Opinión | La gubernatura que viene (XV)

En los capítulos previos de esta serie, hemos pretendido hacer un recorrido muy sintético sobre gobernantes y gobiernos que han sido significativos, primero, en la formación de la generación política de la que emergieron tres gobernadores genuinamente duranguenses, Ramírez Gamero, Silerio y Guerrero Mier; y, segundo, en las notas distintivas de lo que se dio en llamar la “nueva generación”, que, a su vez, ha traído a tres gobernadores también nativos del Estado (incluido el actual), Hernández Deras, Herrera Caldera y Rosas Aispuro.

Para eso, y para tratar de entender la situación que prevalece en Durango en vísperas de la renovación del Ejecutivo, procuramos tocar en los artículos previos los aspectos más relevantes de cada una de las tres administraciones recientes, poniendo de relieve lo que, en nuestro concepto, fueron y han sido sus errores más trascendentes.

Hace décadas que nuestro país entró -como el mundo globalizado- a la era del conocimiento, que reclama capital humano de alto valor intelectual y experiencia en el manejo de todo lo concerniente al desarrollo económico y social, abarcando, por supuesto, la conducción de la cosa pública.

En esas premisas cifraron los electores duranguenses la elección de estos tres últimos gobernantes, basados en su juventud y supuesta preparación, confiando que ellos sabrían entender y acometer los retos de la nueva realidad global, sofisticada y compleja, que requería de talento, creatividad, honestidad y eficacia, para sacar a Durango del atraso sempiterno.

¿Qué hemos constatado en esta somera revisión de los resultados de sus respectivas gestiones?

En términos generales: falta de resultados concretos y verificables; ausencia de visión de futuro; cuadros administrativos y políticos impreparados o deficientes; burocracias obesas e innecesarias; obras públicas de poco o nulo impacto económico o generación de empleos; expansión de la impunidad, la corrupción oficial y los enriquecimientos súbitos; crecimiento desmesurado del endeudamiento público; ineptitud en el manejo cotidiano de la conflictiva política o social, y una permanente sobredosis de demagogia y atole con el dedo.

¡Pobre Durango!

No ha bastado con esos gobiernos mediocres, a eso se agregan los problemas emergentes de pandemias, sequías, heladas, inundaciones, desempleos, repatriación de paisanos que, con sus remesas en dólares, amortiguan la pobreza rural y la marginación urbana, que rara vez se toman en cuenta por los gobernantes para resolverlas, pues cuando mucho se consideran en las cuotas de votos y contingentes de “fuerzas vivas” alineadas sistemáticamente en torno a los dirigentes políticos o mandatarios en turno.

Sin embargo, son esos personajes, y otros más, quienes buscan en estos días convertirse en factores de decisión sobre los posibles candidatos de una coalición PRI-PAN-PRD a ocupar la gubernatura que viene; son los mismos que la vox populi menciona repetidamente como los grandes electores, desdeñando el papel constitucional de los partidos políticos y sus dirigentes y, lo que es peor, menospreciando el mandato del depositario originario de la soberanía popular: el pueblo, o, más específicamente, el ciudadano empadronado e incluido en la lista nominal de electores.

Al margen de los imperativos de la política real, pensamos que, antes que todo, para opinar o decidir sobre las candidaturas al gobierno desde posiciones de poder o sobre los perfiles y personas convenientes para someterse al escrutinio del sufragio popular, se necesita de una tangible autoridad moral, legitimada con resultados y logros de gobierno.

Aquí la cuestión radica en considerar si los gobernantes recientes o en turno poseen esos timbres o si gozan de la fama pública que acompaña a quienes han servido con lealtad y honradez a su comunidad.

Mientras tanto, nombres van y nombres vienen como presuntos aspirantes a la gubernatura.

Casi todos los mencionados han gobernado ya, cuando menos sus municipios; varios de ellos han incluso competido infructuosamente por la gubernatura; casi todos han tenido ya puestos de representación popular; varios de ellos han sido derrotados o triunfado en otras elecciones locales o federales; ninguno de ellos, hasta ahora, ha levantado directamente la mano o alzado la voz por la candidatura, seguramente porque todos esperan que los astros se alineen y los respectivos grandes decisores se pronuncien en su favor; por supuesto, algunos tienen su plan B, ofrecerse a otros partidos políticos como candidatos si son desestimados por los suyos. Luego entonces, la interrogante sigue siendo la misma: ¿Qué resultados o logros han alcanzado estos personajes en sus desempeños públicos?

Simultáneamente, los opinadores de café y los directivos políticos se devanan los sesos imaginando quien de esos suspirantes encabezará la probable coalición PRI-PAN-PRD que enfrentaría a otra coalición, la de Morena y sus partidos adláteres, que igual está en la misma disyuntiva.

Sin embargo, no debe descartarse la aparición de una candidatura sorpresiva, con partido o sin partido, un personaje inesperado y disruptivo que rompa el statu quo de la política partidaria en Durango y presente a la ciudadanía una opción fresca, una imagen renovada que conmueva particularmente a ese casi 50 por ciento de electores que nunca se interesa por las propuestas tradicionales.

“Los pueblos tiene los gobiernos que soportan”, era la frase de los jóvenes de mi generación que ganaban la calle para protestar ante la pobreza democrática de aquellos tiempos, pero hoy en día se requiere, como nunca, recuperar el valor del voto como herramienta demoledora, para no premiar a quienes depredan los bienes comunales o incumplen sus compromisos desde los cargos políticos.

Estas elecciones pueden ser la oportunidad largamente esperada por los duranguenses para utilizar adecuadamente los instrumentos democráticos a su servicio: el uso de las redes sociales, la formación de grupos de exigencia política, los espacios de los medios de comunicación, la confrontación de los candidatos con sus hechos y su honestidad comprobable, pero, sobre todo: el ejercicio generalizado y responsable del voto libre, personal y secreto.

En las próximas colaboraciones trataremos de intentar un acercamiento a las calidades de los aspirantes, a la fortaleza o debilidad de los partidos locales, y a los desafíos de una buena gobernación.

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