El tiempo es su camino | Es que suena desafinado

Por Miguel Angel Burciaga Díaz

Hace varios años al terminar un concierto recuerdo que se me acercó a saludar la esposa del que entonces era un funcionario importante de aquel momento. En esa ocasión toqué algunas piezas de Ricardo Castro y me dijo que le parecieron muy bonitas, sintió alivio de escuchar la música de Castro y no la de Revueltas, porque me dijo “Revueltas no me gusta, es que no le entiendo, es que suena desafinado”. Más allá del humor con los que la gente se toma esta anécdota cuando lo cuento y que incluso algunos más bien manifiestan indignación, este relato me hace traer a colación el tema del artículo de hoy en mi intento por acercarlos a la música contemporánea.

Más allá de que decir algo así de la música sinfónica de Revueltas pueda ser absurdo, es común que la gente se disguste por las sonoridades disonantes que caracterizan a gran parte de las expresiones musicales que acompañan a la música del siglo XX y que comúnmente les dicen desafinaciones, ruidos o simplemente podrían decir que suena feo. Si bien Revueltas recurre a las disonancias y las que eran nuevas herramientas compositivas en su época, estamos hablando tan solo de lo que era una propuesta estética de hace más de 70 años, pocos años después de eso, el rumbo de la música en cuanto sonoridad dejaría de tener un límite de referencia y sería mucho más extremo.

Efectivamente, existe una gran discusión entre la audiencia y los músicos sobre la aceptación de los nuevos lenguajes y la valoración de los códigos musicales impuestos desde la música de tradición tonal, que gobernó todo el repertorio desde el barroco y gran parte de él hasta nuestros días incluso. Sin embargo, todas las artes propusieron nuevos códigos y expresiones para manifestar el discurso estético, lo cual era un camino natural de un mundo que dejaba de centralizarse en algunos pocos países de la Europa Occidental y empezaba a brindar un nuevo rango de jerarquía al pensamiento artístico de otras regiones. Sabemos que durante el siglo XIX en toda América no teníamos un solo compositor que compitiera en la calidad de su obra siquiera con alguno de los genios alemanes como Schumann o Brahms. Esto no era problema de falta de talento, sino que los códigos compositivos eran impuestos y decididos en todas sus características por los europeos. Incluso una figura como Ricardo Castro a pesar de algunos gestos de autenticidad, trata de imitar todo el tiempo a compositores como Chopin, Liszt o Debussy, porque era así como se imponía el mundo artístico de aquél entonces.

Con los radicales cambios sociales, políticos y económicos que trajo el siglo XX, la propuesta de lenguajes explotó en la misma Europa en regiones que escapaban al control de las naciones que siempre marcaron la tendencia en la música académica y en poco tiempo esto se expandió al resto del mundo. Volviendo al caso mexicano de repente tomaron importancia los nombres de Revueltas, Chávez, Ponce, Carrillo, Galindo o Moncayo, por mencionar tan solo algunos, pero no solo músicos, también aparecieron los genios pictóricos que asombraron al mundo como Rivera o Siqueiros y a los pocos años aparecería en la literatura el famoso “boom latinoamericano”, por mencionar algunos ejemplos.

La diversificación cultural no es el único factor que influyó en el nacimiento de nuevas estéticas, también tuvo mucho que ver el terrible cambio que provocó el colapso del mundo occidental con la Segunda Guerra Mundial, donde Europa quedó tan devastada, que ellos mismos no querían volver más a los lenguajes tradicionales de la música debido al dolor que implicaba recordar el gran desastre en el que terminó un estilo de vida que predominó por casi dos siglos.

En su momento, las primeras vanguardias previas a la Segunda Guerra tuvieron éxito en la audiencia, no molestaban el empleo de disonancias, el desapego a las técnicas tonales, la búsqueda de efectos instrumentales poco convencionales, el empleo de músicas tradicionales no europeas dentro de la música académica, el rompimiento del concepto de acorde de acuerdo con la armonía tradicional, entre otras cosas. En realidad, la gran audiencia renunció a la adaptabilidad de su oído a nuevos lenguajes cuando apareció el estallido masivo de la música comercial en empresas radiofónicas y productoras de discos.

Toda la música comercial era tonal, con acordes típicos, giros melódicos que se usaban desde el barroco, ritmos poco sofisticados, lenguajes accesibles con los que nadie niega que se pueden hacer canciones hermosas, pero sin duda alguna convertirlo en una tendencia que gobierna prácticamente todo el tiempo que una persona dedica al consumo de música, naturalmente nos alejó como sociedad de los lenguajes y propuestas innovadoras que existían en la música académica. Si bien algunos lenguajes son más complejos e incomprensibles que otros, como con casi cualquier producto cultural, una vez que la gente se empieza acercar a diferentes planteos sonoros, se va habituando y de a poco va apreciando las nuevas propuestas.

Gran parte del público mismo, dentro del ámbito comercial se hartó de los sonidos cotidianos y agradables y empezó a potenciar el mercado de expresiones como el rock o músicas influenciadas por tradiciones populares donde los sonidos fueran diferentes, más agresivos, estridentes, enérgicos, o simplemente poco convencionales. Lo que desde la música comercial parecía una novedad en géneros como el rock progresivo o el metal, eran propuestas sonoras anticuadas como exploración musical en la música académica que utilizaba este tipo de recursos 50 o 60 años antes de estas expresiones y que para entonces su camino era aún más diverso.

El error que cometemos como audiencia es escuchar un lenguaje contemporáneo esperando que suene como la música tonal, sabemos que iremos a ver algo diferente y pasamos la hora de concierto tratando de atrapar una melodía pegajosa o un ritmo que nos agrade porque se parece a lo que escuchamos cada día. Reconozco que es difícil cambiar nuestro enfoque porque desde que nacemos vivimos inmersos en la música tonal, sin embargo, tampoco es imposible, nuestra gente ama una obra de Rivera o de Picasso, porque la valora en el contexto de su lenguaje, porque si lo que buscara fuera perfección fotográfica, cualquiera de las obras de estos genios sería un espanto. Es como juzgar una novela esperando encontrar las rimas y los versos medidos de un poema. Es como mirar una película de cine de autor esperando una trama monótona de buenos peleando contra malos como pasa en las películas de superhéroes de moda. Tenemos que entender que el arte tiene mucho para decir y debe decirlo de todas las maneras posibles, como público tenemos derecho a contemplar esas expresiones y mirar si estamos de acuerdo o no, si nos gustan o no. Lo que no nos conviene como sociedad es juzgar como malo todo lo que no entendemos, porque a veces en aquellas cosas que no comprendemos se encuentran ideas que pueden enriquecer nuestro mundo y las descartamos solo porque su planteo es diferente.

No se asusten con los ruidos, las disonancias, los efectos, los instrumentos poco convencionales, el arte musical tiene posibilidades infinitas y es una expresión que dialoga con el acontecer de nuestra realidad, tratemos de acercarnos de a poco a todo este original mundo sonoro y démonos la oportunidad de reflexionar sobre el aporte de las nuevas ideas.

Dudas y comentarios: miguel.burciaga92@hotmail.com

 

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