Opinión | La gubernatura que viene (II)

Un primer repaso a la lista de aspirantes a la candidatura a gobernador que se han venido barajando continuamente, arroja la ausencia de candidatos naturales, personalidades o figuras con peso político y trayectoria administrativa suficientes para sustentar sus aspiraciones.

¿Cómo es que hemos llegado a ese estado de precariedad de recursos humanos aptos, preparados y atractivos para el electorado y la sociedad duranguense en general?

Habría que recordar el origen remoto de esta pobreza de ofertas políticas.

En el contexto de un régimen presidencialista, producto del nacionalismo revolucionario imperante durante la mayor parte del siglo XX y hasta la llegada de Armando del Castillo Franco, los candidatos del PRI, sempiternos ganadores de la gubernatura, eran investidos por indiscutible designio presidencial.

En el caso de Durango, la fórmula no generaba conflicto, entre otras cosas, porque se carecía localmente de corrientes políticas o grupos de poder significativos y capaces de servir de contrapeso a esas decisiones centralistas. Mientras tanto nuestros políticos, principalmente avecindados en la capital duranguense, circunscribían sus ambiciones a formar parte de los gabinetes de los ejecutivos foráneos, a ocupar algunas de las presidencias municipales o las diputaciones locales y, eventualmente, una diputación federal o, excepcionalmente, una senaduría.

¿Cuándo comienzan a gestarse las primeras generaciones de políticos formados en Durango?

Me parece que durante las administraciones de Alejandro Páez Urquidi y Héctor Mayagoitia Domínguez es que se advierte el surgimiento y fortalecimiento de figuras de la talla de Ángel Sergio Guerrero Mier, Maximiliano Silerio Esparza, José Ramírez Gamero, Máximo Gámiz Parral y César Guillermo Meraz Estrada, en la política partidaria priista y de Gilberto Rosas Simbeck, Eduardo de la Peña y Carlos Herrera Araluce en el sector empresarial de la capital y de la Laguna duranguense, respectivamente

Al lado de estos personajes paradigmáticos de la nueva generación política que estaba tomando fuerza giraba una amplia constelación de seguidores y partidarios de aquellos, en cuya base se sustentaba la operación política y las correas de transmisión de los capitanes de esas escuadras: Juan Arizmendi, Francisco Gamboa, Rigoberto Franco, Ignacio Villarreal de la Hoya, Carlos Badillo, Leodegario Soto, Wlfrano Torres, Carlos López Portillo, Sergio González Santacruz, Armando Espinoza Ortega, Eduardo Campos, Luis Ángel Tejada, José Ramón Hernández Meraz, Luis Felipe Solís Muguiro, Raúl Hidalgo, Benjamín Ávila, Arnulfo León Campos, José Luis Cisneros, Jesús Rodríguez, José Manuel Díaz Medina, Jorge Torres Castillo, Roberto Valdepeñas, José Miguel Castro Carrillo, Octaviano Rendón, Régulo Esquivel, y muchos otros más, que configuraban la composición de este segmento de la política estatal.

Tres de los personajes antes enumerados llegaron finalmente a la gubernatura de Durango, en circunstancias y por factores políticos que no trataremos en esta nota, y con el cargo adquirieron también la responsabilidad de formar, encausar y abrir camino a nuevas generaciones de políticos que, como ellos, pudieran constituirse como opciones sólidas para ofrecer al electorado en los cargos ejecutivos, con base en su desempeño, preparación y calidad ética y profesional.

Aquí radica, en mi concepto, la raíz de la escasez de personajes dignos de suscitar en la actualidad el interés general de los ciudadanos en su posible candidatura y ejercicio gubernamental, al margen de su militancia partidaria o su preferencia ideológica.

Los gobernadores de los estados, al igual que los presidentes de la República, comienzan a pensar desde su primer día de gobierno en aquellos que en el futuro pudieran sucederlos en el cargo, no como una pretensión perversa de extender su mando, sino como una obligación institucional que se imponen los gobernantes para preservar la obra social y la permanencia de una línea política determinada.

Es por eso que, desde su ejercicio ejecutivo, los gobernadores deben alentar y preparar a hombres y mujeres en la gestión gubernativa, sin distingo de su perfil partidario o social, pensando solo en el futuro cercano y en cumplir la función histórica de transmitir el poder público en las mejores condiciones democráticas.

Luego entonces, concluimos que ni Ramírez Gamero, ni Silerio Esparza o Guerrero Mier, desarrollaron o impulsaron una generación política de hombres y mujeres que tuvieran posibilidades reales de aspirar a ser candidatos a gobernador, obtener el triunfo electoral y, desde ahí, continuar con un proyecto social y programático que requiere continuidad, porque es casi imposible que se consolide y fructifique en un sexenio.

Esa falla estratégica en la planeación política de estos personajes tuvo consecuencias claras. Ninguno de los tres gobernadores citados, en su momento, objetó o encontró resistencia local a la designación de su sucesor, investido todavía con el método centralista.

¿Por qué se dio esa situación? porque ninguno de ellos tuvo detrás de sí un candidato natural, una corriente o un grupo político representativo, una nueva generación que legitimara su derecho a ser considerados al momento de definir la candidatura del PRI, que era entonces el boleto directo y seguro a la gubernatura.

Basta repasar los nombres de los servidores públicos y representantes populares que acompañaron cercanamente a estos tres gobernadores, para verificar que ninguno de ellos figuró nunca como aspirante serio a la gubernatura y que casi ninguno aparece actualmente en la escena política local o nacional.

¿Luego, existe realmente en Durango una nueva (o vieja) generación política?

De eso hablaremos en nuestra próxima contribución.

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