Opinión | La gubernatura que viene (XI)

Después de su holgado y ansiado triunfo sobre Esteban Villegas y Gonzalo Yáñez, José Rosas Aispuro se encamina a tomar posesión de la gubernatura en condiciones que ameritarían de contundencia y claridad en sus primeras acciones de gobierno, a efecto de garantizar la eficacia prometida y esperada de su gestión.

El contexto en que llegó al poder estatal Aispuro derivaba de una realidad  problemática; las presiones latentes en dos ámbitos políticos territorialmente difíciles, el gobierno municipal de Durango y el gobierno municipal de Gómez Palacio; el monto real y manejo de la deuda pública contraída; la situación crítica del Poder Judicial por la mala percepción ciudadana; la crisis no resuelta de la autonomía y precaria economía de la UJED; la conveniencia de integrar un gabinete que, de entrada, construyera confianza y credibilidad en la ciudadanía; y el imperativo de combatir a fondo la corrupción para marcar diferencias profundas con el modo de gobernar y administrar en el pasado reciente.

Dicho en otras palabras, Aispuro debía hilar fino y pronto.

En esas condiciones, lo primero que resultaba fundamental era la conformación del gabinete del nuevo gobernador, a fin de dar resultados inmediatos y establecer los límites de relación e interacción con los diversos factores de poder que habían apoyado su triunfo.

Es así que, para las designaciones de sus colaboradores, el nuevo gobernante debía ponderar la pertinencia de elegir a personas que le ayudaran a cubrir las cuotas convenidas expresa o implícitamente con el PAN y con el PRD; a las personas o grupos políticos del PRI que se unieron a su proyecto desde el principio o en el camino a la gubernatura; a los miembros visibles del PRI que, no obstante su militancia, coadyuvaran a legitimar un gobierno plural y prestigioso; a los personajes sin partido o miembros de la sociedad civil que, por su fama pública o sus capacidades profesionales, fortalecerían un gobierno de alto nivel y credibilidad; a los que se la jugaron antes, en y después de su campaña política y electoral, conforme al peso de su contribución y su experiencia específica; a los adversarios que, por sus características, convenía tener cerca y bajo control; y a aquellos elementos que por su prestigio y capacidad representaran activos de alto valor para el gobernador entrante.

Los primeros anuncios parecieron obedecer parcialmente a esas condiciones en la integración básica del gabinete, destacando Adrián Alanís en la secretaría general de gobierno; César Franco en la secretaría de salud; Arturo Díaz Medina en la secretaría de finanzas y administración; Arturo Salazar en secretaría de obras públicas; Rubén Calderón en la secretaría de educación; Ramón Dávila en desarrollo económico; Raquel Leila Arreola como secretaria de la contraloría; y Ramón Guzmán Benavente en la fiscalía general del estado.

Sin embargo, la dinámica política y la dialéctica administrativa pronto mostraron que en realidad el gobierno, como función cotidiana, se fue diseminando en estancos que comenzaron a operar por separado. Lety Herrera mandaba en La Laguna y ahora lo hace Marina Vitela, José Ramón tenía el mando en Durango capital, aunque hoy lo tiene Jorge Salum; Adrián Alanís ejerció en buena parte el gobierno interior, hasta que abandonó el cargo en pos de una diputación federal o local que nunca llegó, dejando el puesto en un bisoño Héctor Flores; Diaz Medina era (¿es?) una barrera infranqueable en la disposición presupuestal, incluso para las órdenes del gobernador; Salazar Moncayo terminó siendo sustituido ante el clamor de manejos turbios en la concesión y contratación de obras; el fiscal general Guzmán Benavente fue víctima temprana de una afección y dejó el cargo a Ruth Medina Alemán, para luego, ya recuperado, ser designado magistrado y presidente del poder judicial; César Franco dejó la secretaria de salud, inconforme por la injerencia de personas ajenas a la dependencia en su manejo presupuestal y administrativo; Ramon Dávila renunció a desarrollo económico en medio del escándalo provocado por la disposición arbitraria de créditos a Pymes, y el resto del equipo del gobernador, en términos generales, ha flotado en una actividad administrativa inocua y dispersa, dando la impresión de que cada quien hace lo que puede o lo que Dios le da a entender.

Inicialmente se designó jefe de gabinete a un hasta entonces cuasi desconocido Carlos Maturino quien, al igual que su sucesora Rosario Castro, nunca tuvo el peso y la fuerza suficientes para siquiera lograr que los compañeros de equipo atendieran sus convocatorias a reunirse, menos aun para exigirles cuentas sobre el cumplimiento de las metas comprometidas en un supuesto plan de desarrollo que, por cierto, solo muy pocos conocen.

Desde Maquiavelo se sabe que la primera opinión que se tiene de un gobernante se funda en la elección de los hombres que lo rodean. Si un gobernante tiene colaboradores capaces y fieles podrá reputársele por sabio, pues supo hallarlos capaces y fieles; pero “no podrá considerarse prudente a un príncipe (gobernante) que el primer error que comete lo comete en esta elección”.

Así pues, en la recta final de su gestión, existen elementos de sobra para estimar errónea la selección inicial de colaboradores de Aispuro y las posteriores sustituciones; poco eficiente la conducción, control y productividad de la administración pública; logros de gobierno superficiales e irrelevantes, salvo el puente encantado del boulevard Francisco Villa y un montón de proyectos añejos que cobran relevancia cada seis años, pero nunca se concretan: la planta potabilizadora de Durango y la presa Tunal II; el tren Durango-Mazatlán; la carretera Durango-Parral; el gasoducto ramal Cuencamé; el Metrobús de La Laguna, y otros tantos del mismo tenor.

La aprobación ciudadana actual, de menos del 40 por ciento para el gobernador, muestra palmariamente que ya no es posible gobernar a base de saludos personales y discursos. Ahora se trata de eficacia y resultados concretos de gobernantes y gobiernos, más allá de popularidades o fobias.

Seguiremos tratando de escudriñar los retos cumplidos o fallidos de esta administración, hasta donde vamos.

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