Opinión | Ya no soy feminista

“Queremos ofrecer una alternativa a las mujeres que no se dicen feministas, pero a quienes les preocupa la violencia feminicida, la desigualdad de género. Quieren marchar, pero en un grupo heterogéneo, no violento”, me dijo Lourdes Motta en una entrevista telefónica esta semana.  

Motta funge como vocera de la campaña Mujeres Vivas. Mujeres Libres, que se lanzó en octubre de 2020. “Vimos mujeres que no eran parte de ninguna colectiva. Nos dicen: ‘no me quiero etiquetar como feminista, pero quiero aprender más'”. 

Hablábamos a propósito de la violencia feminicida, para aprovechar el ímpetu romántico de estos días, con los omnipresentes anuncios de San Valentín. El 14 de febrero es un buen día para recordar que la violencia no es amor, pensé. A diferencia de casi todo lo demás que he visto o leído en los últimos años, estaba ahora frente a una mujer impetuosa, que defendía con ahínco ese grupo de las defensoras de las mujeres, que no se dicen feministas. Motta me decía también que otras mujeres querían visibilizar el tema, y hacerse visibles. Me compartió cifras espeluznantes.  

Una de cada tres mujeres está sufriendo violencia de género durante la pandemia. La mayoría de los casos suceden en el ámbito doméstico. Muchas mujeres ahora conviven más tiempo con su agresor y eso incrementa la frecuencia con que son violentadas, con palabras, el control de sus tiempos, de su dinero. En los últimos diez años, según datos recopilados por Amnistía Internacional en fuentes oficiales, 31 mil mujeres fueron asesinadas en México. Actualmente, más de 4 mil de esos casos son investigados como feminicidios. 

En 2020 hubo más de 260 mil llamadas al 911 para reportar incidentes de violencia hacia mujeres. Desde la Red Nacional de Refugios, donde han instaurado 75 espacios de protección en el país, la tendencia luce similar. Durante noviembre y diciembre de 2020, cada hora una mujer en México buscó su ayuda. En ese año, se incrementaron en 300% los rescates a las mujeres. Más de tres mil mujeres, niñas y adolescentes fueron asesinadas. De esos homicidios, solo 969 se investigan como feminicidios. El 75% de las que buscaron un refugio estaban sufriendo violencia por sus esposos, novios o exparejas.  

Las estadísticas de Amnistía Internacional y la Red Nacional de Refugios, organizaciones que agrupan a muchas mujeres que se reconocen como feministas, son similares a las que comparten en Vivas y Libres. También coinciden en otras problemáticas, como señalar la romantización de la violencia. “Tenemos normalizado, muy romantizado, los celos, la invasión a la privacidad. Y no es romántico, son prácticas de poder y control”, me dijo Motta. 

¿Por qué entonces en la campaña que ella promueve insisten en que no están relacionadas con ninguna colectiva, que buscan vincular a la marea morada, feminista, y a la verde, por la legalización del aborto, al margen de cualquier organización? La segregación de estos grupos, la separación y la búsqueda de alternativas para sentirse incluidas, la afirmación de otras chicas que dicen “no soy feminista” o “soy una verdadera feminista” me hacen pensar si no estamos cayendo todas en la romantización del feminismo, en la clasificación de nuestros feminismos, en el desmembramiento de nuestras luchas.  

¿Estamos en el juego de creer que el feminismo es uno, indivisible, frágil, o podemos asumir los riesgos colectivos y al mismo tiempo admitir que somos distintas y podemos encontrar nuestra propia deconstrucción en espacios diversos? Creo que podemos unirnos ante una situación violenta, o ser solidarias en una emergencia, y al mismo tiempo criticarnos, dividirnos, luchar de manera distinta.  

Encontrar nuestro propio espacio, en ese inmenso torrente del feminismo hoy, también es parte de las batallas que aún nos faltan por ganar. 

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