Opinión | Resplandor entre rejas VI

El robo

Era una noche oscura y silenciosa. Sólo se escuchaba el susurro del viento y me disponía a hacer un atraco. Necesitaba dinero para mantener a una morra que tenía en casa; pero antes tenía que llegar a la casa de unos amigos para preparar lo que necesitábamos.

Con todo preparado, una extraña sensación recorrió mi cuerpo de pies a cabeza. No sabía si regresaría o me quedaría en el intento. Tenía que regresar con el dinero a casa para dárselo a la mujer que más amaba. Bueno, eso era lo que yo creía. A pesar de todo, siempre estuvo ahí, me escuchaba, me daba consuelo en las noches amargas cuando yo necesitaba a alguien con quien llorar; alguien con quien reprocharle al destino por haberme tocado una vida tan miserable.

Cuando llegamos al lugar que asaltaríamos, les dije a mis compañeros: -¡Este es el lugar perfecto! Aquí vamos a sacar una buena lana. Y con mi parte me voy a Mazatlán con mi novia. Le compro bastante ropa, zapatos, lo que ella quiera, que para eso me cumple todas las noches ¿no? -.

Ya teníamos en nuestras manos por lo que habíamos entrado a aquel lugar; sin embargo, de repente parecía que la suerte nos daba la espalda.

-¿Quién anda ahí? -. Escuchamos un grito y en ese momento volví a sentir aquella extraña sensación.

Un segundo grito acompañado de una amenaza de llamar a la policía apareció por una puerta. Era el guardia del negocio que nos había descubierto, y me hizo el trabajo más complicado porque me miró la cara, iluminada por su pequeña linterna. No tuve otra opción y le pegué un tiro en el pecho. El impacto fue certero; la bala le quitaba la vida.

Nos retiramos del lugar con el dinero, pero no tan satisfecho, pues le quité la vida a un inocente, a alguien que ni culpa tenía, sólo hacía su trabajo. Por un momento pensé entregarme a la policía pero no quería pasarme el resto de mi vida en una prisión, así que decidí irme lejos con mi mujer y todo el dinero.

Estuve lejos sólo hasta que el dinero se me terminó. Después de varios lujos que le ofrecí a mi mujer, decidió dejarme. Me dejó porque me volví drogadicto. Ya no hacía otra cosa que golpearla y abusar de ella, y por eso decidió irse sin darme cuenta. Simplemente una tarde que regresé a la casa ya no la encontré.

Regresé a casa de mi madre, como siempre suele suceder cuando nos agobia un problema. Nuestra familia, en especial nuestra madre, es en quien recargamos nuestras preocupaciones.

Ella por supuesto se encontraba preocupada, pues pensaba que algo malo me había sucedido. Después de contarle todo, ella con lágrimas incontrolables me dijo que unos que se decían mis amigos y que yo los creía así, me habían delatado con la ley.

Cegado en furia decidí ir a buscar a esos bastardos pero parecía que la suerte, esa que nos abandonó el día del atraco, ahora se iba del lado de aquellos soplones, pues la casa de mi madre estaba rodeada policías. Pasaron mil cosas por mi cabeza pero ya le había hecho mucho daño a mi madre y no quise darle un dolor mayor, como el de que viera cómo me abatían a tiros por pensar huir.

Sin oponerles resistencia, los policías me trasladaron a la Fiscalía e hicieron todos los procesos correspondientes. Tomaron mis datos y lo que se hace en esos casos, y me trasladaron a un lugar en el que nunca me imaginé que iba a estar. Y ahora soy un preso al igual que todos y todas las que se encuentran aquí en el CERTMI.

Creo que la vida de un interno apesta. Toda mi vida me la pasé culpando a los demás de lo que a mí me pasaba. Toda mi vida apesta y por qué, porque sólo necesitaba tener a alguien que se preocupara por mí, más allá de mi madre. Necesitaba escuchar de alguien un “te quiero” y no lo encontré, por eso me perdí en las drogas, en otro mundo que creí era el ideal, en mi mundo.

Después de mis errores perdí el amor de mi vida y la confianza de mi familia; y lo peor, le hice mucho daño, le sigo haciendo daño a mi madre al estar aquí. Un amor donde quiera se encuentra pero ¿una madre? sólo una vez en la vida.

Aquí preso he reflexionado sobre mis errores, sobre las faltas que cometí. Quisiera regresar el tiempo y corregir todo lo malo que he hecho y no sé si algún día pueda hacerlo, confío en mi reintegración a la sociedad, espero tener la oportunidad que necesito una vez que me vaya de aquí; llevo ya tres años, la mitad de mi sentencia. He salido adelante con la ayuda de personas que se interesan en nuestra rehabilitación, y quiero decir que es una experiencia insólita.

Le doy gracias a Dios que me tiene con vida, aunque aquí a veces se siente que no la tenemos, pero sólo se necesita voluntad para lograr algo que una persona desea.

Aquí he reflexionado también sobre alguien que tuvo mucho qué ver con todo lo que ha pasado conmigo desde el momento de ser concebido y que hace mucho tiempo no sé de él. Hablo de mi padre. No lo juzgo por lo que hizo. Lo quiero; él me dio la vida, pero sí le pido a Dios que lo perdoné.

*Tomada del libro “Resplandor entre rejas”. Marco Antonio Espinosa López. Editorial “Benito Juárez” del SNTE. Octubre 2015.

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