Opinión | IV Domingo de Adviento

El “SI” de Maria

Lc 1, 26-38

Queridos hermanos, estamos en la antesala de la Navidad, hoy la Palabra de Dios, nos presenta una promesa y una condición para que esta se realice.

La Promesa

En la primera lectura se presenta al rey David que al final de numerosas aventuras, se ha convertido en rey del Norte y del Sur, de Israel y Judá. Ha conquistado una ciudad, Jebús (Jerusalén) que le servirá de capital. Se ha construido un palacio. Y ahí es donde comienzan los problemas. Mientras se aloja cómodamente en sus salas, le avergüenza ver que el arca de Dios, símbolo de la presencia del Señor, está al aire libre, protegida por una simple tienda de campaña. Decide entonces construirle una casa, un templo. El profeta Natán está de acuerdo. Pero Dios, no. El Señor Dios de Israel será quien le construya a David una casa, una dinastía. A su heredero lo tratará como un padre a su hijo. «Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí, y tu trono será estable eternamente».

En esta antigua promesa se basa la esperanza mesiánica. Vendrán crisis políticas, morirán reyes judíos asesinados, terminará desapareciendo la monarquía cuando los babilonios deporten a los últimos reyes. Pero algunos grupos siempre mantendrán la certeza de que Dios no ha abandonado a David y le suscitará un descendiente, concebido con rasgos cada vez más grandiosos.

Fe, la condición para la realización de la Promesa.

En el Evangelio hemos escuchado el pasaje conocido como la Anunciación. Este relato tan peculiar anuncia la realización de aquella promesa hecha a David, cuando el ángel menciona: «el niño que concebirás, será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David su padre, y Él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin».

Este anuncio suena imposible humanamente hablando, de allí la pregunta de María: ¿Cómo podrá ser esto posible?

Así son las cosas de Dios, humanamente imposibles, no se tienen total claridad, siempre hay algo de incertidumbre, y esto no para robarnos la paz y caer en el desánimo, sino para dar paso a la confianza en Dios, se necesita fe para que las promesas de Dios se realicen.

María no alcanza a entender la propuesta de Dios, pero desde la Fe en El , pudo decir: Cúmplase en mí lo que has dicho.

Dios actúa en nuestra historia, pero no como un tirano, Dios desea que nosotros aceptemos su proyecto, el cumplimiento de las Promesas Divinas requieren de nuestra disposición, de nuestro ‘si’ al Señor. Es verdad que habrá dudas y temores, pero la fe hace que podamos abandonarnos a la Providencia Divina.

En la antesala de la Navidad, es necesario que cada uno de nosotros al igual que la Santísima Virgen María, diga: ‘si Señor, que se haga como tú dices’. Es necesario que tengamos fe.

La Fe es el ingrediente necesario para que las Promesas del Señor, lleguen a su cumplimiento. La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor, recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro. La fe, que recibimos de Dios como don sobrenatural, se presenta como luz en el sendero, que orienta nuestro camino en el tiempo. Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, donde su amor se ha manifestado totalmente fiable, capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, y nos lleva más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más amplia comunión. Nos damos cuenta, por tanto, de que la fe no habita en la oscuridad, sino que es luz en nuestras tinieblas.

La luz de la fe no nos lleva a olvidarnos de los sufrimientos del mundo. ¡Cuántos hombres y mujeres de fe han recibido luz de las personas que sufren! San Francisco de Asís, del leproso; la madre Teresa de Calcuta, de sus pobres. Han captado el misterio que se esconde en ellos. Acercándose a ellos, no les han quitado todos sus sufrimientos, ni han podido dar razón cumplida de todos los males que los aquejan. La luz de la fe no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar. Al hombre que sufre, Dios no le da un razonamiento que explique todo, sino que le responde con una presencia que le acompaña, con una historia de bien que se une a toda historia de sufrimiento para abrir en ella un resquicio de luz. En Cristo, Dios mismo ha querido compartir con nosotros este camino y ofrecernos su mirada para darnos luz. Cristo es aquel que, habiendo soportado el dolor, «inició y completa nuestra fe» (Hb 12,2).

Que las fiestas venideras acrecienten nuestra fe, para que cada uno de nosotros demos nuestro ‘si’ al Señor. Amén

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