Opinión | Juan Pablo Arreola Torres; In Memoriam

Por Juan Ángel Chávez Ramírez

En las primeras horas de este nuevo año rindió tributo a la madre tierra Juan Pablo, aquejado por una vieja dolencia que finalmente cobró factura en la vida del conocido compañero de páginas editoriales.

Con la desaparición física de Juan Pablo se va una parte de las historias de una generación de universitarios que irrumpió exitosamente en el ya lejano gobierno de Alejandro Páez Urquidi.

En compañía de destacados jóvenes recién titulados en la entonces ESCA de la UJED, como Juan Emigdio Pérez Olvera, Alfredo Carrasco, Carlos Paz, José Trinidad Ruíz León, Roberto Vázquez, Gabriel Pinedo, Arturo Parra, Alejandro Ibarra, Luís Bermúdez y otros más, Juan Pablo descollaba notoriamente en aquella brillante camada de universitarios incorporados a la administración pública estatal en el área de finanzas.

Arreola Torres fue designado director general de alcoholes, una dependencia que resultaba fundamental para el control del comercio y tránsito de bebidas de contenido alcohólico en el estado, particularmente en una época en que los estados de la república ejercían con amplia libertad su potestad tributaria y, en el caso de Durango, gravaban actividades mercantiles y comerciales, agrícolas, frutícolas, productos del trabajo, propiedad raíz, herencias y legados, etcétera, etcétera, así como una variedad de actos de particulares que generaban derechos a favor de la hacienda pública en calidad de contraprestaciones.

Eran los tiempos en que Durango no vivía, como hoy, a expensas de las migajas presupuestales que le asigna el gobierno federal, como consecuencia de un malhadado sistema nacional de coordinación fiscal nacido hace más de 40 años y que ha devenido en un lamentable instrumento de control y manipulación política de los gobiernos federales en turno.

Eran tiempos en que la eficacia, inteligencia y capacidad de los funcionarios estatales servían para dotar al gobierno local de recursos fiscales propios, suficientes para solventar los requerimientos elementales de la administración.

Ahí es donde refulgían las virtudes profesionales de Juan Pablo y del resto de sus compañeros de generación, honestidad personal y técnica (nadie se enriqueció súbitamente), eficacia y entrega total a su trabajo, imaginación y creatividad, amor por Durango y convicción sincera de trabajar en favor de la ciudadanía.

Al término del gobierno de Páez Urquidi, se avizoraba un futuro exitoso para Juan Pablo en la siguiente administración. Incluso, entre él y Trini Ruíz habían elaborado un ambicioso proyecto de desarrollo municipal al que fui invitado a participar, mismo que se esperaba fuera la puerta de entrada de Arreola en el gobierno de Héctor Mayagoitia.

Extrañamente Juan Pablo no fue convocado al nuevo gobierno.

Después de ese episodio lo perdí de vista, pero supe que se había unido a Sócrates Amado Campos Lemus, un polémico ex líder del movimiento estudiantil del 68, para asesorar al gobierno de Zacatecas y realizar otros proyectos de carácter administrativo.

Nos volvimos a encontrar muchos años después en las páginas de este diario y en la convivencia familiar con su fallecido hermano José Cruz, mi consuegro.

Ya no tenía el fulgor de antaño, que lo hizo ser presidente de la sociedad de alumnos de su facultad, funcionario juvenil y brillante, universitario distinguido y capitán de grupos de innovación, pero conservaba intacto el pulso de la crítica aguda y analítica, que desplegó periódicamente en su columna Observatorio Ciudadano.

Juan Pablo y yo fuimos compañeros de generación en la secundaria del Juárez. El Bigotón, como le conocimos desde esos años juveniles, formaba grupo con otros queridos compañeros como José de Jesús Arreola Rocha (Pueblo Mío), Manuel Macedonio Carrasco Navarrete, Héctor Aguilar Pérez (El Rechoncho), José Luís Cisneros Pérez, Carlos Badillo Soto, Adrián Alanís Quiñones, Antonio Banda Enríquez, Roberto Ransom, José Luís Anaya Santoyo, Jesús Bermúdez Barba, Juan Bravo Campos y muchos otros, con quienes vivimos infinidad de historia de púberes, encaminándonos a la juventud y descubriendo juntos la maravilla de la amistad, solidaridad e igualdad genuinas, esas que nacen de compartir visiones, sueños, y realidades distintas pero complementarias.

Ese culto por la amistad lo prolongó Juan Pablo hasta sus últimos días con sus amigos entrañables, Trini Ruíz, Carlitos Paz, Roberto Vázquez y Héctor Aguilar Pérez, con quienes hermanó por décadas alegría a raudales, lo mismo que pesares, triunfos y caídas, proyectos, consensos y disensos, siempre solidificados por una fraternidad a prueba de todo.

La partida de Juan Pablo Arreola Torres representa una pérdida más en el árbol de la amistad; una hoja más que se desprende de ese follaje de afectos que alguna vez fue frondoso, fresco y gratificante.

Descanse en paz Juan Pablo, ahora en compañía de sus hermanos Paco, muerto prematuramente, y José Cruz fallecido hace un par de años.

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