Opinión | La Peste

En 1947, Albert Camus publicó “La Peste”. La novela exploraba los alcances humanos y naturales de una epidemia en un mundo que Weber llamaría “desencantado”. Los personajes de Camus se enfrentaban a la tragedia desarmados de los convenientes recursos del pensamiento sobrenatural. Despojados de la posibilidad de “creer” y por lo tanto de poder explicar la tragedia a través de la voluntad de un ser divino, los personajes se encontraban con la incertidumbre más absoluta.

Esa incertidumbre lleva a la realización de que no hay un plan divino, ni una razón de ser premeditada de los sucesos, pero justamente en esa ausencia de “sentido” yace la posibilidad de la libertad. Al final de cuentas el desencantamiento del mundo tiene un sentido sumamente optimista, pues al eliminar las “causas divinas” permite al hombre evaluarse a sí mismo y a su sociedad a través de su propio actuar.

Esta inversión del modelo espiritual del mundo transforma el peso de la responsabilidad de la sociedad y del individuo. Mientras que durante siglos los seres humanos y sus sociedades enfrentadas a epidemias buscaban explicar las razones por las cuales merecían un castigo, la sociedad de Camus tiene la oportunidad de preocuparse únicamente por explicar las razones de su propio actuar. Ante ello prevalece lo humano, las decisiones no solo del por qué sino del cómo.

No es casualidad que muchos hayan visto en la novela de Camus ecos de la segunda guerra mundial; finalmente, la historia de la peste no es la historia de la fuerza divina que la procuró ni tampoco de la explicación científica de su existencia, sino de la lucha humana por intentar sobrellevarla y sobrevivirla. La metáfora funciona, porque aunque existen analogías evidentes entre guerra y epidemia, la epidemia no permite la coartada de creer que el enemigo es el otro; en las pandemias, el ser humano “desencantado” debe reconocer que el resultado no depende del otro sino de uno mismo.

Es por ello que enfrentados a la incertidumbre y al absurdo, los personajes de Camus tienen la opción del individualismo rapaz o de la construcción de solidaridad humana y fraternidad. Al final de cuentas, “La Peste” es la historia de la resistencia; la resistencia humana ante la adversidad, ante la des-humanización y ante los impulsos innatos del egoísmo y el oportunismo.

Esto no es menor, la pandemia causada por el Covid-19, tiene más analogías con la peste novelada de Camus que con muchas de las pandemias del pasado. Esta crisis llega a un mundo que ya no puede ni debe sostener argumentos sobrenaturales para explicar lo sucedido; y en ese sentido llega a un mundo que tendrá que juzgar su resistencia desde el quehacer social humano y no del divino.

Evidentemente, al igual que todas las sociedades del pasado sostenemos creencias que caducarán con el tiempo, pero la creencia mayor de la actualidad, es en la posibilidad del ser humano y la sociedad de resistir y vencer la crisis. Esto es una novedad, estamos quizás ante la primera pandemia mundial que enfrentamos con esta creencia, y por lo tanto, debemos juzgar nuestra capacidad de resistencia de forma congruente. ¿Qué hemos hecho como sociedad para resistir? ¿Qué hemos hecho como sociedad para vencer?

Al mismo tiempo, habremos de juzgar a los líderes de acuerdo a estas mismas concepciones. Es inaceptable que sigan existiendo líderes que busquen sortear la crisis con el pensamiento mágico-divino del pasado; ya sea negandola o construyendo narrativas sobrenaturales para explicarla o justificar sus acciones ante ella. La historia no los va a juzgar por la popularidad que sus narrativas tuvieron en su momento, sino por la efectividad de sus políticas al corto, mediano y largo plazo. En un mundo que por fín ha aceptado que ante la incertidumbre no se requiere resignación sino acción, no queda más que generar una resistencia actuando. Por primera vez en la historia de las pandemias el tamaño del daño generado a nuestras sociedades por la crisis tendrá que ser asumido por nosotros mismos.

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