Opinión | La gubernatura que viene (XVII)

El historial electoral estatal muestra que el acceso a la gubernatura a partir de 1986 ha sido campo exclusivo de los políticos locales; por eso resulta interesante observar que nunca ha sido gobernador o gobernadora de Durango una persona proveniente del sector profesional o de lo que se da en llamar la “sociedad civil”, en contraposición a la “sociedad política” o al sistema de partidos políticos, creados constitucionalmente para conducir a los ciudadanos al poder público a través del voto popular.

Gilberto Rosas Simbeck, Eduardo León de la Peña, Miguel Rincón Arredondo y Carlos Herrera Araluce, cada uno en su tiempo, fueron considerados por la opinión pública como prospectos idóneos y viables para la gubernatura, basados en su notable éxito empresarial y en la capacidad ejecutiva demostrada en el manejo de sus negocios.

Sin embargo, fueron desdeñados por los dirigentes partidarios o rebasados por la prevalencia del férreo sistema político imperante, que privilegió siempre el carácter partidario de sus candidatos. Recuerdo las palabras pronunciadas por Reyes Heroles en Durango, cuando Gilberto Rosas luchaba por la candidatura gubernamental: ¡Políticos-políticos sí; políticos-empresarios no!

Hoy en día, el listado conocido de aspirantes y suspirantes a la gubernatura carece de ese ingrediente aportado por la “sociedad civil o empresarial”, que implicaría valores como integridad, perseverancia, determinación, respeto, innovación, pasión y equidad.

¿Por qué se requería de esos valores esenciales en el desempeño de la función pública de gobernar Durango?

Porque la tarea de un gobernador o gobernadora es precisamente la de un ejecutivo, es decir la materialización de esos valores en satisfactores y acciones que beneficien a la población, mediante resultados oportunos, tangibles y concretos.

La consecución de ese tipo de metas desde el Poder Ejecutivo estatal impone la necesidad de tener el “know how” suficiente para alcanzarlas; gobernar es saber coordinar, administrar, planear, controlar, evaluar y corregir; es saber tomar decisiones adecuadas y oportunas; es saber anticipar y tener visión de Estado; en pocas palabras, es saber hacer lo obvio: gobernar.

En cambio, es común que quienes se dedican a la política partidaria recalquen que son “políticos profesionales o políticos de carrera”, para significar que se dedican a una actividad que no es accesible al resto de los mortales. Reclaman así la exclusividad de un coto reservado a muchos que tienen como distintivo únicamente la mediocridad profesional o la incapacidad de “saber hacer algo”, como no sea la búsqueda de candidatura tras candidatura, salvo las consabidas “honrosas excepciones”.

Sin embargo, cuando se observa su comportamiento público y privado, cuando se conoce su nivel intelectual, cuando saltan a la vista las dimensiones de su cultura y de su fortuna personal, cuando son fama pública su origen y trayectoria, uno tiene que convencerse que frecuentemente se trata de personas que se dedican a la política sólo como “modus vivendi”, es decir como una forma de ganarse la vida, de tener prebendas y privilegios, pero nada que ver con una verdadera vocación social.

Algunos de esos especímenes se vuelven capitanes de sus respectivas “cortes de los milagros”, formadas por desposeídos y marginados que arrastran su desgracia de oficina en oficina, siempre a la zaga de los “líderes-políticos profesionales”, pero siempre con la esperanza de recibir un paliativo a sus urgencias, sean despensas, láminas de cartón, cobijas, materiales de construcción o, incluso, un pedazo de tierra para fincar el hogar familiar, a cambio de legitimar el ascenso político de sus redentores. Otros, en cambio, buscan su encumbramiento en el cobijo político de altos funcionarios, de gobernantes en turno, o de dirigentes de estructuras corporativas o empresariales.

Hay también quienes sustentan su éxito primordialmente en el manejo sesgado y abusivo de las redes sociales, en la triste tarea de saludar diariamente a cuanto cristiano se encuentran, ir por su cuenta a fiestas y reuniones a las que no son invitados, volver y volver a los mismos lugares y con las mismas gentes a pedir el voto elección tras elección, a sabiendas de que repetirán las mismas promesas que tampoco esta vez cumplirán. 

¿Son políticos de verdad quienes se identifican con ese penoso catálogo de características negativas?

En la lista de aspirantes a la gubernatura habrá quienes estimen que no corresponden a esa clasificación, porque varios son profesionistas o empresarios, declarados o soterrados.  Sin embargo, es útil recordar lo que Max Weber afirma acerca de los auténticos políticos: “sólo quien está seguro de no quebrarse cuando, desde su punto de vista, el mundo se muestra demasiado estúpido o demasiado abyecto para lo que él ofrece, sólo quien frente a todo esto es capaz de responder con un, sin embargo, sólo un hombre de esta forma construido tiene vocación para la política”. Este mismo pensador describe claramente dos de las cualidades que, en su concepto, son decisivamente importantes para un político: pasión y sentido de responsabilidad. La primera es una entrega apasionada a una causa, es la vehemencia y el ardor que se pone en la lucha por un ideal; la segunda es la responsabilidad que un hombre tiene con esa causa, de tal manera que aquella se convierta en la orientadora de todo su accionar, porque la sola pasión no convierte a un hombre en político, es necesario ponerla permanentemente al servicio de una causa y no desmayar hasta alcanzarla. La posesión de estas cualidades son las que distinguen al verdadero político de los simples obreros de la política, de los que viven no para la política -en el sentido weberiano- sino de la política, ergo de los que chambean de “políticos profesionales”. 

Sería interesante que los electores valoraran oportunamente las personalidades e historiales de Salum, Flores, Maturino, Castrellón, Leticia, Benítez, Villegas, Pacheco, José Ramon, Gonzalo, Marina, y los demás personajes incorporados a la larga lista de aspirantes a la gubernatura que viene, a la luz de las consideraciones aquí vertidas.

En próximas colaboraciones trataremos de explorar los factores que, en nuestro concepto, condicionan una candidatura gubernamental exitosa.

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