Opinión | De chicharrón… Me como un plato III (y último)

-Oye we, ya termina de contarme lo del chicharrón en salsa verde que me tienes en ascuas…-, Simona la Charladora mi Alter; entiendo que quizás te aburriste de estar escuchando toda la historia, pero, si no estás contextualizado, no te va a saber igual…; – ¿El chicharrón en salsa verde? -; no te digo que tú sólo piensas en estar tragando. Lo que digo que no te va a saber igual es la historia…; – ¡Ah bueno! Suéltala ya -.

Pues te decía que aquella noche no pude dormir muy bien porque me dan un tanto cuanto de miedo las alturas y, que me haya tocado pernoctar en el piso 13 de aquel hotel, pues me llenaba de incertidumbre…; – ¿Por aquello del número 13? -; mendigo Parásito, no me digas que eres supersticioso, porque yo no creo en esas cosas; si hablo de incertidumbre por haber dormido en ese piso, es porque algo que realmente me asusta son los temblores…; – pinche collón, siempre viviste en un quinto piso…-; pues sí Mequetrefe, pero del piso cinco al piso 13 hay ocho pisos de diferencia.

Llegó el día de trasladarnos de Tijuana hacía Tecate, unos 50 kilómetros que, en carro hubiera representado unos 45 minutos; pero nos llevaron en el Tren Turístico que hace precisamente ese recorrido en cerca de dos horas; por cierto, dos horas de buena convivencia con los colegas que viajamos a aquella cobertura. Ya estando en las instalaciones de la cervecera, realicé el trabajo que me habían encomendado concluyendo con la rueda de prensa de los directivos que anunciaban con bombo y platillo todo lo relacionado con los 70 años de vida de su negocio. Y fue cuando anunciaron realizar un recorrido por toda la planta cervecera, el cual llevaría unas dos horas; fue entonces cuando dije: “Esta es mi oportunidad”; así que comencé mi cometido entrevistando César Moreno, entonces Presidente Municipal de Tecate quien, con sus respuestas a mis cuestionamientos me dejó ver, que el tema de los migrantes no eran su fuerte.

Comenté con Fernanda, la persona que nos guiaba en aquella expedición que ya era hora de salirme del lugar para ir en busca de lo que ya habíamos platicado y me dijo: “Marco, no debería hacer esto porque ustedes son mi responsabilidad y si se enteran me va como en feria; pero aunque no te conozco sé que no me vas a defraudar, te cuidas y haces bien lo que vas a hacer; así que vente por aquí…”.

Para no hacértela cansada, porque además dije que era el último episodio, de aquel lugar que, según el Presidente Municipal me había dicho estaba a dos cuadras, se convirtió en un recorrido de cerca de 30 minutos. Durante el recorrido el chofer del taxi que la misma Fernanda me consiguió, logró poner de punta mis nervios por todo lo que me contaba. Al llegar al sitio y ser recibido por aquellas mujeres tan amables que atendían el albergue al que llegué y comenzar a escuchar aquellas historias de terror, comprendí que lo que el chofer de aquel taxi decía, no era una invención.

Omitiré detalles de aquella, si quieres llamarle irresponsabilidad, por haber abandonado el guión original y atreverme a vivir aquella aventura; sin embargo, para mí ha sido una magnifica experiencia que volvería a repetir una y otra vez. Platicar por horas con personas que se desahogan con lagrimas en los ojos, no puedes no replicarlos, perdiendo toda postura de entrevistador de piedra; sin embargo eso hizo que aquellas seis personas con las que tuve oportunidad de platicar confiaran en mí; no diré sus nombres porque no estoy seguro de que en realidad se llamaran como me dijeron, pues una de las primeras cosas que los migrantes deben olvidar es su propia historia, su identidad.

Aquellas dos horas que iba a abandonar la “expedición” se convirtieron en cinco o seis, sin señal de teléfono, con la preocupación por lo que estaba ocurriendo ya en ese entorno en la calle del inmueble.

Llegó la hora de la merienda, cerca de las siete de la noche y que crees que era mi estimado Pelafustán…; – ¿Tacuches de triplay? -. Era el manjar más rico que he probado en mi vida: Arroz con frijolitos, chicharrón en salsa verde, tortillas hechas a mano y un vaso de agua de horchata.

Jamás se me va a olvidar eso Haragán. Y no se me va a olvidar por dos razones importantes: La primera porque compartir la mesa con aquellas personas, salvadoreñas en su mayoría, entre los que se encontraba una mujer que ya había vivido la detestable experiencia de ser violada y cuya única satisfacción era que no iba a quedar embarazada porque se puso la Depo-Provera, la inyección “anti México”, me volvió más humano aún; verlos comer me hizo entender que hasta la migaja de alimento que cae a la mesa no debes desperdiciarla, verlos sonreír a pesar de sus historias de terror,  ha hecho cagarme de la risa de la mía; y dos, porque pensé, en realidad pensé, que iba a ser la última comida de mi vida.

El cómo tuve que ser sacado de ese lugar te lo debo, se los debo, porque esas son cosas que deben guardarse en lo más profundo del alma y deben servir para agradecer cada día a Dios en el que se cree, la gran oportunidad de despertar cada mañana. Y ya vámonos que me volvieron a entrar basuritas a los ojos Alter. – Sin palabras we -.

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