Opinión | El espejo

Resplandor entre rejas XXXV 

Otro día más me levanto. Piso el suelo, aunque no del todo; pasa el tiempo lento, mi cuerpo sigue atrapado.

Misma rutina una y otra vez.

Al costado de mi puerta un espejo en el cual no me veo desde hace un mes; sólo en el mismo lugar lo dejo y así pasan los días, las noches; minutos se convierten en horas al no ver en mi modas.

Y así sigo sin ver mi reflejo, sin contemplar mi aspecto.

Hoy estoy frente al espejo ¿Y qué veo, a quién veo? Hoy estoy yo, me observo, lo que veo no me gusta; un poco me turba, la verdad me asusta.

Veo a través de mis ojos lo pasado que se refleja en tristeza; mi rostro afligido, marchito que refleja cada una de mis agonías.

Miro más profundo mi interior y ahí está, esa escena con mamá, su arrogancia, su valemadrismo y comienza a correr imágenes en mi cabeza; corren por mi mejilla lágrimas, aprieto mis labios, ya no puedo más.

Se me escapan grandes suspiros, tiemblan mis piernas, mis manos pierden fuerza, me quedo en tinieblas, me invade la tristeza.

El espejo ha ganado otra batalla. De nuevo ha salido victorioso. Pero hoy ya estoy harta, será la última vez que se sienta glorioso. Hoy me sacudo los fantasmas; cambio mi aspecto, peino mi cabello, maquillo mi rostro, quito las penas.

Me río frente al espejo y le digo ¡Hoy gané yo!

Ahora vivo en guerra fría con el espejo ya vencido; al verme siento alegría, mi reflejo no está perdido.

Y tú, ¿Sigues en guerra con él, o le has dado la tregua?

CABALGANDO

Yo era un niño que tenía nueve años cuando empezó mi amor a los caballos; cuando comencé a montarlos aunque a mi mamá no le gustaban porque decía que son muy peligrosos. Pero siempre existen los papás que entienden a los hijos y mi papá hizo lo que pudo para comprarme un potro que, con el tiempo, lo fui haciendo a mi manera. 

Con ese caballo empecé a cabalgar y a cuidar ganado. Mi diversión era ayudarles a mis amigos a cuidar sus caballos y de ahí aprendí un poco más para cuidar el mío.

Todos los sábados y domingos salíamos en los caballos y aprovechábamos para tomar vino, el mentado “matarratas” o también cerveza… Eso nunca faltaba cuando paseábamos; lamentablemente en una de esas ocasiones fue cuando planeamos todo para secuestrar a aquel chico, al que tuvimos que matar porque nos vio los rostros aunque hayan pagado el dinero que les pedimos a sus familiares.

Ahora me arrepiento de todo… De estar aquí por la maldita ambición de tener más de lo que tenía en mi casa. Me arrepiento de no haber hecho caso de lo que me decían mis padres y aquel amigo que tantas veces me dijo que con quienes andaba no eran buenas compañías.

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