Mosaico cultural | El rito artístico: Cultura vibrante en México

Por Juan Carlos Gutiérrez Barraza

La extensa consideración que se tiene por lo sagrado, las preferencias o valores derivadas de ésta, y la adulación por aquello de lo que somos extensión, son en la actualidad la razón fundamental por lo que se realizan miles de fiestas ritualistas en México cada año.

El mestizaje, la fusión, unión o sincretismo entre consumos simbólicos o culturales hacen que las comunidades atienden una identidad creciente en sus perspectivas reflectantes.

Templos, rezos, danzas, misas, vestimentas, instrumentos variados, objetos mágicos y adornos, son las piezas de ese rompecabezas que es nuestro mapa espiritual. Sobre esa cordillera escatológica damos cuenta de la vivencia ofrendística que presume una combinación de experiencia y creencia, gloria y fracaso, solemnidad y culpa, exaltación e introspección, honrando lo que se conoce y lo que se sospecha a través de las ceremonias sentidas.

México aparece como un prisma de ritos donde se descompone la luz en  tonalidades que dan respaldo a la fe y el sentido de las cosas. Un país lleno de olores, sabores y ánimos que se respiran en cuanto la voluntad colude con el espíritu.

En la Riviera Maya, los cenotes son “portales” a universos relacionados entre sí, son cavidades que, para su producción simbólica, representan el inframundo; allí donde se enfrenta la consciencia en sus aspectos sombríos como lúcidos,  allí donde la vida interna humana como la externa natural no tienen mayor diferencia. Para la cultura maya existen tres tipos de mundos: el celeste, el terrestre y el subterráneo (cenotes), todos ellos manifiestan la “Totalidad” misma en la que el ser animado se deleita en su misterio y el respeto que merece lo inexplicable, es cuando las palabras no logran drenar la basura de memoria adquirida ni renacer lo que su “alma” demanda; cuando el pensamiento lógico consecutivo no puede encapsular los significados que las diversas “realidades” otorgan. Es así como los mayas han sido un enclave único para vislumbrar esa sacritud que el ser humano nutre cuando observa y siente.

 

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