¡Si ya saben como es, para que lo invitan!

Miguel Ángel Burciaga Diaz

Por esta semana dejaré de lado la serie “Realeza vs Realidad”, por lo que decidí contarles uno de los relatos más entrañables de la historia del repertorio pianístico como entremés de nuestro recorrido.

Corría el año de 1819, cuando el conocido compositor y editor de música Anton Diabelli decidió concebir junto con su compañía editorial un interesante proyecto para beneficio de la cultura musical austríaca.

Este compositor escribió un pequeño y simple vals para piano y lo envió a los que entonces se consideraban los más importantes compositores austríacos y germanos asentados en la región, para que cada uno de ellos escribiera una variación de la pieza haciendo gala de su talento creativo.

La idea era que esta obra en colaboración compilara las mentes más talentosas de la música de aquel entonces, para reconocer y difundir su trabajo ampliamente, además, sabiendo que sería un emprendimiento exitoso usarían lo recaudado de las ventas de la publicación para establecer un refugio para las viudas y huérfanos de las recientes guerras napoleónicas.

Figuras destacadas del medio como Czerny, Moscheles, Hummel o Kalkbrenner aceptaron la propuesta. También se incorporó al talentoso joven Franz Schubert, a Franz Xaver Mozart en homenaje a la memoria de su padre Wolfgang Amadeus e incluso al pequeño y brillante niño Franz Liszt, entonces alumno de Carl Czerny.

Con tan fructífera respuesta, faltaba la cereza del pastel y había que llamar al más grande de entonces, que incluso fue maestro de algunos de los antes mencionados, y si no, sin duda su máximo referente en la música. El problema es que su innegable trayectoria musical no facilitaba el modo de tratar con él, pues ya todos sabían lo que podía ser lidiar con el carácter de Ludwig Van Beethoven.

Aunque Diabelli tenía una buena relación con el genio de Bonn, Beethoven rechazó la invitación en las primeras instancias, pero los editores motivaban a que se le siguiera presionando para que aceptara, pues sabían el impacto que tendría la mano del maestro en un proyecto de esta naturaleza.

Beethoven estaba cansado, componía poco para entonces, estaba completamente sordo y era considerado el mejor compositor de entonces, de modo que, si hacía notar su ego ante cualquier proposición, tenía cómo justificarlo.

A pesar de que todos los compositores reconocían su posición histórica, se cree que Beethoven no quería mezclar una pieza suya entre ellos, por lo que aceptó la propuesta de Diabelli solo si su colaboración se publicaba en una obra aparte de la compilación, prometiendo hacer varias variaciones sobre el vals y no solo una como proponía la oferta original. Aunque los aires de divo de Ludwig no fueron del agrado de Diabelli, este decidió aceptar las condiciones.

Beethoven estaba en medio de la composición de obras tan importantes como su última sonata para piano, la Missa Solemnis y nada menos que la Novena Sinfonía, de modo que parecería que no le daría importancia al proyecto de las variaciones.

Habían pasado ya casi cinco años de que Diabelli comenzó con su sueño, pero aún no completaba la compilación y hablar con Beethoven era presionarlo solo para ofuscarlo, pues al parecer nunca lo consideró un proyecto de prioridad.

Era 1824 cuando Diabelli publicó las 50 variaciones hechas por 50 compositores, grande fue su sorpresa cuando Beethoven le mandó 33 variaciones de su propia autoría, ya que los rumores indicaban que apenas habría escrito unas pocas.

Al ver tan impresionante trabajo de Beethoven, Diabelli tomó menos interés por la compilación de los 50 compositores y observó que el genio le entregó nada menos que la obra más compleja que se hubiera escrito para piano hasta entonces, donde cualquiera de las variaciones tenía una maestría que notablemente era superior a la creatividad que el resto de los compositores le brindaron para el otro álbum.

Las variaciones Diabelli Op. 120 de Beethoven son una de las obras más difíciles que existen para piano, una interpretación completa de la obra dura más de una hora y el lenguaje no es para nada sencillo, ni de tocar y mucho menos de escuchar. En cuanto a la compilación de 50 compositores, hoy en día solo tiene interés histórico y su repercusión musical fue casi nula, debido al acaparamiento que representó el gigante beethoveniano.

En el Op. 120, Beethoven hace gala de un poder creativo y un rebuscamiento intelectual prácticamente sobrehumano, pero a la vez lo contrasta con particulares dosis de sarcasmo donde en algunas variaciones ridiculiza las composiciones de sus contemporáneos e incluso parodia su propio estilo musical. En la variación 22 de hecho cita un tema del “Don Giovanni” de Mozart con el fin de burlarse del mismo Diabelli, al hacerle ver que su famoso vals que prestó para las variaciones era un plagio de ese tema mozartiano.

Esta fue la última gran obra que Beethoven dedicó al piano, no es fácil de escuchar, es rebuscada, intrigante y muy pocos pianistas son capaces de entenderla y sacarle todo el provecho a tan complejo discurso musical, pero vale la pena acudir a ella para apreciar lo que podía hacer una mente sin límites como la de Beethoven. Menos mal que se encaprichó con el desafío y nos brindó una de las glorias históricas de la música para piano.

Dudas y comentarios: miguel.burciaga92@hotmail.com

 

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