Opinión | Inesperada noche de bohemia

Era por ahí de julio-agosto de 1984. Nuestros compadres Lucero y Manuel, provenientes de Guadalajara, nos visitaban efímeramente de paso a la ciudad de Dallas Fort Worth, a donde volarían muy temprano a la mañana siguiente.

Se hospedarían esa noche en nuestra casa de San Jerónimo y les propusimos salir a cenar juntos. Los compadres aceptaron de buen grado, pero condicionaron a que asistiéramos a un lugar tranquilo, de preferencia con música viva, suave, y propicia para una velada tempranera y plácida.

Tenían cierta razón, porque su más reciente visita a nosotros -y consecuente salida a cenar- había terminado en una trepidante noche de juerga en el Rincón Gaucho, a donde habían llegado después de su última función en el teatro Insurgentes, Ignacio López Tarso, Ofelia Guilmain y Wolf Rubinski y su hija, entre otros. En tanto, a nuestra mesa se había sumado, después de un corto intercambio de copas de cortesía, el entonces embajador de México en Noruega, que cenaba en el mismo restaurant y a quien había conocido días atrás en mi oficina del CONACYT.

El hecho es que, como previamente habíamos sido advertidos de que el local estaba por cerrar, el simpatiquísimo Rubinski -propietario del lugar y extraordinario prestidigitador-, nos invitó a su mesa como una deferencia con el embajador y allá fuimos a dar.

Aquello terminó, como antes dije, en una parranda de pronóstico reservado, que luego “asustó” a los compadres y les convenció de sugerirnos concurrir esa noche a un sitio menos turbulento.

Atendí la recomendación de mis compadres y encontré un lugar apropiado; buena comida yucateca, música de trío, y ambiente familiar (así se anunciaba).

Llegamos, nos instalamos, y vimos que el restaurant era agradable, muy amplio, dotado de un pequeño escenario, pero estaba casi vacío, solo unas cuantas mesas ocupadas, todo lo cual nos vino de perlas.

Apenas tomábamos los primeros  tragos, cuando un ligero alborozo nos hizo voltear hacia la entrada. Se trataba de un par de personajes bien conocidos de los amantes de la buena música romántica, Luís Demetrio…y Armando Manzanero, ¡ni más ni menos!

Habíamos tomado una mesa de pista y hacia ese rumbo se dirigieron los recién llegados. Al acercarse a nuestra mesa, Luís Demetrio abrió los brazos y, con una gran sonrisa en su rostro, exclama: “- ¡Maestro-!” y se me deja venir en un abrazo que medio me sofocó de tan vigoroso.

Yo, desconcertado, lo único que atiné a hacer fue susurrarle al oído: “-la puerta se cerró detrás de ti- “, frase de su emblemática canción del mismo nombre.

“-Ahorita la cantamos Maestro, esa y muchas más- “, me gritó Demetrio mientras se acomodaban en su mesa.

No pos por menos que eso era obligado enviarles unas copas y así lo hicimos. A esos tragos siguieron los de allá pa´acá y sucedió lo inesperado, Manzanero y Demetrio se pasaron a nuestra mesa y comenzamos una bohemia de ensueño.

Resulta que nuestros personajes acudían esa noche al restaurant porque debutaban como variedad sus paisanos y amigos del trío Los Montejo, así que la actuación de estos famosos trovadores yucatecos la dedicaron íntegra a nuestra mesa, a la que se agregaron después de sus dos shows.

No me alcanza la memoria sensorial para describir aquellos momentos inenarrables. De pronto nos sentimos yucatecos y románticos hasta la médula, la trova tradicional en todo su esplendor, los Montejo acompañando a Luis Demetrio y Armando Manzanero en canciones de Guty Cárdenas, de Palmerín o de Pastor Cervera; aquellos interpretando sus melodías conocidas como La Puerta, Si Dios me quita la vida, Adoro, Esta tarde vi llover y las desconocidas, las que solamente se cantan para los amigos, y todos, absolutamente todos, ebrios de música, de romance, de bohemia.

A mis compadres les valió madres que tuviéramos que salir de madrugada al aeropuerto, con el tiempo justo para que abordaran su avión a Dallas.

A mí, por supuesto, no me importó el cuentón que hube de pagar por las viandas y las consumiciones etílicas de que dimos cuenta esa noche, de bohemia inesperada, pero siempre me quedó la espinita, ¿con quien me confundiría don Luis Demetrio en dicha ocasión? O lo que sería peor, ¿no sería un truco, propio de quienes se las ingenian para no pagar la cuenta?

Como haya sido, valió mucho la pena… ¡y con qué placer lo hubiera repetido si se me hubiera presentado la oportunidad!

QEPD, ahora juntos de nuevo, ese par de ilustres trovadores.

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