Opinión | La consulta que no es una consulta

Algo así ocurre en México hoy:

El avión presidencial no es avión: ni vuela ni transporta a nadie. Es un ornamento, un desperdicio, un símbolo (del exceso de ayer, del empecinamiento de hoy); en todo caso, no flota, pesa en el presupuesto.

El subsecretario de América del Norte no es subsecretario de América del Norte: es un aviador. Ok, no lo digamos tan directo: es un candidato fallido a otros puestos, es un asesor de ocasión, es un diplomático sin cartera, es un mexicano del mundo, pero no el titular del despacho de la relación foránea más importante.

El director de América del Norte de la SRE no es el director de América del Norte de la SRE: es en realidad el subsecretario de ese ramo; tal cosa es obvia, pero ¡chist!, que nadie lo diga en voz alta.

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La secretaria de Gobernación no es la secretaria de la Gobernación. Ni está encargada de la gobernabilidad ni sirve más allá que para algunas fiestas cívicas y para recoger pendientes en la oficialía de partes, pero no de todas las partes, pues una decena de gobernadores ya no la ven como interlocutora.

El embajador ante la ONU no es embajador ante la ONU: un diplomático de verdad habría renunciado por el discurso de YSQ destacando en la solemne Asamblea General al criminal Mussolini.

El secretario de Seguridad no es secretario de Seguridad. No porque la Guardia Nacional sea militarizada –ya sabíamos que la civil Guardia Nacional era castrense en composición y mando–, no. No es secretario porque se ha declarado abiertamente precandidato al gobierno de Sonora sin renunciar de inmediato. ¿Se puede ser precandidato oficialista cobrando en el gobierno? Pues cómo la ven que sí.

Las cifras de la pandemia no son, ni de lejos, las cifras de la pandemia, lo sabemos todos, lo asumimos todos, lo toleramos todos.

Pregunta seria: ¿alguien cree que hay secretario de Salud?

¿Secretario de Comunicaciones y Transportes? Pasa igual con algunos organismos no tan relevantes como una secretaría de Estado pero también importantes: el órgano que debe regular la energía ya no hace eso, y el nacional de hidrocarburos menos.

En ese renglón, pues sí, mejor que desaparezcan.

Y, finalmente, la consulta sobre procesar a los expresidentes no será una consulta sobre eso. Será un arma propagandística del régimen, una aberración jurídica, una oportunidad perdida, pero no una consulta.

Porque en el sexenio de simulaciones que ni Dalí habría deformado tanto, la Suprema Corte de Justicia (es un decir) de la Nación ayer no quiso quedarse afuera del, parafraseemos, concierto de aberraciones que vivimos.

Por mayoría de votos, la Corte renunció a su capacidad de poder autónomo y con tal de no contradecir al señor presidente se inventaron un argumento huisachero: aceptamos la consulta que vulnera derechos, pero para tapar el ojo al macho ayudamos al ‘presi’ cambiando la redacción de la pregunta.

La consulta es un remedo, malbarata una herramienta de participación democrática, pero servirá de caballote electoral a AMLO y su partido.

Falta lo que se diga en Palacio Nacional. Porque en una de esas al Presidente no le gusta la manera en que quisieron complacerlo. ¡Oh!, sí, hay regalos que no son apreciados.

Pero en todo caso, la Corte ya se sumó a la moda: no es lo que es, un guardián de la Constitución, sino –la gran mayoría de los ministros– un grupo de caros funcionarios compitiendo para ver quién demuestra que hace menos ascos a la hora de tragar el sapo de complacer al titular del Ejecutivo. México, 2020.

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