Ruidos sospechosos

-Oye we, porqué no me habías invitado a participar en nuestro espacio…;- ¿Nuestro espacio? ¡Ah caray! Veo que no has entendido que este espacio no ha sido, no es, ni será tuyo. Así que ya deja de estarte apuntando en la lista que nunca fuiste invitado. – Chale. Creí que con estos días de ausencia recapacitarías en tu manera de tratarme, pero ya veo que no; sigues mostrándome tu total indiferencia y, sobre todo, tu manera tan vil de valorarme -.  Ya no seas chipil. Dime porqué te perdiste tantos días. Andabas resguardándote del Coronavirus o qué onda.

– Nel. Si he tomado las medidas pertinentes como lavarme las manos con abundante agua y jabón, uso mi gel antibacterial, no estornudo ni toso sin protegerme la boca y nariz; no me auto medico, no saludo de beso ni abrazo; pero, sobre todo, he evitado caer en la paranoia como para no querer que nadie se me acerque ni en mis sueños -. 

Pues haces muy bien, aunque todo eso lo debemos hacer con o sin contingencia de Coronavirus. Pero bueno. Con tu permiso, me gustaría empezar a comentar sobre algo que se ha convertido en mero show, desde hace algún tiempo. Me refiero a La Mañanera. – Oye we; dame chance a mí de hablar de algo más importante que eso, por favor. Hoy me aventé una aventura que aún me eriza la piel -. ¡Ah Canijo! A ver vamos a ver con qué sandez sales el día de hoy.

– Pues resulta que estaba yo bien entregado a los brazos de Morfeo, cuando de repente, por la falta de potasio, me empezó a dar un calambre en la punta del dedo gordo del pie derecho. Empecé a sentir un estiramiento muscular que me llegó hasta arriba de la rodilla. No lo vi, pero creo que mis deditos del pie se encogieron como se encojen los billetes en fin de quincena. El dolor se fue intensificando conforme trataba de incorporarme porque, neta, se siente bien gachote we. No sé cuánto tiempo pasó, la verdad; pero mínimo unos diez minutos si me agarró de bajada el calambrito jijo de su…-; ¡Ey tú! No empieces, porque te vuelvo a desaparecer unos días. 

– Bueno, dadas las circunstancias de que el cabecita de huevo me coarta mi libertad de expresión, prosigo. Pues después de unos minutos de estar resistiendo como si estuviera en un aparato de tortura de la Santa Inquisición; me recosté con toda la intención de volver a conciliar el sueño; sin embargo, cuando comenzaba a volver a entregarme a las caricias de mi almohada ¡Saz! Un ruido extraño comenzó a surgir entre las tinieblas de la madrugada. 

Cada vez se hacía más intenso. Parecía que algún mueble golpeteaba contra la pared. Pensé que era una ráfaga de viento haciendo de las suyas nuevamente. Pero no. Alerté mis oídos y me percaté que no era el viento. El ruido se volvía cada vez fuerte. Mi corazón empezó a experimentar una taquicardia y un sudor frío me comenzó a invadir. No sabía sí encender la luz o sumergirme entre la frazadita con la que me tapo ahora que empieza a hacer calor -. 

Bueno y por qué no encendiste la luz. – Nel we. Qué tal si andaba algún extraño merodeando por ahí y lo alertaba…-; Entonces ¿Qué hiciste? No creo que ese ruido extraño fuera sólo producto de tus ganas de ir a la cocina y atragantarte como siempre. – Nel we. Ya una vez pasó lo mismo pero se escuchaba afuera y, cuando me asomé, era un pinche gato que andaba haciendo picnic en el patio…-; está bien, sigue contando.

– Pues además de la taquicardia que me aquejaba y del sudor inmenso que me estaba invadiendo, me llegaron unas ganas enormes de ir a tirar el miedo; me creerás que hasta el dolor del mendigo calambre se me olvidó. Y más cuando empecé a escuchar unos gritos muy extraños… Luego esos gritos se transformaron en unos gemidos que me erizaron la piel; pues recuerdo que cuando era pequeño, allá por las tierras que me vieron nacer, se escuchaban los gemidos, dicen que de la Llorona, ve tú a saber. 

Pero sabes mi cabeza de foco, lo que más me angustió fue que, de repente una voz muy espantada comenzó a gritar que ya, que ya… Y yo no sabía qué hacer we. De verdad no supe si hablarle a la policía, despertarte a ti que estabas bien jetón, o ir a tirarle paro a quien estaba implorando que ya le dejaran -.

Mira grandísimo Barbaján cállate ya; tenías que salir con tus babosadas. – ¿Por qué we? ¿Yo qué hice? Pues mendigos calambres me despertaron y ya no me pude dormir con tan sospechosos ruidos nocturnos  -. Mira, mejor ya cállate. No te diré nada porque si alguno de los vecinos que rodean mi casa llega a enterarse de que te despiertas en la madrugada con cualquier ruido nocturno, el que va a pagar los platos rotos soy yo o se van a limitar a actuar.

– ¡Ah mira! ¿Tienes vecinos actores? No te vayas. Oye we, no me dejes así, dime por lo menos que puedo dormir sin ningún riesgo de padecer un ataque de alguien por las madrugadas…;- ya cállate baboso. Tan bien que estuve estos días sin ti. – Oye we, oriéntame en lugar de regañarme. No me digas que no estuvo más interesante que la jalada de mañanera de la que querías platicar -. Vámonos ya.

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