Opinión | Breve nota sobre el tiempo

Lo vemos sin salida dentro del reloj, o repetirse una y mil veces en incontables calendarios. El pasado se enfila a la izquierda; a la derecha se proyecta el futuro. El tiempo visto hacía atrás se mira como bloques de absoluta oscuridad. Las cosas que sucedieron son ideas, algunas malas y otras muy buenas, hasta parece que le acontecieron a una persona distinta. Mirar atrás es mirar un espejismo; vivir en el pasado: el colmo de una vida que conocerá el futuro.

El futuro es una promesa hueca, siempre cambia. Sin embargo no cambia por si mismo. Algo hay entre el presente y el futuro que los une, ora el segundo depende del primero, ora el primero depende del pretérito. ¿Qué es el presente sino el futuro del pasado? ¿Qué es el futuro sino el pasado de un futuro, todavía más lejano? El nexo o la máquina del tiempo, se ha dicho muchas veces, es la conciencia o el espectador. Si bien los bloques de absoluta oscuridad reemplazan cada instante, y cada vez más rápido, tenemos el presente en nuestras manos y por consecuencia, el futuro de las generaciones venideras, deje usted de la nuestra. El fruto de la indiferencia y el egoísmo mal aplicado serán la tiranía y un pueblo cada vez más dividido.

Es imposible no mencionar a Heráclito y las aguas del río al platicar de tiempo. Y si bien ya lo mencioné, me atengo a una perversa dialéctica y lo niego, suponiendo que al haberlo mencionado en efecto lo puedo no-mencionar, pues no pudiera no-decir algo que no-dije.

El tiempo es un enigma. El tiempo es, tal vez, el enigma más fácil de todos y por eso se complica. No cabe en nuestra mente la sospecha de que algo enorme sea al mismo tiempo diminuto. El ego no nos permite ver que somos el gólem que J.L. Borges descubrió (y describió) en uno de sus poemas más bellos. Nos cuenta la historia de Juda León, un rabino en Praga. El poema empieza antes, pero lo que nos interesa comienza en el verso 

Sediento de saber lo que Dios sabe Juda León se dio a permutaciones (es hermoso el juego entre cedió y se dio, además de la aliteración con sediento) de letras y a complejas variaciones y al fin pronunció el nombre que es la clave…

Entonces el hace un muñeco y le enseña todas las cosas: las Letras, el Tiempo, el Espacio. El gólem despertó, anonadado por todas las cosas que no entendía. El rabí le explicaba y consiguió (tardó años en conseguirlo) que barriera su casa. El gólem creció, y daba miedo, pero al rabí le daba ternura, y se preguntaba

¿Por qué di en agregar a la infinita serie un símbolo más? Por qué a la vana madeja que en lo eterno se devana di otra causa, otro efecto y otra cuita?

Pudiera decir que el maestro universal encontró la respuesta al enigma. El tiempo se mide en nosotros. En creación. En tristezas. Podemos parar el carnaval, mas decidimos prolongarlo.

Podemos ser el gólem o el rabino. No importa. Es lo de menos.

¿Quién nos dirá las cosas que sentía Dios, al mirar a su rabino en Praga?

Borges. El otro, el mismo. “El Gólem”.

Se requieren más indagaciones.

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