Opinión | Educación con perspectiva de género

Año de reflexiones, movimientos y transformación de nuestro pensamiento y cotidianeidad, ha sido este 2020 que se percibe no sólo por la pandemia global, sino también por la participación cada día mayor de mujeres que han avivado el movimiento feminista, una lucha que ha dejado al descubierto las profundas desigualdades provocadas en los escenarios educativos por una jerarquización de género; hecho histórico que implica la dominación de lo masculino sobre lo femenino.

Estos sucesos, a pesar de las controversias e incomodidades que ha generado, también han abierto un nuevo panorama de posibilidades para comprender, hoy más que nunca, cómo los roles de género clásicos no afectan exclusivamente a las mujeres, sino también a los hombres; esto no implica necesariamente que debamos adjuntarnos a la lucha feminista, significa que debemos de respetar la lucha de las mujeres y replantear nuestra masculinidad.

En el mes de noviembre, desde diversos conversatorios, se desarrolló el tema de las nuevas masculinidades, una propuesta sobre la eliminación de la violencia de género y de los mitos en torno a los roles clásicos que debe cumplir el hombre, que la idea tradicional que se tiene de él ya no sirve, es caduco y frena toda posibilidad de justicia, equidad e igualdad sustantiva.

Cuando se ha vivido bajo un asignación de roles tan rígida y de manera perpetua, es difícil hacer un trabajo de deconstrucción, entonces, la idea inicial plantea el cuestionamiento de nuestra masculinidad desde los privilegios que se tienen por la simple razón de ser hombres, como el hecho generalizado de no sufrir acoso, el privilegio de tener mayores posibilidades laborales e ingresos económicos, o la facilidad de desprendernos de los cuidados del hogar. Una vez hecha la primera reflexión, podremos formular paulatinamente otras cuestiones del machismo cotidiano (micro machismos) que lejos de dar privilegios se vuelven obstáculos para la vida en común.

¿Cuántas veces nos hemos abstenido de expresar nuestros sentimientos en los momentos difíciles o dolorosos, bajo el dicho de que “los hombres no deben llorar”?, o el evitar ser el centro de atención para aceptar las capacidades de las otras personas; el rechazar la colaboración antes que la competencia; negarse a la empatía por temor a demostrar debilidad, a vernos obligados a cumplir el papel de sustento único del hogar y no apostar por la colaboración y el cuidado familiar; limitar e incluso a rechazar nuestro cuidado físico o las demostraciones de afecto para con los otros por una larga lista de temores, y muchos más elementos que hemos replicado a causa de esta educación hegemónica que nos niega la capacidad de disfrutar plenamente la vida de pareja y familiar.

Y así, desde el hogar, continuamos replicando estos roles de género clásicos que fomentan la violencia, el acoso, la dominación o el privilegio de los hombres por sobre las mujeres, favoreciendo el sometimiento de nuestras niñas y atrofiando los sentires y afectos de nuestros niños.

Por ello, uno de los retos de la educación actual implica, precisamente, dejar de ser y de formar replicadores de estas ideas y prácticas por demás rancias y anacrónicas, que se enseñan y aprenden en el contexto de un país dispar y discriminatorio que se rige por un sistema machista que no es nada neutral y que se disemina en un espacio culturalmente diverso que se encuentra en constante cambio.

La apuesta, entonces, es fomentar la comprensión, el diálogo y la reflexión colectiva que dé voz y lugar a las diferencias mediante la generación de una comunidad responsable, empática, con valores positivos y tolerancia cero hacia a la violencia.

El objetivo aquí, como lo comentamos en su momento, es garantizar un proceso de coeducación en el que se empleen actividades alternativas sin la asignación rígida de roles de género, que reconozca todos los puntos de vista mediante la generación de  acuerdos y ambientes que estimulen el pensamiento crítico de la niñez, no sin antes hacer la auto reflexión necesaria que nos permita reconocer nuestros privilegios y carencias, y luchar, de manera conjunta, por las nuevas masculinidades que permitan liberar a la infancia de los viejos cánones, generar con ella una consciencia y un futuro más sano, equitativo y justo.

Es urgente que la SEP establezca metas y entregue resultados favorables en el egreso del nivel básico de las regiones con mayor prevalencia de marginalidad y población indígenas; la interseccionalidad muestra que quienes sufren múltiples formas de discriminación suman a su condición de mujer (en especial niñas y adolescentes), el vivir en pobreza extrema, ser de población indígena y carecer de educación elemental.

Necesitamos también intencionar con los gobiernos de los estados y municipios el priorizar la incorporación de las mujeres al nivel medio superior y superior; tenemos grandes diferencias regionales en la matriculación de mujeres y hombres, y sabemos que en el bachillerato son ellas, en su mayoría, que se encuentran en el abandono escolar, señalando que las razones principales son la ausencia de apoyos económicos y programas de prevención del embarazo en adolescentes, por lo que se requieren políticas dirigidas a paliar estas situaciones.

Igualmente, es urgente iniciar, continuar y fortalecer la deconstrucción de nuestros maestros y maestras, usando un lenguaje incluyente y libre de violencia. Es con un fuerte impulso por recuperar en la población escolar y entre los padres de familia que la educación construye ciudadanía, como nos abre la visión de nuestros derechos y libera la imaginación por una vida distinta y mejor. Es una cruzada para alfabetizarnos con perspectiva de género.

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