Opinión | Las calles de mi ciudad

-Oye we…-; dime Mequetrefe. – Me puedes dar un masajito es mis piecitos…-; y mientras lo hago te traigo una cafecito, unas galletitas o que se le ofrece al señor…; – pues si te vas a poner así de dadivoso, pues de una vez tráeme una orden de tacuches de triplay, para recuperar las tantas veces que me has abandonado -. Lo que te voy a ofrecer es una buena dotación de fregadazos para que se te quite lo alevoso y conchudo.

– Chale Tío Lucas, pues ahora qué traes… Sólo te estoy pidiendo que compenses un poco tanto esfuerzo que me haces aplicar todos los días…-; mira mendigo Haragán, no sé de qué esfuerzo me estás hablando, si siempre andas cual vil parásito, jorobándome la existencia con tus cosas; así que no me digas que te esfuerzas en algo.

– Ya sabía que ibas a terminar ninguneándome como siempre lo haces. Ya ni siquiera me sorprende que lo hagas, ya estoy acostumbrado a ellos…-; mira es mejor que te calmes porque no ando de humor para estar escuchando tus tonterías. – Bueno, ya no te diré nada; pero cuéntame porque te gusta andar por todas las calles como ferviente devoto de la virgencita de Guadalupe en 12 de diciembre. Parece que andas en peregrinación we. Vas de aquí para allá, de allá para acá, de acá para más allá y no me digas que vas a hacer algo, porque neta que hay ocasiones que no entiendo qué demonios me tienes que llevar a asolear, cuando el sol cae a plomo -.

Pues mira. Caminar para mí siempre ha sido un proceso muy reconfortante. Despeja la mente de tantos y tantos avatares diarios. “Que tengo que hacer esto o aquello… Que necesito ir a comprar tal cosa… Que debo apurarme porque ya se viene el tiempo encima… Etcétera… Etcétera… Etcétera; luego entonces, todo eso, hace que se acumule una gran presión en mi cabeza que parece una olla llena de chapulines que brincan de un lado para otro y, para no permitir que eso genere algún efecto indebido, es decir, por salud mental, pues me dirijo rumbo a las calles de nuestra bella ciudad.

Caminar por la avenida 20 de noviembre se convierte en una terapia. Comienzo a dar los primeros pasos y de la nada, te tienes que poner trucha, porque oyes que alguien viene detrás de ti corriendo y, como soy muy mal pensado, pues “pa´pronto” el radar me dice que debo concentrarme en lo que sucede en derredor. Que no puedo ir distraído porque algún oportunista, amante de lo ajeno, puede caerme como visita de tío lejano con familia en domingo de descanso.

Ahí ya empiezo a dejar de lado las presiones que te comento. La mente se vuelve más ágil que de costumbre. Porque comienzo a papalotear por todos lados para ver si, entre tanta gente deambulando conozco a alguien para detenerme a platicar unos minutos; sin embargo parece que no todos tienen el mismo tiempo que yo y, si llegó a reconocer a alguien, me quedo con las ganas de “echar el chal”.

Es bonito ver los inmuebles que están sobre esta avenida principal. Me gusta meterme entre las calles para crear historias al ver a la gente que anda ajetreada, entrando de tienda en tienda. Me gusta imaginar las razones por las que tanta gente anda por esos rumbos. Entran y salen de las tiendas como si fuera a ser el último acto de su vida.

Me pongo a pensar por qué no son capaces de regalarte la respuesta de un “buenas tardes”, ni siquiera por educación. Me gusta ver a aquellas personas que esperan el camión de ruta, anclados con un pie sobre la pared mientras sacan un cigarrillo y le dan el golpe como queriendo asfixiar alguna pena. Me gusta recorrer las calles mi estimado Sátrapa, porque en ellas encuentro esa necesidad de no angustiarme de más con mis problemas, con mis presiones y sabes por qué, pues porque después de observarlos, confirmo que más de una persona a la que suelo atravesármele, está pasando por una situación mucho más complicada.

Ver a los indígenas que se ponen a pedir dinero mientras alguno de ellos toca el acordeón y los niños se acercan con su vaso de plástico a solicitar una moneda, me hace entender que en realidad mis problemas y presiones, son salvables y me hace tomar aire para iniciar con el retorno hacía donde paso la mayor parte del día que es mi trabajo y, en ese regreso, siempre o casi siempre, me encuentro con la doñita que anda en sus silla de ruedas que, pareciera, está destinada a recordarme que debo agradecer por mis problemas y presiones; porque mientras empujo su silla para cruzarla la calle, con esa voz tan tierna me dice, “gracias mijo, qué no daría yo por solamente no ser una carga para la gente, eso de pedir limosna y aparte pedir que le ayuden a uno a moverse, no se lo deseo a nadie”; ahí es cuando todas las presiones y problemas se van y la mente queda liberada de tanta paja que luego carga.

– Si we, pero cuando hagas eso, a mí déjame echando un sueñito. Además yo haría lo mismo, si caminar por las calles no fuera tan molesto, sobre todo cuando te atontas y sales volando porque alguna pieza de la cantera esta dispareja o alguna raíz de un árbol la ha levantado. Así que, no me vuelvas a sacar a pasear como si fuera tu mascota -. Ya cállate que tú eres el que me pone de malas. – Invítame unos tlacuaches we -. Nel. – Culei -.

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