Solemnidad de la Ascensión del Señor

Por Faustino Armendáriz Jiménez

Arzobispo de Durango

El Triunfo de Jesús y la Misión de los Discípulos

¿Qué hacen allí parados mirando al cielo?

Hech. 1 1-11

Y durante cuarenta días el Señor Resucitado se dejo ver a sus discípulos y les hablo del Reino de Dios, ¿Qué significa, este periodo de tiempo? El número 40 se usa en la Biblia para indicar plenitud, sobre todo cuando se refiere a un período de tiempo. El diluvio dura 40 días y 40 noches; la marcha de los israelitas por el desierto, 40 años; el ayuno de Jesús, 40 día, etc. En este caso, lo que pretende decir san Lucas es que los discípulos necesitaron más de un día para convencerse de la resurrección de Jesús, y que Jesús se les hizo especialmente presente durante el tiempo que consideró necesario.

Y apartándose de ellos se fue elevando al cielo, esta imagen es bastante representada por los artistas, y la tenemos incorporada desde niños, además de formar parte de nuestra profesión de fe. Alguno podría imaginar que esta escena se encuentra en los cuatro evangelios. Sin embargo, el único que la cuenta es san Lucas, y por dos veces: al final de su evangelio y al comienzo del libro de los Hechos. Pero lo hace con notables diferencias, invitándonos así a no quedarnos en lo externo del acontecimiento, sino que debemos buscar el mensaje profundo.

En la primera lectura vemos como los discípulos muestran una vez más su preocupación política por la restauración del reino de Israel: Señor ¿ahora sí vas a restablecer la soberanía de Israel? pero Jesús desvía y centra la atención en la próxima venida del Espíritu Santo, que les dará fuerzas para ser sus testigos en todo el mundo. La reacción de los discípulos es quedarse embobados mirando al cielo. Pero Jesús insiste en la fuerza del Espíritu Santo que acompañará a los apóstoles.

Por eso, la Ascensión, el misterio que hoy celebramos, no es motivo para quedarse mirando al cielo. Hay que mirar a la tierra, al mundo entero, a las periferias existenciales, sin miedos, sin demoras y sin ascos, los discípulos de Jesús, los de ayer y los de hoy, debemos continuar la misma obra del Maestro, contando con la fuerza del Espíritu y la compañía continua del Señor.

La comunidad de Discípulos, los cristianos de ayer y de hoy, debemos aprender a meternos con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achicar distancias, abajarse hasta la humillación si es necesario, y asumir la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los seguidores de Jesús tendrán así «olor a oveja». Actuando así la comunidad cristiana se dispone a «acompañar». Acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Sabe de esperas largas y de aguante apostólico.

Pero los discípulos debemos tener mucha paciencia, nuestra misión dará frutos, así como el sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas, también nosotros con la fuerza del Espíritu, debemos buscar caminos para que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados. El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como testimonio de Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora.

Hermanos con la absoluta confianza en Jesucristo vencedor de la muerte, quién hoy ha sido Glorificado en lo más alto del cielo, volvamos a nuestra vida ordinaria convertidos con la fuerza del Espíritu en los discípulos y misioneros para que nuestros pueblos en Él tengan vida.

 

 

 

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