Realeza vs Realidad I

Miguel Angel Burciaga Díaz

Continuamente cuando se habla de música clásica o académica, se tiene la noción que se trata de música aristocrática, o en el caso de nuestras sociedades, al ser la mayor parte de la producción del repertorio académico un producto de la Europa Occidental suele vincularse como la música de la nobleza o de los antiguos imperios.

No se puede negar que previo al estallido de las dos grandes guerras del siglo XX, el poderío económico era controlado básicamente desde los lugares de mando de los imperios occidentales, y por ende era común que gran parte del financiamiento cultural proviniera de las casas nobles. Sin embargo, hoy que las monarquías son tan escasas, se mantiene la tendencia de que gran parte de la inversión cultural viene de donde radica el control de la riqueza económica, actualmente grandes empresas e instituciones gubernamentales.

Volviendo a la música clásica, el hecho de que existiera una vinculación económica con los grupos de poder de aquellos tiempos, no quiere decir que la música producida o los compositores beneficiados expresaran en sus obras la ideología o visión del mundo de la realeza, de hecho, si se estudia el caso de cada compositor veremos que los críticos de los sistemas monárquicos inclinan la balanza considerablemente respecto de aquellos que elogiaban la labor de los imperios. De modo que en este y algunos artículos más haré un breve recorrido por el tiempo, para mostrar que relacionar el contenido de las obras musicales con las ideologías aristocráticas, es en la mayoría de los casos un absurdo.

Si bien durante la Edad Media y el Renacimiento, los primeros siglos del desarrollo de la música académica se dieron dentro de dos círculos elitistas y poderosos, que fueron la Iglesia y las casas nobles, fue hacia el Barroco que empezó a manifestarse paulatinamente la necesidad de que la música tuviera impacto fuera de la cerrazón de estos círculos de poder.

Con el golpe de la reforma luterana, la iglesia católica tuvo que reevaluar la función de las artes dentro del culto, en principio, porque esa nueva iglesia protestante utilizaba la música como un medio de integración espiritual de la comunidad al incluir diversas prácticas corales donde los textos de alabanza se cantaban en idioma coloquial, y no bajo las estrictas normas que regían el ordinario litúrgico católico desde la instauración del canto gregoriano. Esta libertad creativa que empezó con Lutero dio margen a la creación de nuevos estilos y formas musicales, que legaron notables compositores que vinieron desde Heinrich Schütz, hasta las dos grandes eminencias del barroco tardío, como lo fueron Bach o Händel, con sus imponentes oratorios, pasiones y cantatas.

La iglesia católica necesitaba convencer y acercar con más fuerza a sus creyentes, de modo que al igual que como hizo con las artes plásticas, requirió que la música fuera más brillante y atrayente de modo que tuvieron que ser flexibles con el rigor dogmático y abrir una gran puerta a la libertad creativa, que resultaría en bellísimas obras donde importaba más el atractivo sonoro que el contenido religioso, como se puede observar en las hermosas obras de Vivaldi, Albinoni o Corelli. Y este fue uno de los primeros pasos para que la música fuera abandonando el ámbito religioso, porque más que la demanda por la religión, en los feligreses aumentó la necesidad de que la música hermosa abundara en otros ámbitos sociales.

Por el lado de las casas nobles la manzana de la discordia fue la ópera. Ese gran invento que apareció con el Orfeo de Monteverdi se tornó en algo sumamente atractivo para narrar historias que ratificaran la grandeza, elegancia y notabilidad del poder reinante, pero también dio margen a que apareciera el primer sistema de entretenimiento para grandes públicos, lo cual ocurrió en un tiempo relativamente breve.

Los nobles exigían a los compositores de entonces historias basadas en los clásicos mitos griegos, las historias bíblicas o grandes epopeyas militares, no tanto por su valor académico, sino porque la intención era que, a través de esos grandilocuentes personajes, se pudiera expresar la supuesta grandeza y virtud de ellos mismos como soberanos de tantas tierras.

Con la efectividad de este modo de contar historias, surgió la figura del empresario teatral, que lejos de la realeza, desarrolló un sistema de entretenimiento tan efectista y eficiente, como lo es hoy la industria del cine, en la cual, por una módica entrada, la gente común podía asistir a un teatro a ver una historia simple ya sea dramática o cómica, de no mucha calidad, pero magnífica para pasar una linda tarde.

Así como hoy ascendieron las suscripciones de streaming con la pandemia, la difusión de esta nueva ópera para la naciente clase media fue tremendamente exitosa. Las historias no importaban mucho, se componía con el fin de vender, surgieron las figuras de divos y divas del canto, con sus filas de seguidores, el contrato de artistas o compositores según su éxito, maquinaria para efectos especiales (bastante sofisticadas, por cierto), temporadas de éxitos y estrepitosos fracasos. Esas óperas, hoy en día reconocidas como óperas pastiche por ser un rejunte de cosas que no tenían que ver una con otra, fueron el punto de despegue de la separación de la música de las élites aristocráticas y como veremos en próximos artículos año con año la brecha fue creciendo considerablemente.

Dudas y comentarios: miguel.burciaga92@hotmail.com

Puedes comentar con Facebook
Anuncios