Opinión | El juicio de la historia

Cassio y Bruto promovieron y encabezaron el ataque de poco más de dos decenas de senadores que terminó en el asesinato de Julio César. Por esa razón, Dante los coloca en el círculo más profundo del infierno, en donde se encuentran los traidores. Comparten espacio, en ese lugar de eterno hielo, con Judas. Cassio y Bruto no actuaron solos, sino impulsados por Catón (el joven), quien ha sido por mucho tiempo una especie de ícono de la libertad. Presumía de ser austero, aunque en realidad era más bien necio. Odiaba a César, y por ello se unió a Pompeyo en esa guerra civil en que fueron derrotados. Prefirió el suicido a la humillación de ser perdonado por César. Ni Catón, ni Cassio, ni Bruto defendían una República Romana que, en los hechos, había desaparecido décadas antes, aplastada por Mario y Sila. Encabezaban una facción, hacían política, y en esos años, el derrotado lo perdía todo, como ellos. Su suerte histórica, sin embargo, no es clara. Por momentos son traidores dignos de lo más profundo del infierno, por momentos son sinónimo de libertad.

Nicolás Bravo, Hermenegildo Galeana y Vicente Guerrero eran caciques de la Tierra Caliente. Contrabandistas y usureros, les tocó en suerte participar en la rebelión de Morelos, más defendiendo sus privilegios que buscando algún destino nacional. No es fácil encontrarle virtudes a Guerrero, pero sí defectos: desde su negociación con Iturbide, si así se quiere, hasta su levantamiento en contra de la primera democracia en México. No obstante, se encuentra en el panteón cívico, y en este año se le celebra de forma especial.

Hace casi 70 años, Fidel Castro intentó una rebelión armada. Fracasó, y prácticamente todos sus compañeros murieron en el ataque al Cuartel Moncada. Él no, gracias a los contactos de su entonces esposa, a la que pronto abandonaría. Tuvo la oportunidad de ser juzgado; afirmó: “La historia me absolverá”. Gozó de una amnistía, de un breve exilio en México en donde obtuvo apoyo desde el gobierno mexicano, y pudo regresar a Cuba para encabezar un movimiento que obtendría el triunfo. Nunca más abandonó el poder. Para ello, destruyó al país más adelantado de la época en esta región. Hoy, sin embargo, sigue gozando de un amplio número de defensores.

Las religiones, en ese afán de evadir la segura muerte que todos tendremos, han construido creencias de otras dimensiones, otros mundos u otras existencias. En ellas se incorpora esa justicia que no vemos a nuestro alrededor, pero que ansiamos. Los malos reencarnarán en animales inferiores, o acabarán en la Gehena o el infierno. Los buenos, en cambio, avanzarán hacia la iluminación, la divinidad, el paraíso. Cuando las religiones empezaron a perder fuerza en Occidente, se nos hizo fácil trasladar esos premios y castigos del panteón divino al cívico: ya no es algún dios el que nos juzga, sino la historia.

Por eso le ofrezco tres ejemplos, de la antigüedad, del siglo XIX mexicano, de la mitología reciente, para ilustrar por qué no debe esperarse el ‘juicio de la historia’. A casi 2 mil 100 años de distancia, Cassio, Bruto y Catón no han sido juzgados, o lo han sido en dos tribunales diferentes, uno en el que son absueltos y condenados en el otro. Guerrero goza de una memoria que no merece, mientras Miramón se pudre en un infierno que no le corresponde. Fidel, como el Cid, sigue luchando después de muerto por la absolución.

No espere usted entonces que sea la historia la que juzgue. Piense, reflexione, juzgue y actúe usted mismo. Como dice aquel viejo cuento: “En vida, hermano. En vida”.

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