Opinión | Urge ver de otro modo los tacos de maciza

Es un enorme pleito mundial que finalmente vino a dar a la realidad nacional.

Poco antes de que el hombre pisara la Luna, una preocupación global se centraba en la posibilidad de que se acabara la comida, que no hubiese suficiente campo para producir todo lo que llena el refrigerador de la gente.

Los científicos resolvieron el lío con semillas transgénicas, herbicidas y plaguicidas que dispararon la producción de casi todo lo que ustedes devoraron esta semana, pero ocasionaron otro problema que ya dio en el rostro del presidente Andrés Manuel López Obrador: las consecuencias hasta ahora desconocidas de arrojar a diario químicos sintéticos a la tierra.

El mundo se dividió: unos están con el secretario responsable del medio ambiente, Víctor Manuel Toledo, y advierten la indiscriminada destrucción de los hábitats.

Otros son defensores de la tecnología genética aplicada en vegetales y la ‘reconversión’ de suelos naturales, como el jefe de la Oficina de la Presidencia, Alfonso Romo Garza.

En medio quizá se ubiquen mexicanos como Andrey Zarur, el director de la empresa de Boston, Greenlight Biosciences, de cuyos experimentos con el ARN de las células he escrito anteriormente, y el mismo Secretario de Agricultura, Víctor Villalobos.

Este último estudió un doctorado en Canadá, país que practica en sus universidades sistemas de producción que permitan aprovechar incluso sus inhóspitos suelos cercanos a Groenlandia, con nuevas lámparas que multiplican la potencia de la luz solar en invernaderos cerrados.

Debe conocerlos Villalobos, quien recientemente visitó las bodegas que albergan los que sirven para experimentar a alumnos de la Universidad de Guelph, muy cerca de Toronto.

Creo que se equivocan quienes señalan el glifosato como la razón del problema entre uno y otro bando. Éste polémico herbicida es la chispa que saltó junto a un tanque lleno de combustible: la creciente narrativa de una producción de alimentos a costa de la vida de otras especies, misma que en zonas urbanas es visible cuando un vegano visita la casa de quien gusta de asar filetes.

Hay una realidad: los mexicanos consumen prácticamente todos los días material transgénico, bien por la vía de hojuelas de maíz con leche o cuando piden una orden de tacos “con todo”.

Ese cereal o la tortilla contienen granos modificados y si por casualidad escapan de esa suerte, seguramente el animal que donó la carne para el banquete creció comiendo esa mezcla genética entregada en forma de elote desgranado.

Lo mismo ocurre con el glifosato. Las producciones agropecuarias igual sean de limón o de papas, no alcanzan un nivel industrial si hay que quitar a mano las hierbas que crecen junto a los cultivos.

La solución usada por quienes lo venden es arrojar ese líquido al suelo, generalmente junto con un cóctel de químicos que matan bichos a un ritmo comparable con el de una explosión.

Conviene reconocer que todos quienes no se mueren de hambre son responsables de esa industria.

Se crea un nuevo problema al resolver la circunstancia con decisiones salvajes como la repentina prohibición de Semarnat de las importaciones del glifosato, vigente desde noviembre. Como parar un tren en movimiento quitándole las vías que va a recorrer.

Un decreto pretendió resolver el conflicto inicial esta semana con el aval presidencial para dar curso a una investigación científica encargada al Conacyt, pero me cuentan de un funcionario de segundo rango, con acceso a un botón, que paró el proceso.

Eso indica que el nivel de discusión en el gobierno no alcanza todavía la dimensión del problema que todos, incluso ustedes, tienen encima.

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