Opinión | De las tanquetas artilladas a las cachetadas

Tanto en Torreón como en Monterrey se registraron enfrentamiento entre los opositores (Frena), del presidente Andrés Manuel López Obrador, contra sus seguidores y simpatizantes. Esto, independientemente de lo anecdótico tiene otra lectura.

Todos recordamos las visitas presidenciales, la gente sabía de ellas por las grandes inserciones pagadas de empresarios, organizaciones, instituciones, partidos, que daban la bienvenida al primer mandatario de la nación. A la gente le habían dejado de interesar estas visitas, eran eventos políticos.

Un día antes, la entrega de identificaciones a los comunicadores para que ingresaran al recinto en donde sería la ceremonia, imposible entrar sin el obligado gafete, pretender hacerlo era llevarse empujones por parte de elementos del estado mayor presidencial.

En alguna ocasión se hizo alguna trifulca con grupos que pretendía mostrar alguna pancarta, protestar por algo o presentarle al presidente un documento. Quienes esto hacía, eran silenciados y sacados del recinto, si se lograban colar.

El lugar de la ceremonia era rodeado por tres o más cinturones de seguridad que se colocaban hasta a doscientos metros del evento. Militares y el estado mayor presidencial eran los encargados de los operativos de seguridad, en los que había hasta unidades artilladas que para lo único que servían era para amedrentar a los ciudadanos, que curiosos, veían los desplantes que daban un blindaje excesivo y hacían del lugar un verdadero bunker. Nuca se explicó porqué este exceso de seguridad, a quien se le temía, ni por qué.

Con nuestro salvo conducto lográbamos ingresar al evento, éramos testigos de algo que siempre nos llamó la atención: La clase política en pleno, o no recibir la invitación era mala señal. Con ropa fina de marca, desde el cuello hasta los pies, olores a lociones caras, relojes mínimo de 5 mil pesillos, habría seguramente hasta de cincuenta o cien mil pesos.

Los políticos esperaban al presidente, entre risas, abrazos, comentarios, agendar alguna cita, dejar ir algún comentario mordaz contra algún rival político, moverse de un lado para otro para que lo vieran. Si bien no eran parte de la gran aristocracia política, si eran cortesanos de medio pelo.

Estar muy atentos a la intervención del presidente, no porque fuera importante su discurso,  ni les interesara, sino para estar pendientes en la más mínima pausa para ser los primeros en aplaudirle, si era de pie mejor.

Se llegó a escuchar un grito estridente, “viva mi presidenteeeee”, era Guille, esa señora folclórica de las que hay en todos los estados, arrancaba la risa del presidente. “Gracias Guille, que bueno que nos acompañas”, le llegamos a escuchar a un presidente, en un ensayo mejor sincronizado que el de un tenor con la sinfónica antes de la presentación.

Los asistentes celebraban con particular algarabía la puntada de Guille y la mención del presidente, en alguna ocasión escuché a un político decir, “que humano es el señor presidente”, lo decía fuerte para que lo escucharan. En estos eventos el gran ausente era el pueblo que ni falta hacía.

La historia cambió, ahora, la gente que está en contra del presidente llega hasta unos metros de él para increparlo, sin que sean macaneados, estrujados, pateados, y en algunas ocasiones conducidos a algún separo policiaco donde los retenían algunas horas, quizá uno o dos días por la afrenta cometida.

Hoy, los defensores del presidente es el mismo pueblo, que se enfrentan con los opositores y se dan sus cachetadas, así es la democracia, la libertad de expresión y los nuevos tiempos. O no.

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