El tiempo es su camino | Realeza vs. Realidad XIII: La calma que precede a la tormenta

Por Miguel Angel Burciaga Díaz

Las dos décadas que siguieron a la Primera Guerra Mundial y precedieron a la Segunda, resultaron en años muy prolíficos e interesantes para las elecciones creativas de los artistas y una variedad de nuevos estilos que supera incluso al fervor con el que se había recibido al nuevo siglo XX. Esta revolución artística fue una respuesta directa al impacto que tuvo la Primera Guerra Mundial en Europa, ya que naturalmente desapareció aquella corriente que apoyaba al poderío de los imperios previo al conflicto bélico y prevalecieron los grupos que siempre mantuvieron una postura crítica ante estas políticas.

La música, al igual que el resto de las artes, sintió una necesidad de confrontar la cultura que promovían y defendían los grandes imperios, aquellas tradiciones en las cuales justificaban su grandeza y de las que se sentían orgullosos, de modo que las vanguardias eran una crítica directa al arte que prevaleció durante el siglo anterior y además buscaban acompañar esa desesperada necesidad de cambio en la vida europea, la cual no logró encontrar rumbo en esos años venideros.

La región austro-germana, que fuera la gran perdedora de la guerra, fue obligada a pagar drásticamente los platos rotos del conflicto, lo cual traería una terrible crisis económica, geográfica y política en su zona. A pesar de esto, esos nuevos compositores que desde antes se habían rebelado contra el imperio y de los cuales la mayoría compartían una ideología socialista, encontraron en este nuevo entorno una ratificación a sus propuestas, pues naturalmente siendo ellos los excluidos del viejo imperio, sentían la necesidad de tomar el mando del rumbo musical de su nación.

Autores como Schoenberg, Berg y Webern extremaron sus vanguardias, tomaron un importante renombre en los círculos intelectuales europeos y crearon estilos cada vez más distantes de la tradición que tanta gloria le diera a ese país en otros tiempos. A su vez, aparecieron nuevos compositores jóvenes que, si bien no pertenecían a la corriente de los antes mencionados, aportaron más novedad y variedad a la música, promoviendo una optimista necesidad de modernización y cambio que les evitara volver a los errores del pasado, entre ellos destaca el nombre de Paul Hindemith, quien a través de su original música de cámara y sinfónica rápidamente tomaría renombre, y por otra parte Kurt Weill, quien haría óperas sarcásticas y escandalosas para entonces, de gran contenido crítico, revalorizando expresiones musicales como era el jazz, la música de cabaret y de la vida de los barrios sórdidos de la región. A pesar del entusiasmo de estos compositores, sus voces serían terriblemente acalladas y reprimidas a los pocos años con la llegada al poder del partido Nazi, para el cual todos se convirtieron en enemigos obligándolos al exilio o al silencio.

En Francia, el fin de la guerra coincidió con la muerte de Debussy, quien fuera su máximo referente hasta entonces. Siendo Debussy un gran vanguardista, pero asociado a impulsar el optimismo de la modernidad que prometía la Paz Armada, una nueva generación de compositores jóvenes verían en esto el fin de una era y la necesidad de seguir nuevos rumbos, de esta generación destaca el famoso grupo de “Les Six”, integrado por los nombres de Poulenc, Milhaud, Honneger, Durey, Tailleferre y Auric, todos ellos promovidos por el gran revolucionario del arte Jean Cocteau, quienes decidieron criticar duramente las músicas asociadas a la influencia Wagneriana o al impresionismo de Debussy o Ravel. Si bien los estilos de cada uno de ellos son notablemente diferentes, todos parten de una necesidad de valorizar expresiones musicales hasta entonces condenadas por la academia, como era el caso de la música de café concert, el jazz, el cabaret o géneros populares de regiones distantes como lo haría Milhaud al involucrar la música brasileña, y también empleaban técnicas de lenguaje compositivo bastante opuestas a lo que fuera la tradición previa.

Otro movimiento relevante del período de entreguerras fue el neoclasicismo, el cual fue adoptado y experimentado por grandes compositores que venían de ámbitos distintos y que para muchos de ellos fue un refugio ante el impacto que les provocó la guerra, puesto que en general apoyaban la promesa de progreso de las grandes potencias, como fuera el caso de Ravel, Stravinsky o Richard Strauss. A este movimiento otros compositores aportarían algunas de sus creaciones tales como Bartok, Hindemith, Prokofiev, Nielsen, De Falla, Casella o “Les Six” de Francia mencionados anteriormente.

El movimiento neoclásico llama la atención, porque no representa una escuela en sí misma, sino una necesidad compartida de retornar a los géneros y estilos compositivos previos a la época romántica musical, especialmente el clasicismo y el barroco. Si bien la mayoría de los compositores que tienen obras de este tipo no se limitaron al neoclasicismo como tal, en ellas hay una gran oposición a los gestos sentimentales y grandilocuentes que acompañaron la música del último siglo. Existe una fuerte predilección por las formas tradicionales, música de aspiraciones modestas, para pequeños ensambles y una necesidad por nulificar la personalidad del compositor en la obra, a diferencia del romanticismo donde se exalta la figura del autor en su música. Con este movimiento, se tenía una visión optimista por conciliar la música del mundo y tener un nuevo punto de partida para rectificar sobre lo que pudieran haber sido errores culturales que desencadenaron la gran guerra.

A pesar de la guerra, algunos compositores mantendrían con vida al romanticismo, aunque curiosamente coincide que los más notables exponentes de esta necesidad por conservar la tradición vivieron ajenos o distantes del gran cataclismo que representó la guerra, como fuera el caso de Puccini quien moriría en 1926 poco antes de terminar de componer “Turandot”, su última ópera; en el caso del genio del piano Sergei Rachmaninoff, este se exilió en Estados Unidos con el estallido de la Revolución Rusa y vivió totalmente distante de los drásticos cambios de su nación y el viejo continente; para finalizar podría mencionarse el caso de Jean Sibelius, quien siempre trabajó generalmente en su natal Finlandia y estaba en Estados Unidos durante el estallido de la guerra.

Tristemente esta gran revolución musical en la cual se compartía una crítica objetiva de la tradición, un optimismo por la reconstrucción de la cultura, un compromiso por la inclusión y el desarrollo de las sociedades sería terriblemente acallada con la aparición de los regímenes fascistas y poco después definitivamente erradicada con el estallido de la Segunda Guerra Mundial que, aunque parecía imposible entonces, resultó ser mucho más devastadora y mortífera que la Primera.

Dudas y comentarios: miguel.burciaga92@hotmail.com

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