Opinión | Canto épico a los Héroes de Chapultepec

*13 de septiembre de 1847*

“Como renuevos cuyos aliños, un viento helado marchita en flor, así cayeron los héroes niños, ante las balas del invasor”. Así decía uno de los versos de aquella hermosa elegía que cantábamos en mi escuela primaria, el Internado “Hijos del Ejercito N°.8” –subsistema de educación primaria, creado por el presidente Lázaro Cárdenas, en 1937; y cuyo Internado N°.1 llevaba el nombre de Francisco I. Madero y estaba establecido en la ciudad de México-. Eran los años 50´s del siglo XX.  Eran tiempos en que el patriotismo y el trato respetuoso a todas las personas, formaba parte de la cultura cívica de la niñez y de la juventud mexicana. En esa etapa de crecimiento económico con justicia, llamada Desarollo Estabilizador y que concluyó a finales de los años 70’s, la vida me dio la oportunidad de educarme en esa prestigiada escuela primaria, donde aprendí a honrar la memoria de los grandes hombres y mujeres que han forjado esta hermosa patria que llamamos México -tan ultrajada por las ambiciones expansionistas de los imperialismos; pero también por los apátridas y los ambiciosos del poder y del dinero, que una y otra vez, han socavado la justa grandeza de nuestro destino histórico-. En este contexto de reflexiones, sustentadas en los hechos y las penurias de nuestras luchas por la libertad y la justicia, quiero escribir una oración épica en recuerdo de la imborrable hazaña de los héroes de Chapultepec.

Era el año de 1847; las tropas invasoras norteamericanas habían ocupado la ciudad de México. Las tropas mexicanas, con armas muy inferiores a las del ejército invasor, pero con la fortaleza de sus corazones henchidos de patriotismo, defendían con bravura, el último reducto de nuestra soberanía territorial, asentado en nuestra hermosa ciudad de los palacios, levantada sobre los cimientos de aquella legendaria ciudad de Tenochtitlan que fue nuestro origen fundacional como pueblo. Así fue que en aquel escenario de disputas políticas entre los patriotas liberales y los entreguistas conservadores; se batieron en los escenarios de aquella guerra injusta, las tropas al mando de Xicoténcatl y de Bravo. En el fragor de aquellas desiguales batallas, cayó la fortaleza de Churubusco, defendida heroicamente por el Gral. Anaya ícono de la dignidad del soldado mexicano, quien escribió para siempre en los fastos de la historia mundial, estas palabras inmortales  ”Si hubiera parque, no estaría usted aquí”; así sellaba su famosa respuesta al comandante militar norteamericano, que al tomar Churubusco preguntó por las municiones a nuestro comandante defensor. Todo esto ocurría, mientras el vende patrias Antonio López de Santa Anna, pensulero, calculador y cobarde, se negaba a acudir en apoyo de nuestras tropas defensoras. Pero en esta lucha sin cuartel, aun faltaba por escribirse la página más sublime de aquella jornada Bélica del 13 de septiembre de 1847. Abatidas nuestras tropas defensoras por la poderosa artillería del ejército invasor; los soldados norteamericanos avanzaron sobre el castillo de Chapultepec, donde se levantaba la escuela de las armas en la que se forjaban los cuadros militares del México del siglo XIX. Sí, ríos de invasores llegaron hasta el alcázar de Chapultepec, donde fueron enfrentados con valor por aquellos efebos guerreros que supieron sucumbir con honor y con lealtad inquebrantable, ante el fuego inmisericorde del enemigo. Recuerdo de negra crueldad y cobardía el del soldado invasor que asesinó por la espalda a uno de nuestros heroicos cadetes. Recuerdo de mea culpa, del soldado invasor que exclamó consternado “Estamos matando niños”. Fueron tiempos aquellos de oprobio para el invasor despojante. Fueron tiempos de honor y de gloria para nuestros heroicos cadetes defensores, que siguen pasando eternamente lista de honor; no solo en la conmemoración patriótica de su hazaña; no solo en los desfiles de su Colegio Militar al que ellos le heredaron el grado de Heróico; sino en los corazones de todos los mexicanos bien nacidos, que por los siglos de los siglos habrán de recordar y de cantar la épica gloriosa de: Juan De La Barrera, Juan Escutia, Agustin Melgar, Vicente Suarez, Fernando Montes De Oca y Francisco Márquez. En recuerdo de su temple patriótico, el pueblo levantó seis columnas en honor de aquellos aguiluchos que ofrendaron sus vidas ante el invasor ¡Por el honor de México!.

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