Con el jazz en las venas

Por Miguel Angel Burciaga Díaz

El célebre director Paul Whiteman hacia los años 20’s presentaba conciertos con su conocida orquesta con el fin de procurar que el “jazz”, la nueva música americana, fuera de a poco ganando renombre en foros más académicos e internacionales, a pesar del éxito que tenía en las calles.

Whiteman consideraba que el jazz y otros géneros musicales de raíz afroamericana, eran la música que realmente le daba identidad cultural a los Estados Unidos, y que era momento que la producción académica de una nación tan poderosa tuviera una personalidad propia e inconfundible.

Ya había hecho varios intentos con intérpretes y compositores con éxito mediano, aunque avanzaba con paso firme, fue por ello por lo que para uno de sus conciertos de 1924 consideró pedirle al más famoso compositor de canciones de jazz de New York una obra sinfónica para uno de sus conciertos.

Ese afamado músico y virtuoso pianista tenía tan solo 25 años entonces, era toda una celebridad en el medio del teatro musical, y no solo eso, tenía un apasionamiento como pocos por el estudio de la tradición sinfónica de la música Occidental. Sin duda alguna, era la figura que Whiteman necesitaba para enganchar a una mayor audiencia a su proyecto y para materializar sus aspiraciones.

Cuando Whiteman le contó al joven del propósito de hacer un concierto de música clásica inspirada en el jazz creada por autores norteamericanos, éste se mostró muy entusiasmado y aceptó gustoso el encargo. Sin embargo, era tanto su trabajo y sus ocupaciones que olvidaría por completo el acuerdo, hasta que pocas semanas antes del concierto leería una nota en el periódico New York Tribune, el 4 de junio de 1924, que decía “What Is American Music?”, en la cual anunciaban el concierto sinfónico experimental de Whiteman con obras sinfónicas y jazz, entre las cuales mencionaba los estrenos de un poema sinfónico sobre las síncopas de Irving Berlin, una suite americana de Victor Herbert y un concierto de jazz de George Gershwin, y vaya sorpresa, él era George Gershwin y había olvidado por completo escribir tan siquiera una nota de ese concierto.

Comprometido moralmente con el proyecto y confiado en que él coincidía con las intenciones de Whiteman de darle más prestigio al jazz, Gershwin se avocó de lleno en la composición de la obra, al punto que muchos de los temas nacerían en un viaje de tren cotidiano, como el mismo compositor le contó a su biógrafo Isaac Goldberg.

A pesar de no disponer de más de cinco semanas para terminar el proyecto, Gershwin creó temas geniales que ilustraban la música del blues, el jazz, el ragtime, el teatro de variedades e incluso la agitada vida de New York. Fue así como nació su obra más célebre, el concierto para piano llamado “Rhapsody in Blue”.

Llegado el día del estreno que se había anunciado con bombo y platillo, la audiencia estaba desesperada, en parte porque era verano y se había roto el aire acondicionado, y por otro lado porque la esperada obra de Gershwin era la penúltima del programa después de casi 20 piezas que no fueron de mucho agrado en un público que tenía entre sus filas a grandes personalidades como el gran vanguardista Igor Stravinsky, el notable pianista y compositor Sergei Rachmaninoff, el virtuoso del violín Fritz Kreisler, el célebre director Leopold Stokowsky o el famoso compositor de marchas militares Phillip Sousa.

Cuando apareció Gershwin en escena para ejecutar al piano su propia obra con la dirección orquestal de Whiteman, acabó el suspenso y desde el comienzo con ese glissando de clarinete, uno de los más célebres de la historia de la música, que fue incorporado a la obra en los mismos ensayos al concierto por Gershwin después de que el clarinetista le jugó una broma con ese motivo, hasta el pomposo final de grandes acordes, la obra fue un éxito abrumador.

En tan solo 3 años, Whiteman dirigió casi 100 veces la obra y se vendieron 25 millones de copias de las primeras grabaciones de la misma alrededor del mundo. Gershwin saltó de su prestigio como compositor de jazz a convertirse en un líder en la creación de música académica, precursor de un auténtico estilo sinfónico estadounidense.

La obra no sigue la forma tradicional del concierto en tres movimientos, sino que funciona como una serie de preciosos temas encadenados, que nos hacen viajar a pleno por los más distintivos elementos de la música que se escuchaba en aquel entonces en la agitada ciudad de New York.

Después de esto, Gershwin combinaría su actividad como compositor de canciones, con la creación de notables obras musicales que le darían aún mayor prestigio como su concierto para piano o su ópera “Porgy and Bess”, sin embargo, en la historia de la música clásica de Estados Unidos, “Rhapsody in blue” es la que ocupa el pedestal de oro como la más célebre de toda su historia.

Sobre el título aclaro una duda común del público hispanohablante, continuamente verán traducida la obra como “Rapsodia en Azul”, lo cual es un error histórico que se repite comúnmente, ya que la palabra blue no hace alusión al color, sino a un género musical y a algo que en el jazz se conoce como “Blue note”, que son ciertas notas que se cambian dentro de una escala musical común para darle un color especial en las secuencias musicales e improvisaciones típicas del jazz, y que son características del modo en que Gershwin estructuró los materiales que componen su famosa Rapsodia.

Seguro que todos conocen esta obra, pero ¿quién puede cansarse de escucharla una y otra vez?, así que si este artículo los motiva, ahora que conocen la historia, elijan su reproductor o plataforma de música favorito y deléitense con la magia de “Rhapsody in Blue” de George Gershwin.

Dudas y comentarios: miguel.burciaga92@hotmail.com

Puedes comentar con Facebook