Opinión | Los caminos de la vida

“Los caminos de la vida, no son como yo pensaba, no son como imaginaba, no son como yo creíaaaa…” – ¡Ah que buena rolita! Aunque en lugar de que solamente la rolita fuera la que estuviera buena, me gustaría que también los caminos de la casa. Ésos que durante la temporada en que no cae una sola gota de lluvia, todo en derredor, se cubre por material pulverulento.

Polvo eres y en polvo te conviertes sin necesidad de ser Semana Santa. Levantas polvo a cada paso que das. Como un cuaco cuarto de milla en nuestro vecino centro recreativo.

Ya saben que el pinche cabeza de aceituna es bien cargado conmigo y me trata de manera cruel y denigrante y por eso debo mantener cerradas todas las ventanas, aunque aquello parezca una pequeña sucursal de  averno, todo para evitar que el trabajo realizado por mantener un tanto cuanto limpia la humilde morada, se mantenga alejada de polvo.

¿Quieres lavar? ¡Ah! Pues levántate a las horas de la madrugada, antes de que el viento natural o el de los vehículos que circulan por estos lares, comienzan a levantar la polvareda; no se diga cuando los aliancistas de ruta, empiezan a adueñarse de dichos periplos.

¿Qué ya lavaste? Pues ahora haz lo imposible para que tu ropa no quede olorosa, y no precisamente a leña de otro hogar, sino olorosa a humo proveniente de las decenas de ladrilleras que te rodean o al polvo que se le ocurrió irse a posar sobre tus prendas, cuyo único pecado era tratar de asolearse un poco.

Barrer los patios y banquetas se convierte en un deporte de alto rendimiento, por aquello que debes dedicarle un buen esmero para que los próximos 30 segundos se vean limpios. Hay ocasiones en que me pongo a pensar si los vecinos que tienen criaturas de meses, en lugar de comprarles zapatitos gateadores, para enseñarles el cometido, les compran mini escobas y mini recogedores para poder ir abriéndose paso entre tanto polvo e ir dominando la faena cotidiana.

¡Ah! Pero eso es durante la temporada en que las lluvias torrenciales no nos visitan; porque en llegando la liquida visita, aquello que otrora era nuestro deporte de alto rendimiento, se convierte en nuestro deporte extremo.

Y todo comienza unos metros antes del hogar, cuando además, por muy poco religioso que seas, comienzas a encomendarte a los cuatro fantásticos; y no, no me refiero a los personajes de Marvel, sino a los cuatro fantásticos santos que, según el Tío Lucas, se les adjudican las causas imposibles, difíciles y desesperadas: Santa Rita de Casia, San Gregorio, a San Judas Tadeo y Santa Filomena.

Ahí me tiene el we implorándoles que no nos abandonen en la intentona por atravesar aquello que no sabes si es un charcototote o una lagunitita. Les tienes que prometer velas y uno que otro milagro de latón, si evitan que, otra vez, los aliancistas de las rutas circulantes por el sitio, pasen hechos la fregada y hagan que el agua haga olas entre el motor del vehículo que no es anfibio.

Una vez pasando la primera prueba. Sigues con tus peticiones, cual gestor ante diputado o regidor, para que después de pisar el pedal de los frenos unas cuatro veces, estos, no fallen al llegar a la esquina donde se tiene que doblar hacía la pista de enduro que se debe recorrer para arribar a las viviendas; no sin antes seguir con nuestras plegarias, pero ahora a San Isidro labrador, a quien le pedimos quite el agua y ponga el sol, para que nuestros caminos se mejoren y no nos vayan a dejar sin suspensión.

Y viene la prueba final. Aquella cuando te encuentras en tu casa y te das cuenta de que el día que compraste la despensa, se te olvidó comprar pan para prepararte unos “sangüiches”; lo bueno es que ya lleva varias horas en que San Isidro se aplicó y puedes ir a la tiendita más cercana. En eso te da gusto porque todas las personas son bien educadas y respetuosas del Reglamento de Vialidad que señala, en el artículo 8, que tienes la obligación de cruzar por las esquinas y las secundas.

Pero dicen que al pueblo que fueres haz lo que vieres. Te das cuenta que la doñita que llega detrás, llega dando cátedra de cómo dar pequeños brinquitos para evitar caer en calles encharcadas y enlodadas; y dices, “si ella puede, por qué yo no voy a poder”…-; Alteeeeeerrrrrr, pásame la toalla y ve conectando mi computadora que necesito hacer unas cosas…; – charros, ya me voy, porque pinche cabeza de bombilla anda que no se la acaba; pero yo qué culpa tengo de que sea medio tarimapendecuaro y nunca haya aprendido a dar pequeños brinquitos como la doñita; además siempre le digo que se ponga los lentes al salir y así podría haberse dado cuenta que lo que pisaba no eran piedras sino pedazos de tabla que flotan entre los charcos…-; Alteeeeerrrr, la toalla mendigo Parásito; y ponte a lavar mis tenis que quedaron todos enlodados. – Ya me voy, ahora ni tacuches le pediré porque me ahorca el culei -.

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