El tiempo es su camino | No recuerdo que pasó

Por Miguel Angel Burciaga Díaz

Una de las cosas que suele incomodar mas a la audiencia cuando se enfrenta a sus primeras experiencias con la nueva música es que es muy difícil de aprehender. Lo que quiero decir con esto, es que como audiencia naturalmente estamos acostumbrados a que la música quede impregnada en nuestra memoria y llevarnos un poco de ella a nuestra vida cotidiana una vez que termina el concierto o la experiencia auditiva con la que nos vinculamos a ella.

Como lo mencioné en el artículo anterior, justamente la melodía es uno de los rasgos que directamente se impregnan en la memoria, de hecho, tal vez sea el más directo en comunicarse con nuestra emotividad y uno de los modos más eficientes para transmitir cualquier tipo de idea musical. En la música que solemos frecuentar, la melodía además se enmarca por otros elementos que se vinculan directamente con nuestra afectividad, principalmente el ritmo y la armonía, esta última si bien la audiencia no la entiende desde lo teórico, dado el contexto musical en el que crecemos la tenemos bastante integrada en el oído y según las combinaciones de los sonidos que nos presenta la música reaccionamos de un modo afectivo determinado.

Sin embargo, la música académica muchas veces, al igual que la literatura, no pretende solo llevarnos un contenido estético que impacte en lo emocional o lo sensible, sino que en general tiende a una profundidad intelectual de distintos nivele, lo cual se puede apreciar desde sus orígenes en la Edad Media.

La música académica contiene mensajes que van más allá de nuestros primeros impactos emocionales, por ejemplo, si bien podemos deleitarnos con la hermosura de los emocionantes motivos que integran a la sonata “Claro de Luna” para piano de Beethoven, la obra trasciende por mucho la mera impresión dramática que nos emociona, ya que es la mirada profunda de un hombre sobre la depresión contrastada con la desesperación, en este caso vivida personalmente por el autor, pero aún así no solo se presenta desde el plano personal, sino que representa lo complicados que pueden ser estos sentimientos para cualquier persona, a su vez, estos conceptos se usan para elaborar una profunda reflexión musical sobre uno de los temas más citados por la filosofía y las ciencias del pensamiento, que es justamente el modo que un ser humano encara a la muerte.

Se podría decir más de esta pieza, como con cualquier obra de esta calidad, pero este solo ejemplo es útil para demostrar que la música académica esta plena de significados y relaciones, cuyas lecturas hasta el día de hoy no se agotan. El problema es que la audiencia necesita un mayor acostumbramiento a la audición de este tipo de música y que aún así a veces es difícil acercarse a esta riqueza de contenidos intrínsecos, ya que, como lo mencioné en el artículo anterior, estamos habituados culturalmente a consumir una música que genera un impacto emocional inmediato y de corta duración.

Nunca es mi intención juzgar la música de masas o de la industria comercial, como en cualquier expresión artística existen cosas de gran calidad como otras que merecen críticas apabullantes, más los juicios de valor son propios para otra discusión que tal vez en otro momento expondré. Simplemente lo relevante de esta cuestión es mencionar que este tipo de música al ser la más frecuentada, nos acostumbra naturalmente a escuchar toda la música del mismo modo y lógicamente esperamos el mismo impacto estético de la inmediatez emocional.

Cada canción que escuchamos en la radio, por ejemplo, si nos gusta al momento de percibirla, naturalmente nos queda impregnada en la memoria, si no con precisión computacional, si al menos una idea bastante cercana a lo que escuchamos, la cual nos va acompañando naturalmente por un tiempo hasta que sentimos la necesidad de volverla a escuchar para retroalimentar nuestra experiencia.

La música académica del repertorio tradicional, desde esta perspectiva, tiene naturalmente fragmentos memorables, volviendo al ejemplo anterior, es casi imposible no retener en una primera impresión esos acordes dolientes del primer movimiento de la sonata “Claro de Luna” y ese simple motivo melódico que evoca a las marchas fúnebres, también sería poco creíble que un espectador no se lleve en su memoria los pasajes de gran virtuosismo y dramatismo de los motivos que integran el enérgico tercer movimiento. Sin embargo, una vez que superamos esa primera experiencia emocional, si tuviéramos la oportunidad de escuchar la sonata una segunda vez, no solo nos volvería a emocionar, sino que además empezaríamos a entender otros elementos de su contexto.

El problema de la música contemporánea es que ha renunciado a las melodías, a las armonías convencionales y a los ritmos con los que estamos familiarizados, presentándonos muchas veces manifestaciones sonoras que nos parecen rompecabezas de miles de piezas y que debemos armar en el tiempo que dure la obra, porque difícilmente podemos llevarnos algo de eso a nuestra casa, mucho más si son nuestros primeros acercamientos a la nueva música. Esto no quiere decir que rechazar los mecanismos tradicionales de composición sea un error y que a eso se debe la falta de afecto por la música contemporánea, simplemente que los compositores recientes o vigentes consideran a un público que ya ha escuchado todo lo demás y por ende espera una comunicación más directa con la fenomenología de la obra al momento de escucharla.

La música contemporánea nos presenta otros códigos sobre el modo de presentar las ideas, si bien gran parte de la música tiene una compleja intención intelectual, eso no quiere decir que no pueda tener un vínculo emotivo con la audiencia, simplemente lo que cambia son los medios por el cual trata de impactarnos sensiblemente. El hecho de escuchar canciones populares o  conocer poco de la música académica del repertorio tradicional,  no significa que la audiencia esté negada a la audición de música contemporánea, en realidad, estimados lectores, la nueva música produce una vivencia estética totalmente diferente de la que están acostumbrados y como todo puede ser de su agrado o no, pero para entenderla hay que mirarla desde otro lugar, tal vez no nos llevaremos en nuestra mente muchos elementos musicales concretos, pero sin duda alguna, conforme vamos asimilando otros códigos sonoros, la vivencia de ese momento redundará en nuevas lecturas y visiones de lo que acontece en nuestro mundo, porque a fin de cuentas es música vinculada con lo que nos pasa a nosotros en la realidad actual y nos acompañarán en las interpretaciones cotidianas que creamos al comunicarnos con nuestro entorno.

Dudas y comentarios: miguel.burciaga92@hotmail.com

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