Opinión | Ignorancia o maldad

Juan Ángel Chávez Ramírez

El presidente López Obrador abusa en extremo de la victoria electoral que le dieron 30 millones de votantes. Nadie discute ni pone en duda la legitimidad de su mandato, pero eso no lo autoriza a erigirse en la encarnación personal del “pueblo”, como le complace hacerlo a la menor provocación.

¿Y los otros cien millones de mexicanos que aún no votan o que no votamos por él?

¿Nosotros no somos pueblo? ¿o somos otro pueblo al que no le gusta ni le beneficia su particular modo de “gobernar”?

No hay un día desde hace cuatro años en que no salga con alguna barbaridad o con un nuevo sketch mañanero en la carpa en que ha convertido el otrora respetable palacio nacional.

¿De verdad alguien creerá que ese pueblo de cien millones de personas que no votamos por él merecemos un gobierno y un gobernante de estas calidades?

Tal vez López Obrador piense, en su fuero interno, que si fuimos capaces de soportar casi sin chistar las corruptelas y desatinos presidenciales de priistas y panistas en los sexenios recientes, ahora debemos pagar nuestras culpas de omisión soportando a un gobernante egocéntrico, folclórico, excéntrico y voluntarista, pero absolutamente impreparado para la función pública y para el arte de gobernar.

Emprender, en nombre del beneficio del pueblo, “su pueblo”, obras faraónicas e innecesarias, como un tren maya que no llegará a ningun lado, desoyendo las opiniones de los ambientalistas, haciendo caso omiso de las normativas regulatorias, que ha destruido ya y seguirá destruyendo selvas y reservas de la biosfera irrecuperables, es demencial e irresponsable en extremo.

Y qué tal su proyecto de Dos Bocas, una refinería construida en el lugar menos propicio (pero en su tierra); a contracorriente de la angustia mundial por el calentamiento global y cuando ha adquirido otra refinería en territorio gringo, bastante más barata y redituable que el sueño de AMLO, que más bien parece cuatro bocas por que se ha engullido un presupuesto que cada día aumenta más y más, sin producir un solo litro de gasolina. Ah, pero eso sí, ya fue inaugurada.

Las reservas económicas que le dejaron se las acabó en subsidios asistenciales, que tienen más pretensiones electorales que aspiraciones de justicia social; en “universidades “patito” que van a producir miles o millones de jóvenes frustrados, sin trabajo y con nula preparación en plena era del conocimiento. Lo mismo pasó con los fondos derivados de la cancelación de los fideicomisos y con las rasuradas inclementes a programas federales y fondos fiscales especiales de apoyo a estados y municipios.

El dispendio del gobierno de López Obrador no tiene llenadera.

Además del costo descomunal por la cancelación y destrucción del aeropuerto de Texcoco, que iba a ser orgullo de la aviación mundial y ejemplo de conectividad aérea, se empeñó en construir en la base militar de Santa Lucía un aeropuerto lejano, sin conectividad, que a la fecha tiene muchos menos vuelos que, por ejemplo, el de Durango.

Todo en nombre y beneficio del “pueblo”, ese que junto con este otro pueblo del que formamos parte usted y yo, sufre ahora las consecuencias de una inflación creciente y de una economía que nomás no crece.

Pero el presidente dice que gobernar no tiene ciencia.

A eso obedece, seguramente, que se empeñe en desdeñar los llamados de los países que con México integran el TMEC para que rectifique las prácticas monopólicas que pretende imponer a favor de la CFE y de PEMEX, argumentando posturas anacrónicas de soberanía y libertad nacional, sin entender la naturaleza convencional contenida en ese compromiso que tiene rango constitucional.

Que la SCJN halla votado por siete a cuatro la inconstitucionalidad de la reforma eléctrica que promovió AMLO, no la vuelve constitucional. Hasta un estudiante de derecho sabe que los juicios de amparo que se lleguen a presentar contra actos derivados de esa ley serán fácilmente concedidos a favor de los promoventes.

El problema es que si se llega al panel de resolución de controversias es muy posible la imposición de severas sanciones que afectarán la de por sí golpeada economía nacional. ¿De eso responderá el presidente o seguirá culpando a Calderón y al neoliberalismo?

Nuevos ejemplos de ignorancia o mala intención, todos los días: que la Guardia Nacional pasará completa al ejercito por reforma a la ley o al reglamento de la administración pública, dice el presidente. ¿Y el artículo 21 constitucional que ordena su carácter civil y su adscripción a la SSP?

Claro, como el presidente dice que gobernar no tiene ciencia, pos pa´qué necesita leer la constitución y lo que esta impone.

Pero eso no le quita tiempo ni talento al presidente para proponerle a la ONU una metodología para evitar las guerras, que importa que mientras tanto 10 mineros permanezcan sepultados en una mina de carbón en Sabinas, sin que ninguna autoridad atine a hacer algo más que declaraciones y aglomeración de maquinas y soldados que van y vienen, sacando agua del pozo y diciendo que, ahora sí, en unos días se iniciará el rescate.

Día tras día, mentira tras mentira, transcurre el tiempo, cada vez más escaso, de un gobernante que no gobierna; de un gobernante que juega con sus intereses electorales y con el presente y el futuro de su “pueblo bueno”; de un gobernante que emplea las necesidades presupuestales de estados y municipios para someterlos a sus dictados.

Al resto de los mexicanos simplemente nos asalta la duda: ¿ignorancia o maldad presidencial?

 

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