Opinión | Resplandor entre rejas I

Hace siete años tuve la oportunidad de llegar a un lugar que, para muchos, es lugar de encierro para “delicuentes juveniles”; para mí, un lugar de grandes sueños e ilusiones frustrados momentáneamente, y digo momentáneamente, porque es menester escucharlos y convivir con ellos para darse cuenta que hay esperanza de corregir el camino. Desde hoy, cada lunes, compartiré historias de mis chavos, esos que he conocido al interior del CERTMI, y que forman parte del libro “Resplandor entre rejas”.

¡Nuestros niños y jóvenes son el futuro de México! Cuántas veces no hemos escuchado hasta el cansancio esta perorata, sobre todo, de parte de nuestros gobernantes, de una clase política harto descompuesta al grado que debería existir un Centro Especializado de Reintegración y Tratamiento para Funcionarios que no funcionen y Servidores que no sirvan.

Cuántas veces me he preguntado y son las mismas que me he quedado sin respuesta. Cómo podríamos saberlo si las circunstancias nos remiten a otra pregunta ¿cuál futuro? Sí en México una parte de ese futuro se encuentra encerrado entre rejas, arrastrado allí porque quienes emitieran el mismo discurso hace 10, 20, 30…60 años; nunca se dieron cuenta que ese futuro no llegaría jamás sin que en este país hubiese igualdad de circunstancias.

Qué igualdad de circunstancias pueden existir en un país en donde más de la mitad de su población está enmarcada en la eufemísticamente llamada pobreza extrema, disfrazada como tal por no llamarle miseria absoluta. De qué futuro hablarán los futurólogos que no se han dado cuenta que en el presente existe un sector muy amplio de nuestra sociedad, los niños, adolescentes y jóvenes que han tenido que dejarse arrastrar por las condiciones que los “funcionarios que no funcionan y los servidores que no sirven” no han sabido capitalizar para poder generar cambios positivos en ellos.

No soy apocalíptico, pero tampoco suelo ser ingenuo. Ese futuro al que se refieren, no tiene, siquiera, la remota oportunidad de en algún momento salir libre de “cana” y poder recibir un empleo, de continuar con algún estudio y menos hablar de la posibilidad de que alguien les tienda una mano solidaria.

En más de una ocasión he visto, con tristeza, que aquel chavo que cumplió con su medida cautelar, sale con una maleta cargada de ilusiones, y regresa, en muy poco tiempo, con esa misma maleta pero ahora llena de desilusión, de frustración y hasta de rencor; porque “no logramos convencer a la sociedad profe”, de que haber estado internos no los convierte, en automático, en eternos trasgresores de la ley, a pesar de salir sin antecedentes penales; sin embargo, el estigma lo llevan tatuado en la frente, en su pequeño cuerpo, en su malograda vida.

Estos chavos no son 100% culpables de sus conductas. Aquí debemos preguntarnos qué hemos hecho o qué hemos dejado de hacer para ir cambiando el estado de cosas que envuelve a este vulnerable sector de la sociedad. No puede considerarse 100% culpables de sus conductas “antisociales”; más bien, creo que son el resultado de un conjunto de fallas que se han dado a lo largo de muchos años en nuestras estructuras sociales, sin dejar de subrayar la de la familia y la de la educación; sin embargo no niego que deben hacerse cargo de sus acciones.

En muchos casos, sus conductas tienen origen desde que se es muy niño. Hablamos de cuando hay carencia de amor en el hogar, las carencias en lo general, pero la de amor principalmente acompañada por la violencia familiar. No nada más los golpes que hayan visto; los he escuchado referirse a la violencia, no nada más física sino psicológica, al sentir el rechazo que a veces se da desde su mismo hogar, de parte de sus padres, de sus hermanos.

Parece ser que se nos ha olvidado que el niño, el adolescente necesita mucho apoyo de la familia, de la escuela y de la sociedad; ya que la adolescencia sigue siendo una fase de aprendizaje. Desde el punto de vista de la salud mental los chavos que tienen conflictos con la ley son, a la vez, víctimas de la sociedad, es una consecuencia de la descomposición social. Si normalmente nos fijamos en este tipo de chavos vemos cómo sus raíces, su crianza y su estructura de personalidad quedó bajo términos de una educación donde la violencia es algo común, las drogas, el alcoholismo, pero también la falta de consideración para con sus sentimientos y sus deseos; aunado a un contexto en donde cada vez es más fácil inmiscuirse, en actividades ilícitas.

Sin que suene a justificación, cómo podríamos culparlos de haber nacido, de crecer y desarrollarse en una familia donde en el mejor de los casos solamente conocieron a un papá y a una mamá rodeados de olor a miseria, a violencia, a droga, a sexo; cómo culparlos de haber sufrido las agresiones de una madre que, por preferir a la nueva pareja en turno, los descuida hasta el extremo de ser ella misma quien los envíe al internamiento so cualquier pretexto; cómo culparlos de no haber tenido la imagen paterna porque ésta desapareció desde antes que ellos nacieran.

Cómo culparlos de haberse vuelto adictos a alguna droga, si la invitación la recibieron de ese ser que debiera ser su ejemplo a seguir: mamá, papá o ambos.

Cómo culparlos de haberse involucrado en levantones, secuestros, violaciones y homicidios, si en sus familias es lo que veían, si no a diario, sí de manera frecuente: “era la manera de vivir de la familia profe”.

Insisto ¿qué futuro tiene México? o más bien ¿dónde está una parte del futuro de México y por qué?

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