Opinión | XIV Domingo Ordinario

Faustino Armendáriz Jiménez

El Domingo pasado hemos escuchado, como Jesús reprende a Santiago y Juan (los hijos del trueno) por querer tomar represalias contra quiénes se negaron a recibir a Jesús. La invitación del Señor era dirigirse a otras aldeas para continuar la obra de la Evangelización; es así como llegamos al pasaje que hoy escuchamos.

San Lucas habla de 72 discípulos, para mostrarnos que la construcción del Reino de Dios no es obra de un pequeño grupo de selectos; si el mensaje del Evangelio se difundió por el imperio romano fue gracias a gran número de personas anónimas, igual que ocurre en nuestros días.

Entre el envío de los 72 y su vuelta san Lucas introduce el discurso de Jesús tiene unas palabras muy duras contra los pueblos que no acojan a los discípulos; en nuestra época tan políticamente correcta pueden escandalizar a algunas personas. Es claro que el Evangelio no se impone ni debe ser violento (como lo pretendía los hijos del trueno) pero la verdad no se puede ocultar, debe de quedarnos claro que “el Reino de Dios está cerca” al alcance de quién lo quiera abrazar.

Es curioso que lo primero que deben hacer los 72 es rezar para que el Señor envíe operarios a su mies. El domingo pasado Jesús hablaba con tanta dureza a quién pretendía seguirlo que parecía no querer seguidores. Aquí queda claro que son absolutamente necesarios y hay que pedir al dueño de la mies que los envíe. El dueño de la mies no es Dios Padre, sino el mismo que Jesús, que les ordena ponerse en camino. Con una advertencia y unas órdenes.

La advertencia es: ‘no van a una labor fácil ni agradable’. Van como corderos en medio de lobos. El peligro no es desilusión que provoca la muerte sino la desilusión que desprestigia y tira por tierra el mensaje del Evangelio. El imperio romano estaba repleto de grupos y predicadores religiosos parecidos a muchos de los actuales que utilizan la religión como forma de ganarse la vida. Por eso, la mejor forma de evitar las desilusiones de ‘los lobos’ es llevar una forma de vida totalmente autentica y austera: “no lleven ni dinero, ni morral, ni sandalias.” Y añade: y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Eso mismo le dijo el profeta Eliseo a su criado Guejazí, un día que lo envió a una misión urgente (curar al hijo de la sunamita). La misión de los discípulos es urgente, no se puede perder el tiempo charlando a mitad de camino, es decir: la obra Evangelizadora no es pretexto para la promoción personal y los protagonismos, la Misión exige del discípulo-misionero coherencia de vida.

¿Qué hacer cuando llegan a un pueblo o aldea? Jesús concede una importancia capital al alojamiento, insistiendo en no cambiar de casa. Probablemente refleja su experiencia personal; y san Lucas, la de los primeros misioneros. El cambiar de casa puede provocar muchos celos y tensiones, el ir buscando acomodarse a las circunstancias o peor aun, el buscar privilegios es un peligro que se debe evitar.

El final del relato de este domingo, es alentador, la misión es difícil, sin duda habrá rechazos e incomprensiones, pero el discípulo-misionero tiene la garantía que su mensaje lleva el poder del Señor para “aplastar serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo y nada podrá hacer daño”.

Ante la aplastante cultura de la muerte, ante los continuos ataques a la dignidad de la persona y la integridad de la familia, no debemos tener miedo ni perder la esperanza. El Reino de Dios está cerca, nuestro mensaje tiene la garantía de Cristo resucitado, no todos entienden este misterio, nuestra tarea es seguir evangelizado, Que Dios, el dueño de la mies, mueva los corazones de los hombres para que la semilla de su Palabra de fruto. Amén.

 

 

 

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