Opinión | “La raza de los racistas”

Después de los sangrientos dramas que el racismo ha motivado en el siglo XIX y sobre todo en el XX, esta perversión cultural ha perdido toda su respetabilidad en los debates intelectuales de nuestro tiempo.

Hay un antiguo dicho latino “corruptio optimi pessima” (la corrupción de lo mejor es lo peor) que conviene al caso del racismo, porque éste consiste en la perversión de la tendencia más necesaria para desarrollar nuestra humanidad: el instinto social, la búsqueda y reconocimiento de lo humano por lo humano. Nos hacemos humanos en la semejanza con otros humanos, no en el despliegue natural de un programa evolutivo. Esa semejanza, que descubre nuestra humanidad y la confirma, se apoya en indicios simbólicos y fisiológicos, desde formas de reproducción y conservación de la vida, facilidad de imitación, prolongación de la infancia…hasta la posesión del lenguaje y la presciencia de la muerte. Reconocemos la semejanza humana pero enseguida la consideramos un privilegio, que debe restringirse a un círculo definido, defensivo, frente a adversarios parecidos que sin embargo no alcanzan el nivel que compartimos. El nosotros se funda en un radical “no-a-otros”. Sirven de pretextos para la exclusión diferencias nacidas de la propia semejanza: tienen lenguaje, pero no el nuestro; costumbres parecidas pero intrínsecamente diferentes, una apariencia que nos refleja en líneas generales pero con otro color, otra complexión, otro canon de belleza. Cuanto más innegable es nuestro parentesco, más enérgicamente hay que negarlo para evitar la contaminación…

Después de los sangrientos dramas que el racismo ha motivado en el siglo XIX y sobre todo en el XX, esta perversión cultural ha perdido toda su respetabilidad en los debates intelectuales de nuestro tiempo. Ha dejado de ser un punto de vista “normal” -aunque lo fue durante siglos- y tampoco se le reconoce verosimilitud científica, como pretendió tenerla en épocas mas recientes y de vez en cuando aspira a recuperar. Al contrario, se la considera el paradigma de la aberración moral y por tanto nadie quiere reconocerse “racista” salvo como provocación. Pero el racismo sigue existiendo, frecuentemente suavizado en forma de xenofobia o como defensa de la propia identidad, como en los separatismos vasco y catalán de la política española actual. Y además la retórica antirracista, aplicada fuera de su contexto justificado, se ha convertido en un instrumento de descalificación política -una especie de escudo contra argumentos críticos contra la propia opción o de invalidación moral del adversario- que degrada y hace desconfiar de una actitud en origen recta y noble. También quienes fueron en una época anterior discriminados por su raza pueden convertirse en racistas respecto a otros colectivos. No hay una raza especial de los racistas, todos los que creen en otra raza que no sea la raza humana pueden serlo. Y de ese modo convertirse en justificadores de enemistades violentas. Porque, como escribió el novelista afroamericano James Baldwin, “la glorificación de una raza y el denigramiento corolario de otra u otras, siempre ha sido y será una receta para el crimen. Quién envilece a los otros se envilece a sí mismo” (La próxima vez, el fuego).

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