Opinión | En la eternidad

Juan Ángel Chávez Ramírez

Cuando somos niños nos inculcan la fe, la devoción y la creencia en un Ser Superior que tiene trazado nuestro destino, nos protege y nos libra de todo mal.

Somos bautizados, vamos a la doctrina y hacemos la primera comunión, siempre imbuidos del temor al pecado y de la existencia de la vida eterna y paradisiaca si nuestro paso por el mundo de los vivos ha sido respetuoso de los mandatos de la religión.

Crecemos resistiendo, a veces sin mucho éxito, los agobios de los pecados de la gula, la lujuria, la pereza, la envidia, la ira, la soberbia y la avaricia.

Luchamos a lo largo de la vida por ceñirnos a los preceptos de la humildad, la caridad, la castidad, la gratitud, la templanza, la paciencia y la diligencia, pero, como en aquellos, muchas veces caemos derrotados por las limitaciones de nuestra naturaleza humana.

Llega el matrimonio y con el una cauda de posibilidades de no incurrir en la transgresión de los mandamientos divinos, porque la convivencia con la pareja y el advenimiento de los hijos fortalecen la necesidad inmanente de creer en Dios, de vivir razonablemente en concordancia con los valores que nos abrirán las puertas del paraíso cuando nuestra vida terrenal termine.

Pero esa concepción teológica de la vida en santidad y su continuación en otro plano, se enfrenta dolorosamente con una realidad prosaica y lastimosa, cotidiana y plagada de trances amargos que nos hacen dudar de la protección divina y de la justicia superior que nos promete la religión, en este caso la religión católica.

El más traumático de esos pasajes es la muerte, pero no la nuestra, es la muerte de aquellos a quienes hemos amado o nos han amado. Esas desgarraduras nos sumen en la tristeza y en la inconformidad doliente.

Es entonces que elevamos el dolor y la queja al único destinatario posible, a Él.

¿Por qué nos has abandonado? ¿Por qué nos castigas de esta forma?

Cuando la melancolía nos lo permite o el tiempo atempera la pena, simplemente nos decimos: que se haga la voluntad de Dios. Pero indefectiblemente el hueco queda ahí, el sentimiento de pérdida se vuelve infinito e incontestable.

El tiempo, ese inexorable curador de dolencias, trae consigo también la luminosidad del entendimiento y disipa las dudas existenciales acerca de la muerte.

Eso, y la certera convicción de que cada día que pasa tenemos un día menos de vida, nos conduce a la reconciliación con el ideal de la vida eterna y a mirar de frente un suceso inevitable: nuestra propia muerte, el abandono de la existencia terrenal.

Quienes, como yo, han sufrido la partida de los padres, de hermanas y hermanos, de amigos entrañables que fueron como hermanos, de seres que alimentaron de amor infinito nuestro humano devenir, comenzamos a reflexionar sobre la vida después de la muerte.

¿Y si en verdad existe el paraíso al que irán las almas después de abandonar el mundo de los vivos?

¿Y si hay un paraíso en el que el Señor nos hará reposar y gozar de la inefable eternidad?

¿Y si, ciertamente, podemos aspirar a la resurrección de los muertos y al perdón de los pecados?

La visión de una vida posterior, ignota y sombría, desaparece y nos deja en su lugar la imagen de los idos apacentando en los verdes prados espirituales prometidos por el Creador.

Veo a mis padres encontrándose en la placidez amorosa, lejanos de la dureza que la vida terrena les impuso, disfrutando ahora el calor de los siete hijos e hijas que se fueron antes y después de ellos, liberados ya de los yugos de la realidad compleja que les tocó vivir y prodigándose el cariño que no pudieron regalarse vivos.

Descubro a mis amigos; a Oscar Días Quiñones y Pepe Comesse, entablando los diálogos que la muerte temprana les impidió, pero que surgirían de la similitud de sus caracteres y temperamentos fuertes. Por allá andarían mis compadres Joel Quiroga y Arturo González, el Gato, riendo a carcajadas, como siempre optimistas y relajados, mientras salen alborozados al encuentro de mi compadre Arturo Favela, recién llegado, para dar inicio a la bohemia cantadora que ellos disfrutaban como nadie. En otro espacio estelar, Anselmo Flores emplaza al flaco García Márquez para compartir sus experiencias de deportistas de alto rendimiento y su personalidad discreta y analítica.

Mis amigos de la época madura se reúnen también en esa estampa celestial; la mesa de siempre, poblada de discusiones y opiniones, llena de sabiduría y bonhomía; mi compadre Rigoberto Franco, el maestro; Carlitos López Portillo, el inflexible; Nacho Villarreal, el ingenio sutil y respetuoso; González Santacruz y Leodegario, los políticos; Memo Madrazo, el negociante; José Miguel Ruiseñor, la tranquilidad imperturbable.

En mi visión casi onírica del paraíso edénico, veo a mis compadres Memo Rodríguez y Luis Sergio Soto intercambiando ideas literarias, vivencias de su barrio y del tránsito que compartieron en muchos ámbitos políticos y culturales.

Encuentro a Juan de Dios Castro y su docta disertación, plena de sabiduría y emoción, desplegando la amistad sin orillas y la rectitud que marcaron su paso por la vida, contemporizando con mi compadre Enrique Arrieta, con Eleazar Gamboa y con mi consuegro José Cruz Arreola, con quienes seguramente prolongaría el afecto que se dispensan solo aquellos que coinciden en la serenidad, la sapiencia y la honestidad como normas de vida.

La imaginación de una vida posterior a la muerte, así concebida, ahuyenta el temor a lo desconocido. Si todos los aquí referidos, y muchos más afectos similares que perdimos, ya están del otro lado de la cortina y ya saben lo que nosotros ignoramos, porque solo Dios y los muertos lo saben todo, ¿por qué no esperar sin angustias el momento en que nosotros mismos dilucidemos el enigma?

Sinceramente, no me desagrada la esperanza de encontrarme en el más allá a todos y todas a quienes quise en vida y sigo queriendo en el recuerdo.

Será por que ya me hice viejo y porque ahora hay más nostalgia por los que se fueron, por su ausencia y por el vacío que nos dejan.

Será por eso, o porque como dicen los verdaderos creyentes: los planes de Dios son perfectos y exactos sus designios.

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