Opinión | Homenaje a Héctor Mayagoitia Domínguez

Juan Ángel Chávez Ramírez

El próximo mes de enero cumplirá 100 años de edad, pero sigue activo como responsable de la Coordinación de Sustentabilidad de su alma mater el IPN, cargo que ejerce con la prestancia y eficacia que le caracterizan.

Su formación inicia propiamente con su incorporación al Internado Mixto para Hijos de Trabajadores de Ciudad Lerdo, uno de los planteles creados en el marco de la reforma educativa emprendida por Lázaro Cárdenas en 1934 y en el que coincidió con María Luisa Prado, que pasado el tiempo se convertiría en su esposa.

Continuó sus estudios de educación media superior y profesionales en el IPN, institución rectora de la educación técnica y del desarrollo tecnológico desde su nacimiento en 1936, de la que egresó con el título de químico parasitólogo y bacteriólogo, para luego obtener su doctorado en química de suelos por la Universidad de Rutgers.

Hace unos días el INAP le rindió un merecido homenaje en Los Pinos, en unión con Ifigenia Martínez, receptora de la Medalla de Honor Belisario Domínguez, destacada economista y política, impulsora del movimiento que sacudió la política nacional en 1988, junto a otros personajes como Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo.

Hacer un recuento de la carrera de Mayagoitia en el sector público mexicano sería una tarea colosal, pero existen testimonios escritos, informes y documentos abundantes que dan fe de sus contribuciones a la educación, a la política y a la buena gobernanza de las instituciones nacionales y estatales que han estado bajo la responsabilidad de Don Héctor.

Existe también una gruesa biografía sobre Mayagoitia, editada por el gobierno local durante la gestión de Sergio Guerrero Mier, que da cuenta de su obra de gobierno en el período de 1974 a 1979 y sus antecedentes productivos como poderoso subsecretario de Educación Media Técnica y Superior, particularmente referidos al fortalecimiento del sistema de centros de educación agropecuaria y técnica, que en Durango vivieron una época esplendida de crecimiento y desarrollo.

En este tiempo de confusiones ideológicas y de satanización del conocimiento, Mayagoitia es un ejemplo paradigmático de lo que debe entenderse por servicio público, donde deben coincidir la capacidad, la ética, el sentido de responsabilidad y, sobre todo, la honestidad, sea personal o intelectual.

Dentro del cúmulo de experiencias y enseñanzas que deja la carrera pública de Don Héctor -bien sea en la educación, la política, la investigación o la administración-, hay algunas que deben resaltarse.

Es un servidor público forjado en la fragua del estado laico y nacionalista, ajeno a las tentaciones de la riqueza súbita y degradante, dispuesto a rectificar cuando hay evidencia de mejores soluciones que las suyas, con la humildad necesaria para reconocer el trabajo de otros y no aprovecharse de sus méritos, como si fueran propios.

Yo puedo avalar, sin ninguna duda, su honradez acrisolada. Durante seis años que fui su secretario particular en CONACyT, me tocó hacer sus declaraciones patrimoniales -que nacieron en el marco de la renovación moral proclamada por Miguel de la Madrid-, y afirmó que nunca hubo ni propiedades ocultas, ni inversiones o depósitos bancarios soterrados, como lamentablemente se ha vuelto práctica inveterada entre gobernantes y políticos de toda laya en la actualidad.

Esto, para una persona que ha sido subsecretario de Educación, cuando esa dependencia tenía una estructura y un presupuesto impresionante; que fue director de una gran institución como el IPN, con más de 250 mil estudiantes, 12 mil profesores y 15 mil trabajadores; que gobernó un estado durante casi seis años; que tuvo a su cargo durante un sexenio el presupuesto para Ciencia y Tecnología de todas las dependencias federales, que fue senador de la República y que, aun a estas alturas, vive honrosamente de su sueldo y su pensión de jubilado, es uno de los mayores timbres de orgullo a que puede aspirar un servidor público que se respete.

De su honestidad intelectual guardó muchas vivencias, pero hay una que no le ha sido reconocida cabalmente.

Apenas unos días después de asumir la gubernatura en 1974, los representantes del Consejo Universitario de la UJED se presentaron ante él para solicitarle que nombrara al rector universitario de entre la terna que le entregaban. El gobernador pidió unos días para resolver. Me dijo, es que yo no quiero nombrar al rector, se trata de una universidad autónoma y ese acto corresponde a su libre decisión. Enterado de que así lo disponía la ley orgánica de la institución, preguntó ¿y entonces como le hacemos?

Pues solo con una reforma legislativa a la ley orgánica que modifique ese mecanismo, le contestamos.

¿Y qué esperamos?

Unos días después de ese mes de diciembre, la ley se modificó y Mayagoitia regresó a la UJED la facultad de nombrar a su rector, sin ninguna intervención externa.

Cuando Mayagoitia dejó la gubernatura, la deuda pública de Durango, reconocida incluso por Don Salvador Gámiz, su sustituto, fue de 400 millones de los viejos pesos. Ese monto se pudo defender de todos los cuestionamientos gracias a la claridad y transparencia de las cuentas entregadas por el gobernador Mayagoitia.

A 43 años de ese episodio, ese pasaje sigue siendo un ejemplo para la actualidad. Como dice el poeta: “Hay plumajes que cruzan el pantano y no se manchan”, el de Mayagoitia es de esos.

Puedes comentar con Facebook
Anuncios
Total
3
Shares
Related Posts
Nota Completa

Observatorio ciudadano

Por Juan Pablo Arreola Torres   Nosotros a cuidarnos, consulta, después… Lo primordial es nuestra salud y la…