Opinión | Somos seres inventados, nos reinventamos cada día

Acá en Latinoamérica nos atrapa la espada del futuro-imperio y la pared del pasado-conquista. Relegados a ser el apéndice de una infinita producción que rompe nuestra tierra, buscamos en el diccionario palabras para que entiendan y aplaudan nuestro dolor; aprendemos el segundo idioma y hablamos esa mejor que la nuestra, pues es el futuro del mundo civilizado. Al ser descendientes de españoles (y de muchos otros bastardos hijos de la máxima Latina) heredamos el miedo de ensuciar el idioma que concibió al nuestro (decía Borges que los españoles eran populacho, y caminaban agachados ante las tropas que hablaban latín puro). 

Acá en Latinoamérica, ocurre un fenómeno lingüístico que no tiene par en la tierra: son las palabras que inventamos, sin raíz y sin sentido que, no obstante, permiten comunicar. Podrá decir algún lector más erudito que yo, “que no, que las palabras inventadas pertenecen a las lenguas germánicas por excelencia, y tenemos millones de ejemplos en el inglés cotidiano que hablamos”. Pues se equivoca. Tomemos de ejemplo dining room (comedor). Si vamos a la raíz de dining la encontraremos de hecho, en el romance, en el francés antiguo, en la palabra dine: que surge a su vez, en modo abreviado del latín tardío dis (indica lo contrario) + ieuinare (algo rápido) = hacer despacio, disfrutar. Entonces no: la lengua inglesa moderna, si acaso, es una ladrona de etimologías, reflejo inequívoco de la voracidad materialista del imperio. Palabras inventadas en Latinoamérica son efímeras y mueren en el contexto que nacen. No tengo a la mano ninguna, pues son destellos de la brillantez de mis hermanos, que al carecer de lógica, sentido o fonética ortodoxa, no adhieren sus garras a mi memoria si no que solo la acarician, y brota de nuevo en mí la felicidad que brotó al oírlas por primera vez. No propongo rejuntarlas en un libro nuevo, pues ya tenemos suficientes. Propongo dejar de lado el purismo, pues solo oprime y segrega aunque sea, a una persona, y eso ya suena a injusticia.

¿Y qué si nuestra escritura es diferente? ¿Y qué si no nos voseamos? Yo digo que está en nuestro cerebro, dirigido por nuestros genes fallidos, que no toleran la opresión y se liberan todos los días, en traslapos neuronales, en actos fallidos, en horrores o en asentuasiones mendígas. ¿Qué es la dislexia si no il endividuo que se rebela ante un rey, ante rna ueina que aún gobiernan con detro corado? Pero ellos tienen armas psicofarmalingüísticas y rebelarse a ser esclavo es lo mismo a tener un problema. Claro que es un problema, pero no para nosotros: si no pueden imponernos bien su lengua ¿qué será en estas tierras nuestras de su bendita volunta’? Aquí hablamos pa’ la re fregada, y si alguien escribe feo nadie lo quiere leer; yo veo los símbolos en todas partes, si no decimos lo que quieren escuchar de la forma en que lo quieren que digamos, no nos oyen, es sencillo. Pues sacatengue al carajetengue, entre menos nos lean mejor.

En este campo de batalla poli frontal hay muchas formas de resistir, yo creo que la más significativa es la que menos afecta la materia y más eleva el espíritu. Por lo que más quiera no silencie las voces que salen de su pecho, escúchelas, anótelas, si no las puede escribir, invéntense un alfabeto, ahí después nos lo pasa.

Olvídese de reglas, olvídese de todo. Usted es su monarca pero también su propio esclavo.

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