Opinión | Resplandor entre rejas V

Los he perdonado

¿Platicar mi vida? ¿Qué puedo platicar de mi vida? Ha sido triste y alegre, más triste que alegre porque siempre, desde niña, anhelaba tener amor; a alguien que me escuchara, que se preocupara por mí.

A mis padres, en su vida, lo único que les importaba eran sus lujos; nunca me pusieron atención, siempre estaba sola, había un vacío en mi corazón.

Había veces que platicaba conmigo misma de todo el resentimiento que les tenía a mis padres. Un día me encontré unas malas amistades que me ofrecieron resistol amarillo y yo lo agarré para drogarme, para así ya no acordarme de nada. No quería ver la triste realidad. Después de probarlo y experimentarlo me gustó sentir la adrenalina, los delirios de persecución, y esa droga me orilló a otra, y así sucesivamente, y que me hicieron convertirme en una drogadicta.

Ya no consumía tanto por estar sola, ya era por adicción. Me refugié mucho en la droga. Siempre estaba drogada y ni aun así se preocupaban por mí.

Me empecé a hacer rebelde. Me empezó a gustar día con día el libertinaje. Había veces que no llegaba a mi casa a dormir y mi madre me empezaba a llamar la atención. Fue cuando empezó a ver que estaba en malos pasos, pero ya era demasiado tarde porque a mí ya no me importaba nada. Una vez duré seis meses sin llegar a mi casa, sin que mi familia supiera donde estaba, si estaba viva o muerta, pues yo me quedaba con una amiga.

Conseguíamos dinero robando para así poder drogarnos, hasta que una vez me ofrecieron trabajo y empecé a vender drogas como la “piedra”, la “mota” y la “soda”; y ya era para mí más fácil drogarme porque ganaba dinero más fácil.

Mi madre, después de esos seis meses, me buscó donde yo estaba vendiendo, pues ella ya sabía lo que yo hacía para obtener dinero. Me encontró y lo que hizo fue anexarme en un centro de rehabilitación de AA. Un lugar donde no miraba el sol, donde eran cuartos, donde me trataban mal, donde me golpeaban, donde miraba a mi madre una vez a la semana, y ella feliz de verme, pero ella no sabía cómo estaba, cómo me sentía en ese lugar, pues a ella le decían que yo estaba bien, pues le decían todo lo contrario del centro AA.

En mi visita no le podía decir nada porque me vigilaban; tampoco le podía dar un abrazo porque según ellos manipulaba a mi madre para que me sacara. Después me iba mal, me tenían parada como tres días, sin moverme, pálida, con los pies y las manos hinchadas y moradas; sin comer nada; sin dormir nada. No me podía mover tantito porque me golpeaban. Tenía que estar como un soldadito y lo único que tenía era un vaso con agua por día cuando estaba castigada.

Día con día me empecé a resentir mucho más con mis padres. Pasaron cinco meses y salí del lugar; pero empecé a ser peor. Salí a lo mismo. Yo lo que quería era causar dolor a mis padres para que sintieran lo que yo sentía cuando estaba en ese lugar. Miraba a mis padres con odio y rencor, pues sólo duré un mes disque portándome bien; después empecé a drogarme nuevamente y me volví a meter en el mismo trabajo, vendiendo drogas, donde siempre estaba “pánica” porque fumaba piedra.

Me gustaba ganar dinero y droga fácil, pero esta vez sólo me duró una semana mi gusto, pues me agarró la ley y me llevó a un tutelar donde empecé a ver las cosas diferentes, donde empecé a ver que en la vida había tenido errores, que mis padres no tenían la culpa de lo que yo había vivido, que ellos sólo querían lo mejor para mí.

El día de hoy los he perdonado, he dejado todo el odio, resentimiento y rencor atrás, en el pasado, porque no es bueno vivir con todo eso en tu corazón. Ahora he decidido vivir mi vida útil y feliz.

Quiero cambiar mi manera de ser, de vivir. Quiero disfrutarla y no correr antes de caminar; disfrutar la vida despacio, no comerme el mundo de una mordida. La vida es hermosa, que si tropiezo me debo levantar sola con la frente en alto. No dejarme hundir en el pozo porque si yo no lo hago nadie verá por mí, y por algo estoy aquí.

Tengo a mi familia que me quiere, que me ama, que cada mes vienen a visitarme; que tengo a alguien que me hace ser fuerte, que me da amor, que me ama, que me hace ver que la vida tiene sentido, que valgo mucho, que me ayuda a estar bien en todo momento.

*Tomada del libro “Resplandor entre rejas”. Marco Antonio Espinosa López. Editorial “Benito Juárez” del SNTE. Octubre 2015.

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