Semana Santa como reportero la libró. En ese entonces el Arzobispo de la Arquidiócesis de Durango, Don Antonio Fernández Hurtado, lo comenzó a inducir, quizás sin saberlo, a un camino del que se encontraba alejado. Lo recibía en su casa de descanso para darle entrevistas; aunado a que terminó en el afecto del Padre Noé Soto, vocero de la Arquidiócesis.

“Son buena onda esos cuates”, decía. “Así es César, debemos darnos la oportunidad de conocer sin prejuicios. Sé que nadie te quitará lo ateo, pero respetemos y todos contentos.

El inicio de la pandemia de Covid nos trajo calamidades en todos los aspectos. A César se le comenzaba a mirar siempre cansado, agotado. Incluso, cuando comenzó a manifestarse su enfermedad, la confundieron con Covid; hubiésemos querido que fuera cierto, así tendría más posibilidades de librarla; sin embargo a todos nos cayó como balde de agua helada saber que a César se le había detectado leucemia. Fue un golpe duro. Comenzó ese batallar al que se enfrenta uno cuando una noticia de esas llega sin esperarla. Su madre, su esposa y su pequeña Sofi, son las que sufrieron más, a la par que él.

Donación de sangre, aféresis, plaquetas, quimioterapias y cantidades indescriptibles de medicamentos eran necesarios para intentar revertir el mal. Me aprendí de memoria el servicio social, el número de cama, el tipo de sangre, el teléfono de Lily, de las tantas veces que solicitaba el apoyo de la gente para nuestro compañero. No se logró el objetivo y, desgraciadamente, el 9 de mayo, me hizo saber mi Jefe que había llegado el final de César.

No pude contener el llanto porque me vino a la memoria todo lo vivido a lo largo de 11 años de conocernos y de cinco de ser aliados para corretear la noticia. Recuerdo los momentos de tensión que se generaban. Trabajar bajo presión todos los días y estar juntos más de 12 horas, nos vuelve vulnerables a estallar en cualquier momento; y él y yo varias veces lo hicimos; pero siempre con un apretón de manos o un abrazo y el concebido “vamos a chingarle” todo quedaba atrás.

Él hacía todo lo que debía hacer como reportero al tiempo que yo hacía todo lo que me correspondía en mi trinchera, para sacar adelante nuestro trabajo. Siempre buscando crecer creó la sección “Entre páginas” que manifestaba su pasión por la lectura. Suplente en mis ausencias en la conducción del noticiario. Sin duda alguna, mi brazo derecho los últimos años en el área de noticias.  Siempre combinándolo con otra de su pasiones: El arte gráfico, del que hizo otra forma de vida.

¿Coincidencia? No sé. Pero dos personas de nombre Noé se aliaron con mayor fuerza al final del camino. César Noé Díaz y el padre Noé Soto, quienes acrecentaron una amistad que ya venían arrastrando de tiempo atrás. Y Solamente en ellos queda todo lo que pasó en sus pláticas. Lo único cierto es que el Padre fue un gran apoyo para César y para que lograra la reconciliación con Dios.

Gracias César por tu amistad. Por ser mi alumno más destacado y gracias por ser mi maestro; porque de los alumnos también se aprende, y mucho.

Salió del aire tu voz, pero se encendió la luz de tu recuerdo en nuestros corazones. Descansa en paz amigo.

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