Opinión | Girones de mi infancia

Salgamos un poco del denso escenario político. El futuro de los chicos de familias pobres de mi tiempo, (mi familia sigue siendo de escasos recursos, nada comparado con el de mis tiempos de infancia, a Dios Gracias) era integrarse a la vida productiva siguiendo la actividad de los mayores, qué en mi caso, eran mis primos y mi tío.

Así, quizá en tercer año de primaria, mi Tío Elías, mejor conocido en el mercado como “El Flaco Elías”, un día me llevo con un señor que le decían “El Campoche”, solo le dijo, hay te lo dejo, y así empecé mi aventura.

El “Campoche” me presto un mandil, me dijo, te voy a poner “tres manos” de limones, los das a cinco por un peso, te ganas veinte centavos en cada dos manos que vendas. Una mano era diez limones, cinco en cada mano. Y que les digo, le pregunté: tú diles, “limones pal caldo” o “pal agua fresca”, o lo que se te ocurra, hay vas aprendiendo, y me fui a vender.

Así fue mi primera incursión en el mercado. La venta era de las nueve de la mañana a la una de la tarde, en ese tiempo, me ganaba un peso y veces dos, contento se los llevaba a mi madre.

Luego me llevó mi primo Juan, en el mercado le llamaban “El Hermano Juan”, él ponía fruterías, les vendía a los plataformeros, allí había más movimiento. Conocí a varios personajes que llevaban mercancía a sus fruterías de barrio: “El Charro”, tenía frutería en la esquina de la calle Colón y Matamoros, frente a la plaza de las víboras en el barrio de Tierra Blanca. El “Zarco”, tenía su frutería en el barrio de Analco, por Belisario Domínguez casi esquina con Juan E. García, “La coneja y el Titis”, eran plataformeros, o “El Mexicano”,   famoso por le venta de piñatas en miniatura.

Para mí, era muy divertido, pasé desde pelar la cebolla para que se viera bonita, o estar con mi aparador vendiendo rebanadas de sandía, me picaban mucho las abejas, recuerdo. Una semana antes del doce de diciembre mi primo Juan compraba un camión de cañas que venían de Culiacán.

Así, en la fiesta guadalupana, cambiaba el escenario, nos íbamos al Santuario a vender cañas. En la mañana a quitarles las hojas llenas de “alhuates”, unas pequeñas espinitas que se le metían a uno en todo el cuerpo, por la tarde, a vender a los guadalupanos que visitaban a la Morena del Tepeyac.

Para mí, era muy folclórico, aparte de la chinga, claro. Por la tarde, hora de pegar gritos ofertando nuestras cañas, para ello, se usaban diferentes pregones como: “cañaaasss y no varañaaas, compre sus cañaaasss. O también, “Cañas del Jaral del Valle de las que sembró mi abuelo, lleve sus cañaaaaassss”. Va otro pregón, “Cañas gruesas pa que le pegue al viejo, lleve sus cañaaasss”. Era bueno para gritar, mi voz de niño llamaba la atención, se acercaban a comprarme.

Otro escenario era el dos de noviembre, en la romería del Panteón de Oriente, se repetían las costumbres de venta, con la diferencia que allí hacíamos atados de cempoales o flor de muerto. Por supuesto, también se vendían cacahuates, tejocotes, naranjas etc.

Mi primo Juan también puso fruterías en barrios. Allí aprendí otras cosas que después se me olvidaron. Eran casas con corrales en donde criaba cerdos, luego los mataba y vendía carnitas, manteca, longaniza etc. Me enseñé un poco a su preparación.

También hacíamos tornachiles, en frasco bien cerrados, se les pone Zanahoria, Membrillo, calabacita, cebolla, ajo, orégano, y otras cosas que se me olvidaron. También a preparar cubierto de calabaza: sancocharlos, picarlos con un tenedor para que se penetren, ponerlos en cal, luego en el caso con la azúcar hasta que el dulce dé el “punto”. Hoy les comparto estas vivencias de niño feliz, la pobreza, ni la sentía. O no.

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